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miércoles, 8 de julio de 2015

Hoy invito a…

MARINA PEREZAGUA

     La autora de Criaturas abisales (2011) y Leche (2013), ambos en Libros del Lince, cruzó el Estrecho de Gibraltar a nado: una proeza mental, más que física. Éste es su relato.

9 de junio. 3:27 pm. Siguiendo el protocolo, salto del barco 'Columba' para tocar tierra en la Isla de Tarifa, escuchar el silbato del juez y comenzar a nadar en dirección a la costa africana. Objetivo: cruzar a nado el Estrecho de Gibraltar. Unos minutos antes, en el barco, mientras me untaban la grasa para el frío y las rozaduras, me han preparado para lo peor, para no llegar. Ante la dificultad del reto, me dicen que ese día debo disfrutar, que no decaiga si no puedo realizar el cruce completo, que lo importante es el camino. Yo asiento con la cabeza, muda, temblorosa, quiero creérmelo, pero sé que éste mensaje de optimismo no va a funcionar para mí. Lo importante no es el camino porque cuando uno se ha visualizado tantas veces agarrando la ansiada roca, es difícil conformarse sólo con el trayecto. Llegar se convierte en una cuestión de existencia, porque me he visto, y no alcanzar mi propia imagen me parecería como dejar que mi alma vagara en esas aguas para siempre, sin retomar el cuerpo que ya llegó el día que decidí cruzar, ese cuerpo mío que me saluda desde Marruecos, que me ha estado llamando durante todos los entrenamientos y en la noche de muchos sueños. Me coloco bien las gafas mientras me recuerdo que habrá sufrimiento. Recuerdo también las palabras de Pepe Ogalla, amigo íntimo de este proyecto, que cada vez que tiene un reto de gran magnitud me dice "aunque sea reptando, llego". Entonces salto mientras lo repito como un mantra: "Aunque sea reptando, llego". Ya estoy en el agua. La travesía ha comenzado. Vuelvo a verme en África, llamándome, sonriendo, agitando los brazos para mostrarme el camino. Al cabo de unos 20 minutos nadando llega la primera sensación de miedo, cuando el color del mar pasa de azul a negro. No esperaba nadar en un espacio oscuro. Mi elemento es el agua, me da mucho miedo el aire, los aviones, volar, y de repente me siento en una especie de atmósfera líquida, sin paracaídas, sin avión, sin alas. 

