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domingo, 26 de abril de 2015

Desayuno con diamantes, 33



MAUPASSANT, OBRA BREVE COMPLETA



   Flaubert declara a su discípulo que «El talento es solo mucha paciencia». Siguiendo este consejo del maestro, llegaremos a definir el estilo maupassiano que, en realidad, tuvo bastante que ver con la estrecha vinculación que mantuvieron ambos escritores, cómplices en muchos aspectos y servidores de una gran amistad. Flaubert influyó doblemente en la vida del joven Maupassant, como mentor literario y padre adoptivo. El primero conocía desde su juventud a Alfred Le Pointtevin, ambos basaron su relación en la mutua admiración y en la esperanza de realizar grandes hazañas literarias, o ser capaces de seducir a muchas jóvenes de la época. Sin embargo, Alfredo murió muy joven y dejó desolados, tanto a Flaubert como a su propia hermana, que se había casado con Gustave de Maupassant, un tarambana de la pequeña aristocracia, matrimonio que terminó en divorcio, aunque ya habían nacido sus dos hijos, Guy y Hervé. Laure decidió que Guy se convirtiera en un segundo Alfred, contaba con la complicidad de Flaubert porque intuía que el escritor sentiría nostalgia del amigo perdido y se alimentaría con la ilusión de ofrecer una segunda oportunidad al talento literario que no había podido realizar con Alfred. Desde 1886, maestro y discípulo, compartieron todos los domingos unas horas de aprendizaje, el joven se familiarizaba con los secretos del oficio que, según Flaubert, pasaban por una observación escrupulosa del entorno y en la singularización de esa sugerencia, a través de un lenguaje depurado y preciso.
  El mismo Flaubert intervino para que el joven Guy consiguiera un puesto en un Ministerio que le procurase unos ingresos y tiempo necesarios para ocuparse de su producción literaria. Muy pronto el discípulo se aburriría rodeado, según él, de «brutos», capaces de inspirarle sus cuentos reunidos en Los domingos de un burgués, una serie de relatos llamados «burocráticos», al tiempo que su mentor lo introduce en la sociedad literaria parisina, donde conoció a Zola y al grupo que se reunía en torno a él: Banville, Turguénev, los hermanos Goncourt, Daudet, Huysmans y el editor Charpentier. Junto a ellos maduró Maupassant, perfiló su carácter, definido por una visión lúgubre de época, con una mirada cínica y desapasionada de la vida, de las personas que iba conociendo, de sus propios avatares, o sometido a sus placeres: paseos en barca, las mujeres, todas y cualesquiera y, sobre todo, a perseguir la gloria social y literaria. Sus vivencias nutren su literatura, no solo porque sigue los consejos del maestro, sino porque necesariamente se escribe sobre lo que se conoce y, además, permite denunciar la situación de la Francia del momento: la guerra contra Prusia en 1870, donde sirvió en intendencia y le dejaría un profunda huella con respecto al estamento militar.



Arte y realidad
    Guy de Maupassant (1850-1893) concibe la obra de arte como expresión de la realidad que le rodea, destaca en ella los hechos, los aspectos verdaderamente interesantes que podrá destacar y describir con una mayor expresividad, fruto de una observación atenta y profunda. La importancia estará en el detalle, en ese que nadie había reparado antes y, técnicamente, concentra por sí solo lo elocuente del sujeto y de la situación representada. Para el francés, determinados símbolos concentran la «forma artística» de su expresión, y así se puede apreciar cómo el agua, el sol, los cambios que se producen en la naturaleza, los espejos o esa imagen que se proyecta en el doble, adquieren valores significativos en su expresión escrita, manifiestan su estado de ánimo, la pérdida de la identidad, la duplicidad o la locura. Símbolos que se corresponden con las vivencias íntimas de Maupassant, preocupado por su identidad y saberse objeto de veneración de las dos personas a quien más aprecia: su madre y Flaubert.
     El bautizo literario de Maupassant fue en 1875 con el cuento, «La mano disecada», que en la presente edición de Mauro Armiño (Cuentos completos, Páginas de Espuma, 2011), aparece el primero, un relato de inspiración fantástica, a partir de una mano que Turguénev tenía en su casa, sobre la chimenea. Sin embargo, Maupassant cultivó durante algún tiempo la poesía y buscó la gloria como autor teatral. Los esfuerzos de su maestro para que estrenase en condiciones, no fueron suficientes, y alcanzó fama con sus relatos publicados, inicialmente, en revistas y periódicos, aunque fue «Bola de sebo» (1880) su consagración más temprana, un éxito que lo llevó a ser uno de los autores naturalistas más importantes. El supuesto naturalismo de Maupassant puede considerarse como el penúltimo eslabón entre una cadena que empieza en Balzac, continúa en Stendhal, sigue con Zola y culmina con Flaubert. De todos ellos atesoró el joven escritor su influencia: el modo de describir la realidad, su propósito de realizar la crónica de una época o la organización de los acontecimientos que, indudablemente, proceden de Balzac aunque, por otro lado, Zola había estudiado comportamientos relacionados con la medicina en su reflexión sobre los males de la época, pero Maupassant será una naturalista distinto, concibe ese naturalismo en la medida que lo es, no como una acumulación sistemática, detallista y un concepto excesivamente trabajado como propugnaba, Flaubert. El nexo de unión con lo fantástico se lo proporcionará la enfermedad, un primer contacto que recibe el escritor del carácter de la madre, así cuando deja hablar a sus personajes, piensa que la vida es infame, porque la sífilis que padece desde 1876 le provoca una degeneración física que le llevará a la locura y, sobre todo, hay un mal que asola el siglo: el fatalismo. Su personalidad enferma, se convierte en un «alter ego» literario; padeció una progresiva pérdida de visión y se veía atacado frecuentemente por alucinaciones, un nuevo concepto que le llevó a concebir relatos de tema fantástico. En su lucha contra la enfermedad, en la búsqueda de esa salud, descubre los tres elementos imprescindibles que sintetizan lo bello y admirable de la existencia: la luz, el espacio y el agua. Solo en Bel Ami (1885) conjugó una visión justa de la realidad, expresión que ha pasado a la historia literaria como «realista», con una descripción de los acontecimientos, fuerte de expresión y verdadera en sus resultados. Sus personajes femeninos siniestros corroboran ese ascenso social perseguido por la protagonista, es la novela más flaubertiana y, en realidad, el relato de una educación sentimental, del ascenso social de su protagonista que permite a su autor hacer un retrato ácido de la sociedad del momento.  





