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jueves, 30 de julio de 2015

Hoy invito a…



Beatriz Mosquera

Nadie tiene por qué saberlo

                          “Deja que te suceda lo bello y lo terrible. Solo hay que andar: ningún sentimiento es remoto”.                                               
                                                                        Rainer María Rilke
Los Cardales aparece, perdido en la llanura, a un costado de la ruta que lleva a Claromecó. Nace y muere con la pulcritud de un mediodía. De las cinco cuadras ruidosas se pasa a los barrios apacibles, sin transiciones. Cada acontecimiento de la vida de sus habitantes se desarrolla, en apariencia, bajo la frondosa sombra de Dios. Los que no aceptan semejante protocolo voltean hacia la rotonda y siguen el camino recto que los lleva a Buenos Aires. Los otros, los que se quedan, saben que vivirán con rumbo fijo al deber cotidiano de barrer la vereda y charlar con la vecina. Algunos de los que se han ido vuelven cada tanto y ya no pueden entender esa renovada quietud que ayuda a creer en la eternidad que pregona el padre Alberto. Dalmacia Ortega, no había conocido la felicidad hasta escuchar aquella voz. Envejecer en un pueblo, sin marido y sin hijos, es como atravesar una noche agria. Cada tarde, cuando el sol se va perdiendo detrás de la parra de la galería, Dalmacia empuja la máquina de coser contra la pared y enciende la lámpara. En esa vida tan ordenada hasta los recuerdos llegan puntuales. Ella los recibe como a fieles amigos, mientras sus manos siguen ocupadas. Después de treinta años no tiene problemas en colocar una manga o en pinzar un saco. Sus manos saben coser mejor que ella y no aceptan órdenes. Más de una
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vez ha pensado en dejarlas trabajando y llevarse los ojos a pasear por el río. Aunque si lo piensa mejor, la espalda y los pies acalambrados de tanto balancear el pedal de la Singer también se merecen un paseo. Tan entretenida está Dalmacia, separándose en partes mientras cose, que se sobresalta cuando Elisa abre la can- cel y entra vociferando que necesita trapos de colores para Tonio. Otra vez sus manos por delante buscando en las bolsas de retazos, los mejores para su sobrino nieto. Elisa repara, con un dejo de ternura, en esas manos ad- miradas por toda la familia, que han cosido ocho trajes de novia y media docena de mortajas. Va a hacerle un comentario, su tía se adelanta: —¿Cómo están los mellizos? —pregunta sin dejar las manos quietas. —Comen, lloran y cagan, dice el encanto de mi marido. Ahora sí Dalmacia se cruza de brazos, aquieta sus de- dos y la mira un instante recriminándola en silencio: —¿Qué te anda pasando, Elisa? —En todo caso, ¿qué le anda pasando a mi marido? —Me importás más vos. —Todo sigue igual. Eso es lo peor. —¿No querés hablar? —No es momento, estoy apurada. Elisa guarda los trapos, rechaza el mate que le ofrece y sale casi corriendo para esconder las lágrimas: —Gracias tía, el domingo en casa te cuento. Dalmacia se queda mirándola hasta que golpea la puerta en la corrida. Apenas diez minutos duró su única
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visita del día. Cómo le hubiera gustado poder retenerla, pero la vida de Elisa es un rosal cargado de espinas. Se acerca a tocarla y recibe un pinchazo. No es mujer de pensar demasiado en lo que duele sin remedio; prefiere seguir con el tema que la intranquiliza y, en cierto sentido, la divierte: sus manos. Ellas se han transformado en una cruz para su alma, le comentará al padre Alberto en cuanto lo vea. Necesita una larga charla con ese hombre que tantas veces llevó paz a su corazón. A las siete en punto de la mañana, hincada en el con- fesionario, bajando la voz hasta el susurro, Dalmacia, llega casi a la blasfemia, sin darse cuenta: —¿Para qué sirve el alma, padre? —pregunta con esa sencillez rotunda tan de ella—. La mía anda ronroneando como gato encerrado y se queja de mis manos. El padre Alberto demora en contestar; esa mujer, con su inapelable ingenuidad, lo desequilibra sin proponér- selo. Desde que la conoció, jóvenes los dos, le sucede lo mismo. Dalmacia acerca la oreja al enrejado pensando que no lo escucha. Cree advertir una sonrisa, apenas di- bujada, en la cara del cura: —Todo exceso ofende a Dios. Deja tu alma en li- bertad para que goce del Señor. Siempre has estado en función de los demás; llegó tu hora, Dalmacia. Como penitencia, nada de rezos, que ya rezas bastante, tendrás media hora de manos quietas en el regazo, al atardecer. Así te reencontrarás con tu alma y vivirán juntas en paz. Después de seguir la misa y esperar ansiosa la comu- nión, Dalmacia sale de la iglesia confundida. Esa peni-
