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martes, 7 de julio de 2015

Jose Serralvo



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EL NIÑO QUE SE DESNUDÓ DELANTE DE UNA WEBCAM

     El mundo convulso de las redes sociales se cobra siempre sus víctimas, o al menos eso se desprende del estremecedor relato que Jose Serralvo (Jerez de la Frontera, 1984) cuenta en El niño que se desnudó delante de una webcam (2015) publicado por una no menos irreverente, atrevida y sorprendente editorial artesana como es Los Libros del Lince. Claro, todo se explica porque detrás del proyecto esta el incombustible editor, Enrique Murillo. Y lo que nos cuenta Serralvo no deja a nadie indiferente, escribe una narración que no deja respirar, que atrapa y mantiene el interés, aunque el tema reincida una y otra vez sobre lo mismo: la pornografía infantil y las suculentas cantidades de dinero que genera en un determinado espacio virtual donde, solo unos depravados, consiguen destrozar la vida de unos inocentes niños.
      Jose Serralvo parte del caso real de Justin Berry, un niño al que un depredador arrastró al submundo de la pornografía infantil por Internet, y en la novela  el trasunto protagonista en la ficción es un narrador desquiciado, llamado David Timberthirdleg, víctima de abusos sexuales que, para justificar su relato, testifica ante el Senado de los Estados Unidos. Su declaración provoca un montón de preguntas al lector atento, siempre de forma indirecta, y desde esas eternas dudas existencialistas sobre el grado de responsabilidad que provocan nuestros actos hasta profundas reflexiones sobre qué puede exigir la sociedad a quien previamente le ha fallado estrepitosamente, o al revés de qué manera falla nuestra sociedad para provocar semejantes disparates, sobre todo en estos días, cuando la tecnología suplanta nuestra propia personalidad. El niño que se desnudó delante de una webcam muestra de frente, y sin tapujos, el gran horror vivido por el niño Timberthirdleg, en su propio hogar, así como cuanto se deriva de ese entorno, que incluye abusos y maltrato infantil, drogadicción, pederastia, una abnegada visión de cuanto concierne a mundo de la religión, sin apenas cortarse en descripciones duras, o el más preclaro salvajismo, y al hilo ensaya su deuda con algunos de los autores a quienes va nombrando, Brett Easton Ellis, el compasivo David Foster Wallace, o los clásicos Nabokov y ese espíritu seudopicaresco que recuerda a Dickens. Y lo mejor, contado en primera persona, de una forma directa, que se sustenta por la ironía con que el ya adolescente se dirige ante los miembros de ese Comité del Senado, que puede convertir todo en una auténtica farsa dolorosamente auténtica que presumimos se concreta en una historia literaria verosímilmente válida, y a su joven autor solo le permite fogonazos de respiro y de ternura cuando habla de esos pocos seres a quienes ha querido, el perro Reagan, la abuela, y sobre todo Mary Jane que provocan alternativamente, inesperados momentos de cariño y esa poca luz que ilumina la vida de su protagonista.
    Un extenso monólogo, o mejor un represtación oral sostiene la estructura de la novela de Serralvo, que ofrece un ritmo rápido, casi vertiginoso y que nunca desfallece porque el protagonista va agotando su tiempo, cuatro horas para declarar y muchos matices que subrayar cuando hilvana momento tras momento, evoca situación tras situación, para sostener ante los Senadoras y Senadores todo cuanto les cuenta con la verosimilitud con que es capaz de hacerlo. Víctima o producto de un determinismo social, David Timberthirdleg, parece el resultado sociológico de una clara evolución biológica que necesariamente lo lleva a convertirse en una oscura secuela de su propia familia, y desde el punto sartriano al final de la novela su protagonista deja de culparse de su pasado y asume sus responsabilidades como ese adulto en que se va configurando.  






 EL NIÑO QUE SE DESNUDÓ
               DELANTE DE UNA WEBCAM
                      Jose Serralvo
Barcelona, Libros del Lince, 2015; 236 págs.

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