Cuento y terror
       «De la locura al terror», titula Mauro Armiño, su apartado sobre los cuentos de Maupassant, donde señala que nunca los seleccionó él mismo, ni relatos, ni novelas cortas, en realidad, los volúmenes en los que recogió parte de ellos eran fruto de una selección para completar un libro cuando algún editor se lo pedía. Estaba obligado a entregar dos relatos por semana para dos publicaciones periódicas: Gil Blas, revista parisiense, con lectores de clase media, y Le Gaulois, órgano burgués y más conservador. La realidad, en Maupassant, surge como fuente de lo imaginario, y aunque es partidario de los planteamientos flaubertianos, no admite la tesis de Zola cuando advierte que el narrador se convierta en un sabio, una especie de científico que examine la carne por dentro y llegue, a través de la ciencia, a alcanzar el alma humana. Según recoge Armiño, para el narrador: «el realista, si es artista, tratará, no de mostrarnos la fotografía trivial de la vida, sino de darnos de ella una visión más completa, más penetrante, más convincente que la realidad misma. (...) cada uno de nosotros se hace una ilusión del mundo. Y el escritor no tiene otra misión que reproducir fielmente esa ilusión con todos los procedimientos artísticos que ha aprendido y de los que puede disponer», siempre puede encontrarse esa descripción detallada de los ambientes, de los espacios, en los que se desenvuelve el hombre en su cotidianidad, porque el punto de vista psicológico de sus personajes no parece preocuparle mucho, entran rápidamente en acción, por una sencilla razón: son relatos escritos para periódicos y ese es un tipo de lector a quien hay que engancharlo desde el primer párrafo, empleando un estilo llano, manteniendo un tono familiar, un lenguaje sencillo y una sintaxis directa. Para la sensación de realismo, los relatos de Maupassant llevan, según anota Armiño, una especie de introducción, en un marco más o menos conocido: uno de los contertulios suele contar una anécdota, un episodio en el que ha participado, algunos ejemplos, «Sobre el agua», «Cuento de Navidad», «Aparición» o «La cabellera». Escasas son las aportaciones fantásticas a la narrativa francesa del momento, aunque pueden citarse las de Nodier, Gautier, Merimée, Barbey d´Aurevilly, Villiers de L´Isle para terminar en Maupassant, aunque él preconizaba la muerte de lo fantástico en 1883, y nunca identificó lo imaginario y lo fantástico en su propia obra, puesto que en sus relatos, lo imaginario nace de la realidad. Su mundo está teñido de humor y de alegría de vivir, con personajes de la vida cotidiana, casi de patio de vecindario o provincianos de aldea, remeros del Sena, médicos, cazadores, o aristócratas que viven una existencia disipada. Maupassant no inventa nada, según Mauro Armiño, sino que escribe en «el aire del tiempo», con esas alteraciones de la personalidad vistas desde el punto de vista médico-psicológico, porque en 1884 asistía a las clases del doctor Charcot que tuvo como insignes discípulos a Proust y a un joven Freud. Conviene recordar que, en el último tercio del siglo XIX, proliferaron las investigaciones en el terreno psicológico y filosófico que llevarían a Maupassant a ver como la maldad es intrínseca a la condición humana, aunque Schopenhauer le abriría la vía hacia las fuerzas oscuras de la introspección. El sentimiento del miedo, incluidas las alucinaciones de desdoblamiento, figuraron en dos novelas esenciales en la literatura inglesa y universal: Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1885), de Stevenson y El retrato de Dorian Grey (1891), de Wilde. A lo largo de los Cuentos Completos, Armiño argumenta que, tal vez, los más famosos sean aquellos que puedan definirse, temáticamente, con los términos de crimen, misterio, terror, locura, o mundo imaginario y el juego del doble. Y frecuentemente aparece en Maupassant, la venganza de los humildes, de los impotentes frente a los poderosos, y la injusticia sobre todo en sus protagonistas femeninas que contrarrestan su impotencia a una sociedad injusta, ocurre en «Confesiones de una mujer» o «La loca», una mujer se venga de la muerte de su hijo, y «La tía Sauvage» o «Una vendeta», donde el narrador lleva la crueldad al extremo.
       Entre 1880 y 1890, en París, los representantes de la aristocracia y las altas finanzas, gestarían la Belle Époque, a la que gustosamente asiste Maupassant y un buen número de escritores, pintores y músicos, en un ambiente impresionante que en este conjunto de trescientos uno relatos, el narrador muestra como si de un auténtico catálogo de situaciones y tipos se tratara, y describe un tipo de mujer que empezaba a figurar como independiente, con un estatus social propio y con la fuerza suficientes para traspasar los límites impuestos por la sociedad, algo que había adelantado Flaubert con Madame Bovary (1857). A medida que va transcurriendo la década, Maupassant se decantará por tramas sacadas directamente de la vida cotidiana y retratos femeninos de una amplia tipología: la apasionadamente enamorada, la mujer seducida, la engañada, la libertina y la cortesana. Misógino y desapasionado profundo no conoció lo que era el sentimiento del amor, y él mismo llegó a escribir: «En toda mi vida no he tenido una apariencia de amor, aunque he simulado a menudo ese sentimiento que sin duda no experimentaré jamás». Maupassant recolectará amante tras amante sin mirar inteligencia o estado social, algunas dejarán huella en los personajes de sus relatos y novelas, incluso llegó a tener descendencia con una aguadora de la fuente Marguerite, de los balnearios de Châtelgouyon, una joven que vivió cerca del escritor en París, con quien tuvo tres hijos entre 1883 y 1887, vástagos que lo recordaban como un padre cariñoso cuando los visitaba, aunque a la muerte del escritor, su madre, Laure Le Poittevin, negó cualquier descendencia de su hijo, y ya había dictado disposiciones para ayudar a la amante, Joséphine. El piso donde vivía junto a su hijos, fue asaltado, robadas las cartas y todo vestigio de su relación con el escritor borrado para que nunca hubiera posibles reclamaciones judiciales.