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tencia no le cierra. Siente que está a punto de hacer algo, capaz de cambiar su vida entera. El padre Alberto lo des- cubrió y, parece, le ha dado la razón a su alma. De seguro se lo explicó mal y no terminó de comentarle su última costumbre de ir separándose en partes. Sus ojos quieren escapar, sus manos se aferran a la costura y ella no sabe con quién quedarse. Todo ese día sábado transcurre algodonoso, sin límites precisos. Dalmacia sabe que al atardecer deberá cumplir la penitencia. Está inquieta, indecisa. Es la primera vez que enfrenta una penitencia de ese tipo. Llega la hora, se sienta en el sillón de mimbre de la galería y deposita sus manos sobre las piernas. Las mira de reojo, parecen dos pájaros dormidos. Espera. Poco a poco sus partes se van uniendo. La espalda se apoya en el respaldo, las piernas se relajan y sus ojos se disparan a un rectángulo de cielo donde se va formando una estrella a medida que avanza la oscuridad. Piensa en su madre, en esa sonrisa única capaz de abarcar al pueblo entero. Hasta podría afirmar que la ha visto alguna vez deslizarse des- calza por la galería. Cumple la penitencia con largueza. Una paz desco- nocida la gana entera. Se persigna. Sus manos cumplen la orden de dibujar la cruz y vuelven al regazo. En ese momento, Dalmacia lo recuerda con nitidez, escucha pa- sos en el dormitorio. La puerta de la cocina se abre y se cierra. Gira la cabeza pero no ve a nadie, sólo la cortina de cañas se parte al medio como dejando pasar a alguien. Ella ha nacido en esa casa más de sesenta años atrás y hace diez que vive sola de día y de noche. Conoce sus ruidos
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como los de su propio cuerpo. Escucha el sonido apagado de unos pasos y el sillón, que está frente a ella, empieza a mecerse. ¿Y si fuera su madre? Antes de morir, al verla tan desesperada, le prometió que la visitaría sin que Dalmacia se diera cuenta. Y ella le cree; su viejita jamás le mintió. Dalmacia, con el alma pendiendo de un hilo de espe- ranza, trata de tranquilizar su emoción y dice en voz alta: —¿Sos vos, mamá? Silencio. Sólo se escucha la respiración agitada de Dalmacia: —No me preocupa verte. A mis pensamientos tampo- co los veo y me acompañan desde que te fuiste. El sillón se detiene. Dalmacia se adelanta, tratando de ver lo que no ve. La voz suena cálida, con un dejo de timidez: —Está siempre tan ocupada… Nunca me atreví a mo- lestarla. . . A veces hacía un poco de ruido o tiraba un carretel. . . La sorpresa de escuchar una voz varonil es tan enorme que no puede contener el temblor: —¿Desde cuándo me acompaña? —No sé. . . Es el lugar del pueblo que más me gusta visitar. Mi nombre es Juan Cruz La voz suena nítida. El sillón se hamaca. Dalmacia bus- ca la imagen que no aparece. —¿Por qué no lo veo? —pregunta en un impulso, en- seguida se arrepiente. Silencio. El sillón deja de moverse. Ella va a insistir pero queda callada con el corazón doblado dentro de su pecho. —Es mejor que me vaya. No quiero preocuparla.
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Juan Cruz se levanta y se aleja. Dalmacia lo detiene como si lo viera: —Espere. Me gusta escucharlo. ¿De dónde es usted? —Del Chaco… De los montes profundos… —Nunca estuve en el Chaco —Después que murió mi padre, me vine para acá bus- cando trabajo. —¿Vivió en el pueblo? —insiste Dalmacia. —En la ribera, bien hacia el Norte. Había un monte- cito y un aserradero. ¿Se acuerda? —¡Por Dios! Me está hablando de cincuenta años atrás. —Usted tenía dieciséis. La trenza hasta la cintura. La sonrisa asomando y el andar de un colibrí. Un golpe de cordura le estalla en la cara: Aquí estoy muy oronda hablando con un sillón que se mueve. Rara siempre fui, pero esto es el colmo. Le resuena cercana la risa de su hermana Isabel, burlándose de sus chifladuras: Vos siempre ves cosas que no están. Y la voz de la monji- ta: No vueles, niña, borda. Debes vivir con los pies en la tierra, Dios no nos hizo para volar. Se levanta urgida, corre al dormitorio. Saca sus pasti- llas para dormir del cajón de la mesa de luz y va hacia la cocina en busca de un vaso de agua. Cierra con llave la puerta y vuelve a la cama. Empieza a sacarse la ropa para ponerse el camisón y se detiene. ¿Y si la estuviera miran- do? Se tira en la cama semivestida, no quiere pensar, no quiere escuchar, se cubre la cabeza y aprieta los párpados hasta quedarse dormida.

Beatriz Mosquera
          La activa participación de Beatriz Mosquera como dramaturga en la escena teatral argentina no requiere presentación. Profesora en filosofía y profesora especial de orientación estética infantil, tiene más de treinta obras estrenadas y cerca de diez libros publicados. Fue distinguida con el premio del Fondo nacional de las Artes a obra unitaria para televisión: "Marta, Luis, y un carro"; por la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Bs. As. por la obra: "El primer domingo"; el Teatro Payro, la eligió en el concurso de autores nacionales por la obra: "Un domingo después de un lunes", estrenada en dicho teatro; la Unión Carbide Argentina con el premio Bienal para Autores de Teatro con la obra: "La irredenta"; en el Concurso Teatro Abierto 1982, por la obra: "Despedida en el lugar"; fue también ganadora del primer premio, en su género y generación, del concurso de teatro organizado por la Universidad de Columbia de Nueva York en 2001; y ganadora del concurso de obras breves organizado por el "Instituto de Teatro" en 2001, con "Pintura fresca". En los últimos tiempos, Mosquera ha acudido al llamado de un creciente interés por la narrativa: Nadie tiene por qué saberlo es su segunda novela. Y prepara un libro de cuentos de próxima aparición.




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