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miércoles, 15 de abril de 2015

Los olvidados



CARMEN DE BURGOS (Colombine)
                                 
(Defensora de la mujer)



A lo largo de la primera mitad del siglo XX, un grupo de mujeres se dieron a conocer hablando literariamente, dejando tras de sí esa actitud de resignada posición social machista que caracterizó a buena parte del siglo anterior. En este sentido, Rosalía de Castro escribía: «Si yo fuese hombre, saldría en este momento y me dirigiría a un monte, pues el día está soberbio: tengo, sin embargo, que permanecer encerrada en mi gran salón». Rosa Chacel, María Teresa León, Federica Montseny, y anteriormente Concha Espina, María de la O Lejárraga, y sobre todo, Carmen de Burgos, periodista, reputada conferenciante, viajera incansable y novelista, que había definido el concepto «feminismo» en 1926 como, «el partido social que trabaja para lograr una justicia social que no esclavice a la mitad del género humano, en perjuicio de todo él»; son la nómina de mujeres que, históricamente,  tuvieron un amplio eco social en la España del primer tercio de siglo, desde sus escaños como diputadas: Victoria Kent, Clara Campoamor y Margarita Nelken, o desde su implicación en nuevos conceptos literarios, la narrativa y, sobre todo, la novela corta, una fórmula de consumo generalizado, destinado a gustar a las mujeres aunque también a excitar pícaramente a los hombres, mostrándoles un tipo de mujer liberada, sofisticada y liberal. Concha Espina fue pionera en la concepción de la novela como instrumento de denuncia social y Rosa Chacel fue la novelista que llevó más lejos los postulados sobre la deshumanización del arte y se convirtió en uno de los personajes más influyentes de la vanguardia estética; paralelamente, Concha Méndez, Ernestina de Champourcín, Josefina de la Torre y Carmen Conde, forman parte de la mejor expresión lírica de la Generación del 27.



El caso de  Colombine es el mejor ejemplo de mujer libre y luchadora apasionada, capaz de desafiar a la sociedad de su tiempo desde las páginas de los periódicos y con una extensa obra; sobre todo, con sus novelas cortas que fueron muy populares en la época. Defensora de la República, se convirtió en una de las primeras mujeres corresponsales de guerra: la de Marruecos, cuyas crónicas reunió con el título En la guerra (Episodios de Melilla) (1909), además de mantener viva una tertulia conocida como «Los miércoles de Colombine» y ser protagonista del episodio más sonado en su vida privada, sus amores con Ramón Gómez de la Serna, a quien la narradora conoció en 1908.

Carmen de Burgos Seguí nació el 10 de diciembre de 1867 en el pequeño pueblo de Rodalquilar, Almería. La educación que su padre, José de Burgos Cañizares, le dio fue la misma que al resto de sus hermanos varones, es decir, una absoluta libertad que le llevaría pronto a desarrollar una febril actividad intelectual y periodística en la capital almeriense cuando se casa, con apenas dieciséis años, con Arturo Álvarez, cuya familia poseía una tipográfica con que se elaboraban algunos de los periódicos locales. Pronto se familiarizó con el mundo de la letra impresa y empezó a publicar en la revista satírica Almería Bufa, que dirigía su marido. Su inquietud le llevó a plantearse estudios de magisterio en la Universidad de Granada, motivo por el cual surgieron las primeras desavenencias conyugales. Elisabeth Starcevic escribe que «pese a que escasean los datos en la época de su matrimonio, por las pocas indicaciones llegadas era evidente que Carmen no era feliz en su vida de casada. Además, sucumbió ante la tragedia de ver morir a su hijo, hecho que parece haberle servido para separarse, definitivamente, de su esposo». Años más tarde, Gómez de la Serna, describiría ese episodio de su vida afirmando que «Carmen vino a Madrid a rehacer su vida, sin recursos, con su hija en brazos... Carmen, con su sombrerito triste y con su hija siempre en brazos, hizo sus estudios de maestra superior, ganó unas oposiciones a Normales...»; lo cierto es que en 1901 obtiene plaza de maestra en la Escuela Normal de Guadalajara, a donde se traslada con su hija María. Es aquí donde se iniciará como periodista profesional gracias a su amistad con Augusto Figueroa, director del Diario Universal, quien le encarga una columna diaria que ella firmará con el seudónimo de «Colombine» y utilizará ya el resto de su vida.
En 1904 realizó la primera encuesta en España sobre el divorcio: la iniciativa tuvo tanta repercusión a nivel nacional que respondieron a ella políticos e intelectuales: Unamuno, Pardo Bazán, Giner de los Ríos, Azcárate, Baroja, Azorín... Un año después obtuvo una beca para ampliar estudios en París y desde ese momento no dejó de viajar por buena parte de Europa, experiencia que después publicó en forma de libro, Por Europa (1906), Cartas sin destinatario (1910) y Peregrinaciones (1916). Su actividad fue tan febril que durante años escribiría de todo: tratados de educación e higiene, biografías, manuales de cocina, de jardinería, crónicas y artículos de todo tipo, así como numerosas  traducciones de los principales autores europeos de la época: Nerval, Ruskin, Renan, Nordau, y biografías de Leopardi y George Sand, entre otros. Uno de los episodios más significativos de su vida con cierto escándalo de trasfondo, como ya se ha comentado, fue su relación con Gómez de la Serna, iniciada en 1908 y finalizada en 1929, después del estreno de la obra del escritor Los medios seres a quien se le había impuesto la participación de la hija de Colombine, una joven coqueta y malcriada, por la que la obra resultó un fracaso absoluto. Ramón huyó a París y justificó más tarde el episodio en una de sus novelas ¡Rebeca! (1936). La ruptura supuso para Colombine su negación a seguir escribiendo, pidió un traslado que le fue negado, se afilió al Partido Socialista y se presentó a diputada en las primeras elecciones convocadas por la República. En un debate sobre educación celebrado en el Círculo Radical Socialista se sintió indispuesta, era la tarde del 8 de octubre de 1932, y aquella madrugada, murió a los 65 años acompañada de su hermana Kitty.  