Cuentos completos
    La edición de Páginas de Espuma es monumental, en dos lujosos volúmenes, con más de dos mil setecientas páginas, ciento cincuenta de introducción, clasificada temáticamente por Mauro Armiño, ateniéndose con rigor a los temas más persistentes del autor y en algunos relatos, cuya trama juega en torno a más de un ámbito, como el propio traductor señala: adulterio, ahogamiento, amor, animales, arte de amar, asesinato-crimen, balnearios, bastardía, cadáver, campesinado, caza, celos, cementerio, diablo, dinero, Dios, doble, embriaguez, enfermedad, estrangulamiento/ degollación, familia, fantástico, fuego, guerra, herencia, hijos, hombre viejo, impotencia, incesto, infanticidio, invalidez, joven suicida, justicia, libertinaje, locura, madre/hijos/familia, matrimonio, mujer (abandonada, bella desconocida, dominadora, embarazada/ parturienta, infiel, mundana, permisiva, seductora, soltera/ muchacha, solterona, vieja), muerte, paternidad, pobreza, prostitución, religión, sadismo/ violencia, soledad, suicidio, vejez, viaje y violación, una ostensible nuestra amplia del mundo maupasiano que Armiño completa con el resumen de los relatos. Al mismo tiempo, en esta edición ya canónica, se da cuenta de las adaptaciones de teatro y cine de muchas de las obras de Maupassant, con los respectivos años en que fueron adaptados así como el título original. Un cuadro cronológico, bastante completo, y una bibliografía seleccionada: ediciones originales y actuales, traducciones en español, así como biografías, testimonios y estudios críticos, completan esta magnífica edición de Mauro Arrniño que como señala, al final, sigue la edición de Louis Forestier para Contes y nouvelles (1974-1979). Mucho de melancolía, de desengaño y una intensa misoginia recorren las curiosas páginas de una magistral iniciativa de Páginas de Espuma.


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