Recuerdo lo que me había avisado unas horas antes Rafael Gutiérrez, presidente de la ACNEG: el Estrecho de Gibraltar es uno de los enclaves más estudiados por oceanógrafos de todo el mundo, y nadie ha podido establecer aún cuáles son las reglas; el Estrecho parece responder -me dice-, a única teoría, la teoría del caos. Así es. Nada garantiza el cruce. Son muchísimos los factores que juegan en contra del nadador. Las aguas del Atlántico pasan al Mediterráneo a través de ese canal tan estrecho para tanta agua, pero tan ancho para un hombre. Todo un mar atraviesa ese pequeño capilar, lo que implica el empuje de unas corrientes temidas -por su imprevisibilidad y dureza-, por todos los nadadores de aguas abiertas. Además de los vientos y las corrientes, otras cosas pasan, animadas o inanimadas, por el Estrecho. Por encima navegan los grandes mercantes, visibles, predecibles, avisados de mi paso en todo momento pero, por abajo, especialmente en esta época, pasan las orcas, que vienen en busca del atún. Pienso en todo ello mientras intento recordar que debo nadar tan rápido como sea posible antes de que cambien las corrientes y me arrastren más allá de Ceuta, lo cual haría imposible tocar tierra. Pero no es fácil nadar con pensamientos negativos. Ningún nadador que ha intentado cruzar el Estrecho lo ha hecho sin estar preparado físicamente. Lo que marca la diferencia entre superarlo o no es el control mental. Soy consciente de que tengo que controlar el cerebro, pero mi cuerpo recibe señales desconocidas y es inevitable tratar de identificarlas.
Siento roces en las piernas, seguramente pequeños peces, pero de repente una gran punzada en el pie y, segundos después, otra en el cuello. Dos medusas me han picado. Duele. Temo una reacción alérgica. Me pregunto qué tipo de medusas han sido. La Carabela Portuguesa puede provocar la muerte. Me digo que su presencia es improbable. Sigo nadando, sé que recurrir al botiquín de uno de los barcos supondría detenerme y dejarme arrastrar hacia la costa española, desnadar lo nadado. Continúo, pero no tengo buenas sensaciones. Todo sigue siendo negativo durante la primera media hora. Siento muchísimo miedo. Me pregunto cómo voy a resistir así seis o siete horas más, qué pasará por mi cabeza cuando nade sobre ese punto en que sé que bajo mi cuerpo horizontal habrá una fosa vertical de 1.008 metros. Quizá tenga demasiada información. Habría sido mejor saber menos. Pero la imagen de mí misma llamándome alegre desde África siempre regresa. Tengo que juntar mi espíritu con mi cuerpo, me digo. Entonces miro al lado de mí. No voy sola. Un nadador se ha tirado al agua conmigo para darme tranquilidad. Eso piensa él. Pero yo sé, cuando le veo, que él es mi Caronte, no un Caronte de muerte, sino de vida, una barca en forma de cuerpo que me ayudará a reunirme conmigo misma. Lo había conocido el día anterior por sorprendente casualidad, si es que estas casualidades existen. Motivado por su preciosa mujer, Antonio Gil, el más experto nadador en las aguas del Estrecho, me acompaña. Verle nadar, totalmente integrado con el mar, deslizándose veloz, sin romper el agua, es lo que, poco a poco, me aparta del pánico inicial. Y entonces comienzo a escribir, que es lo mismo que nadar. Empiezo a escribir esto en mi mente, apenas 20 horas antes de sentarme frente al ordenador. Me imagino a mí misma con una moneda bajo la lengua para que Antonio me lleve hacia mi vida por la travesía de la línea vital que comunica Europa, mi pasado, a mis pies, con África, mi deseo, hacia donde dirijo las yemas de los dedos en cada brazada. Algo más tranquila, me concentro en mi ritmo cardíaco.