La figura de Carmen de Burgos Colombine no ha dejado de generar una interesante bibliografía en las últimas décadas. A sus numerosas obras publicadas a lo largo de su vida, se han sumado reediciones y nuevos textos que, de alguna manera, cuantifican la vitalidad de la escritora almeriense y su lucha por la liberación de la mujer[1]. Sin que algunas obras suyas se encuentren, fácilmente, en nuestras librerías, aún podemos disfrutar de su literatura de ficción, con las recientes ediciones de su narrativa, tanto extensa como breve. En 1989 aparecen Los anticuarios, una acertada edición de José María Marco que enmarca la novela en «El naturalismo feliz de Colombine» y habla de su esmero en cuanto al estilo, la construcción de los personajes, la exposición y el desarrollo de la intriga, aunque, insiste, adolece de didactismo, infección costumbrista, dificultad para anudar un argumento sin recurrir al caso patológico o la confianza para expresar ideas abstractas. Estas mismas características pueden verse en Los inadaptados (1901),  novela interesante, porque en el capítulo primero, según Marco, constituye una suerte de preludio en el que aparecerán todos los motivos desarrollados posteriormente, y constituidos de buenas a primeras en parejas de términos opuestos y complementarios: la relación del personaje femenino, Adelina, con su marido Fabián; la del matrimonio con sus hijos; el núcleo familiar con los empleados, y el subtema de la lucha de clases. La edición de Concepción Núñez Rey, La Flor de la Playa y otras novelas cortas, resulta esclarecedora tanto por su documentada «Introducción» que califica a la almeriense de inadaptada o dama roja, y subraya sus compromisos con los ideales republicanos.  En esa introducción se señala que, en el otoño de 1900,  publica Los inadaptados, su primera novela larga en la que reproduce el mundo de Rodalquilar. Fruto de sus frecuentes viajes con Ramón: París, Londres, buena parte de Italia, Cuba o México, surgirán los argumentos de sus siguientes novelas, la experiencia napolitana en El Misericordia, la soledad, la paz y la reflexión del valle de Teotihuacán en La misionera de Teotihuacán o sus recuerdos más cercanos como Puñal de claveles (1931). Núñez Rey señala que el hilo conductor en las novelas de la narradora es el amor y, aunque los temas son muchos y variados, sobresalen dos: la nostalgia del paraíso perdido reflejada sobre todo en tierras de Rodalquilar y, sobre todo, su inalienable compromiso para construir un mundo mejor.

Federico Carlos Sáinz de Robles anota en La promoción de El cuento Semanal (1975), que Carmen de Burgos fue una de las primeras firmas que apareció en El Cuento Semanal, y sucesivamente, y con cierta frecuencia, colaboró en todas las revistas similares, superando en cincuenta el número de sus novelas breves. En enero de 1907, Eduardo Zamacois había fundado El Cuento Semanal, colección de novelas cortas pionera de otras muchas que irían apareciendo a lo largo de los veinticinco años siguientes. Carmen figuró entre los primeros literatos jóvenes y el 21 de junio publicó su novela El tesoro del castillo (1907). Sáinz de Robles considera que muchos de sus temas no son únicamente realistas, sino que se apoyan en tesis morales, sociales, e incluso jurídicas y en ellas denuncia la quiebra y defectos del hombre cuando impide la voluntad de las criaturas para poder  vivir al amparo de su propia moral. Sáinz de Robles cita algunas de sus novelas cortas, El último contrabandista (1918), donde expone las diferencias sociales entre quienes se juegan el tipo ante la ley y quienes lo hacen solo para cubrir las apariencias; en Quiero vivir mi vida (1931), con un prólogo de Gregorio Marañón, la novelista describe la sorpresa, el desengaño, el dolor y el asco de una bella mujer, de carácter dominante, porque su marido carece de delicadeza y de  tacto para convivir en pareja. El retorno (1922) plantea el caso de un espiritismo basado en hechos reales pero ultrajado por una burguesía que busca en él su propia diversión. Y con respecto a su compromiso feminista, creó varias novelas: La hora del amor (1916), La rampa (1917) y La malcasada (1925).






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