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domingo, 19 de julio de 2015

Desayuno con diamantes, 45



PAISAJES DE CARVER     

        Raymond Carver “cambió —en palabras de Tess Gallagher—nuestra visión del mundo”, contó mejor que nadie la vida cotidiana de los norteamericanos. Nunca debemos pensar en él como un escritor fácil de leer, sus narraciones resultan toscas, aunque, en ocasiones, se empeña en probar que las personas desgraciadas e insensibles tienen, también, sus sentimientos. Su proceso narrativo fue siempre el inquebrantable esfuerzo por transformar la percepción humana, pensando que lo que uno no es capaz de hacer no puede verse de otro modo; si consideramos este hecho desde una distancia prudente, ese problema que llega a preocuparnos tanto, puede ocupar «su lugar» en medio de esas otras cosas que nos ocurren a diario. Esta es la filosofía que inunda los relatos de un Carver cuya esencia literaria misma de funde con la herencia del realismo americano. Un cambio de estética propició que en los 70 y 80 se abominara el exceso de un postmodernismo y el experimentalismo en favor unas formas realistas caducas, aunque renovadas que ensayarían los más destacados escritores que empezaban a publicar por entonces: Barthelme, Wolff, Mason, Beattie, Ford, Robinson, Adams, McInerney, Walker y el propio Carver, inmersos en la búsqueda de un mundo diario como si de una entidad cambiante y fabulosa se tratara, un espacio cuya descripción exigía una definición de «realismo» lo bastante flexible como para acomodar todas las reivindicaciones de los objetivos realistas que plantearon escritores tan distintos como Robert Coover, Joyce Carol Oates o Toni Morrison.

        El minimalismo se convirtió en la perfecta excusa o el disfraz para la ironía, una forma de exposición tersa, rígidamente controlada, que convive con el estilizado y meticulo estilo esculpido por el norteamericano Hemingway y el ruso Chejov, y permite la construcción económica de escenas de gran viveza, de profundidad emocional, sin requerir un revestimiento intrusivo e inapropiado. Buena muestra es la colección de cuentos de Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), considerada la obra maestra de dicha actitud, enfática en las tramas ligeras, el desarrollo elíptico de conflictos dramáticos y la recreación meticulosa de caprichosos patrones lingüísticos locales, al tiempo que ofrece una estética realista. La narración minimalista elabora sus resonancias a partir de la simplicidad del significado, su estructura hace del todo algo más que la suma de las partes. Los significados de una narración lineal y sencilla, son verosímiles y los personajes de estas historias, relatos o novelas, se ven acosados por una variada gama de problemas —personales en su mayoría—, que los vincula a una realidad percibida por los lectores en el mundo. Esta tendencia crea una inquietante atmósfera que se traslada a esos personajes, pero cuya vida se debate en continuos interrogantes. «El minimalismo —en opinión de Lindsay Abrams— supone un menoscabo de lo humano, una ruptura de los sistemas conceptuales, una pasividad literaria ante la confusión moral existente».    

Carver Country
        Cuando se cumplen veinticinco años de su prematura muerte en 1988, su vigencia e importancia como escritor no ha dejado de crecer durante estos años, once libros de relatos y poemas lo sitúan como uno de los más influyentes e importantes escritores norteamericanos del siglo XX. Anagrama, editora de los libros de relatos en España, publica Carver Country (2013), donde se nos muestran los paisajes por los que deambuló en vida el malogrado escritor. El volumen, formado por textos de Raymond Carver y fotografías de Bob Adelman, muestra una buena colección de quien fuera el “oficioso” fotógrafo del movimiento de los derechos civiles a mediados de los 50, que Adelman tomó para ilustrar los textos escogidos: pasajes de algunos de sus relatos, poemas y entrevistas donde se aprecian y recogen las numerosas descripciones de lo que fueron los escenarios de su agitada vida. En realidad, podríamos hablar de un álbum, que incluye dos piezas fundamentales porque muestran el significado pleno de la filosofía que ha iluminado la publicación de esta curiosa obra: una carta inédita del autor al propio Adelman, escrita en diciembre de 1987 y un epílogo para la ocasión de quien fuera su compañera los últimos años de su vida, Tess Gallagher.
        En la extensa carta a Adelman, describe como era su infancia en Yakima, y en sus palabras se aprecia a un Carver entrañable que siente una profunda añoranza por aquellos tempranos años de inocencia, los lugares de pesca junto a su padre, o la gente del lugar, sus tíos y excusada que tantas cosas saben sobre la niñez del cuentista. Paralelamente, las fotografías captan los paisajes de la zona, y los lugares que tuvieron especial significación en la vida del autor y otros que sirvieron de marco escénico a algunos de sus relatos más famosos. Casi al final de la carta, Carver le asegura a Adelman que verá cientos de cosas que también le apetecerá fotografiar (…) Y lo más probable es que yo las reconozca cuando las vea. La participación de Tess Gallagher resulta conmovedora y afectada, nos dibuja al Carver más frágil y, al mismo tiempo, más escritor. El alcoholismo que convirtió su vida en tragedia, es tratado con cierto rigor; trata de reflejar el lado más humano del escritor, y es verdad que en este extenso-pequeño homenaje, ella lo consigue. Una interesante cronología cierra el volumen, para curiosos en datos biográficos.




Carver minimalista            
        Raymond Carver (Oregón, 1939-Port Angeles, Washington, 1988) llevó una vida de continuo desplazamiento por la geografía norteamericana durante parte de niñez y juventud. Su padre se pasó la vida buscando un buen empleo, fue alcohólico y estaba arruinado cuando, su hijo, se casó a los dieciocho años con Maryann, que tenía dieciséis y esperaba un niño. La pareja vivió casi veinte años de trabajos ocasionales, mientras Carver empezaba a escribir relatos y poemas. En 1967 trabajaba en una librería, acababa de licenciarse en Artes, y obtuvo una beca para la Universidad de Iowa, donde conoció al novelista John Gardner, de gran influencia para el joven narrador que, por entonces, se debatía entre el alcohol y la sintaxis. Aunque había publicado algunos poemas y algún relato en la revista Esquire, hasta que aparece su colección, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), no el éxito de crítica y de lectores, pero los meses que siguieron a su publicación los pasará en el hospital hasta que decide ingresar en Alcohólicos Anónimos, y el 2 de junio de 1977, convencido deja de beber para siempre; conocerá, entonces, a la poetisa y narradora, Tess Gallagher, con quien convivirá los mejores años de su vida, y formalizó su matrimonio pocos meses antes de su muerte. En poco más de diez años aparecen sus mejores relatos en el libro, De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), y un reconocimiento público; Catedral (1983) lo consagraría como el padre del «realismo sucio» y uno de los escritores que mejor retomará la tradición norteamericana del relato breve. Los últimos días de su vida, Carver, los pasó contemplando desde el porche de su casa, su jardín de rosas, un hermoso motivo que daría lugar al título de una hermosa selección de sus relatos, Tres rosas amarillas (1989). 










Carver Country; textos de Raymond Carver y fotografías de Bob Adelson; Barcelona, Anagrama, 2013, 198 págs.



 

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