Tengo pocas pulsaciones. Bien. Inconscientemente encuentro, sobre la marcha, un modo de relajación: golpeo la lengua contra el paladar dos veces consecutivas, una más fuerte, y otra más débil, acompasando el sonido a las pulsaciones, así puedo escuchar que mi corazón va a ritmo tranquilo. Muy bien. Me parece incluso oír el chasquido de mi lengua contra la moneda. Entonces recuerdo cuando, en la barquita de mi madre cada verano, para atraer a los cetáceos en alta mar, dábamos golpes que sonaban de un modo parecido en la amura, piel de madera de la embarcación. De nuevo el miedo. Pienso que los mamíferos que se deslizan por algún punto de ese espacio negro pueden escucharme esos latidos y acudir a mí. Me aumentan las pulsaciones. La lengua golpea mi paladar más rápido. Vuelvo a mirar a Antonio, ese Caronte de vida, barquero sin barca. Me acerco a él. Me fijo en su piel, obviamente afectada por el frío y, sin embargo, nada como si nunca hubiera pisado la tierra. Continúo de nuevo más tranquila. Tengo dos pulmones igual que él y, además, me llamo Marina. Después de dos horas nadando, veo que el barco guía se atraviesa, se para, me corta el paso a unos 300 m de distancia. Sin dejar de nadar, en cada brazada intento mirar qué pasa interpretando los movimientos de la tripulación que me acompaña más cerca, en la zódiac. No sé qué ocurre. Sólo después, ya en tierra, sabría que me protegían del encuentro con aletas no identificadas, orcas o tiburones. Parece que mi travesía se corresponde con las subidas y bajadas del oleaje porque, tras el nerviosismo, de nuevo, vuelve la calma, regresa mi imagen llamándome pero, esta vez, con una señal de verdadera emoción. Veo el primer buque mercante, inmenso. 'Ottoman Nobility', -me dirían después su nombre-, un buque turco que transporta combustible. Pero en ese momento lo que más me importa es lo que el buque significa en mi travesía: estoy ya lejos de la costa española. Es la primera referencia que me indica que, por ahora, voy venciendo la corriente. Comienzo a llorar. La zódiac se aproxima por segunda vez para el avituallamiento. Prohibido rozar la embarcación o la prueba quedará cancelada. Tampoco se debe parar porque la corriente arrastra. Me lanzan la botella con los electrolitos, carbohidratos en polvo y medio plátano que me meto de un golpe para masticar mientras continúo nadando. Me ha dado tiempo de ver las sonrisas de Fernando y Luis en la zódiac. Esas sonrisas, en una tarde nublada, son verdadero sol. No es una metáfora. Realmente calientan la piel y los ánimos.
Pero entonces llega el momento en que Caronte deja de acompañarme. Me veo sola. Desprotegida. Sin barquero que me atreviese a la orilla desde donde la mitad de mí me está llamando. Pienso que, si me empiezo a sentir mal, debo acordarme de llenar mis pulmones de aire tanto como pueda y quedarme así, aletargada, para flotar sin hundirme hasta que me recojan. Y entonces pienso inevitablemente en todos aquellos que intentaron cruzar, sin lograrlo, para encontrar una vida mejor. Ellos están ahí abajo. Preciosos desaparecidos que llenan el cementerio del Mediterráneo. Otra vez me encuentro en la trampa de mi mente insistiendo en anclarme al miedo. Vuelvo a golpear la lengua contra el paladar para escuchar mi corazón. Las pulsaciones han aumentado. Dejo de respirar unos segundos para tranquilizarme. Veo una bolsa de plástico. No sé si lo recuerdo bien, pero pienso en el 'Relato de un náufrago' de García Márquez, cuando, en cierto momento, ve una gaviota y sabe, por primera vez en tantos días, que la costa debe de estar cerca. Esas bolsas de plástico que siempre he detestado en el mar por obstruir las tripas de delfines y ballenas, se convierten en otro símbolo de cercanía a tierra. Cuando vuelven a lanzarme la próxima botella para reponer fuerzas me dicen entusiasmados desde la zódiac: "¡Mira Marina, ya estás cerca, apenas tres kilómetros!". No lo puedo creer, había pensado que tardaría muchísimo más, pero no quiero mirar hacia África. Les digo que no quiero mirar, porque temo verla, aún, demasiado lejos. Sigo nadando y ya empiezan los gritos de ánimo, cada vez más fuertes. Sé que debo de estar muy cerca, pero aún no quiero mirar al frente.
Entonces comienzo a ver caballitos de mar. Manadas de caballitos de mar. Paro un momento con la cabeza sumergida, flotando bocabajo para mirarlos. Cómo puede haber gente que los diseque, que los conserve muertos, me pregunto. Y entonces pasa una enorme tortuga. Y luego cangrejos, y luego el ansiado fondo marino, roca africana. Sé que mi mitad me está esperando allá arriba. Los gritos de las embarcaciones se hacen más intensos. No distingo las diferentes voces, pero tienen la intensidad de un coro. Entonces me atrevo a mirar por primera vez al frente. África. Y mucho más que eso. Alrededor mío embarcaciones de azul añil de pescadores marroquís saludándome, aplaudiendo, gritando también palabras de aliento. Acelero el ritmo. La corriente es muy fuerte. Estoy llorando tanto que las gafas se me empañan y no puedo ver la roca que tengo que tocar para que la organización dé por finalizada la prueba. A tientas toco algo. La piedra. Escucho el silbato que indica que la travesía ha sido concluida con éxito. Pero yo quiero subir la roca. Me agarro donde puedo. Después de casi cuatro horas nadando las piernas no me responden muy bien. Pero allí donde no llegan las fuerzas, llega el entusiasmo. Lo logro. Me pongo en pie sobre esa tierra que desde niña soñé alcanzar a nado cuando apenas sabía andar. Entonces me veo. Me abrazo a mí misma. Me encuentro. El trayecto no era lo único importante, porque llegar a mi cuerpo era una cuestión de existencia. Me meto en Marina. Me completo. Salto al agua para abrazar a Antonio Gil, el generoso y anfibio Caronte que guía a las almas que cruzan el Estrecho hacia sus cuerpos.

©Marina Perezagua


Marina Perezagua (Sevilla, 1978) es autora de dos libros de relatos:
Criaturas abisales (2011) y Leche (2013; los dos editados por Libros del Lince.
El próximo otoño publicará su primera novela, 'Yoro'. Ha sido profesora de español en la New York University y otras instituciones de la ciudad norteamericana, donde actualmente reside, y también durante unos años en el Instituto Cervantes de Lyon. Se licenció en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla.





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