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viernes, 31 de julio de 2015

Georges Simenon



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El otro Simenon
A propósito de la publicación de Pedigrí.


Roger Mamelin, es un niño belga, precoz e inquieto, que alcanzará la mayoría de edad dolorosamente, y además es el protagonista de Pedigrí (1948), la novela más extensa, insólita y atrevida de Georges Simenon, uno de sus mayores logros como cronista del individuo y la sociedad modernos. El autor nos transporta a los inestables inicios del siglo XX, desde las amenazas terroristas de la primera década hasta el final de la Primera Guerra Mundial, y nos ofrece una epopeya de la vida cotidiana llena de intensidad.

Corría el año 1941, y Georges Simenon (Lieja, 1903 - Lausana, 1989) vivía en un lugar llamado Fontenay-le-Comte. Llevaba un tiempo encontrándose mal, así que visitó a un médico, este le hizo una radiografía y vio algo que no le gustó. Le dijo: "lo siento, pero me temo que le quedan como mucho dos años de vida". ¿Qué se propuso Simenon en ese supuesto par de años de vida? Escribir; pero no seguir con la saga de novelas de Maigret, sino construir una monumental memoria destinada a convertirse en esa clase de libro que, muchos años después, encierra un mundo, o que encierra todo un pasado.

Y aun afirmaba, "Pensé entonces que cuando fuera mayor mi hijo de dos años no sabría casi nada de su padre ni de su familia paterna", y "para colmar en parte esa laguna, compré tres cuadernos con tapas de cartón jaspeado y, renunciando a mi habitual máquina de escribir, empecé a contar en primera persona, y en forma de carta, una serie de anécdotas de mi infancia al muchacho que un día me leería". Por entonces, el narrador belga se escribía con André Gide, al que le picó la curiosidad. Simenon le envió las primeras 100 páginas y, una vez leídas, Gide le reclamó que continuara con el trabajo pero que cambiara la primera persona por la tercera y escribiera una novela.

Así cuenta Simenon en primera persona cómo decidió escribir sobre su propia infancia en tercera persona y dejar de dirigirse exclusivamente a su pequeñín para contarle sus peripecias vitales. Se nota que es un libro diferente a la mayoría de los que escribió también en la voluminosidad. Simenon solventaba sus historias ‘negras’ en poco más de cien páginas, aquí supera las 600 para remontarse a la Lieja de su infancia y al recuerdo que conserva de sus padres y de su propia juventud hasta los 16 años, justo al comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Pedigrí, es el resultado de ese pequeño fin del mundo que nunca fue, de esa radiografía maldita que erró en casi cuatro décadas la muerte del escritor (vivió hasta el año 1989). Aunque Simenon se planteó algo mucho más extenso al principio, una suerte de monumental obra biográfica, una non fiction novel confesional, lo cierto es que no llegó a completarla. La cosa se detuvo en Pedigrí, el que iba a ser el primer tomo de semejante obra magna y acabó siendo el único. "Abandoné a Roger Mamelin a los 16 años", explicaba el propio Simenon. Su plan había sido narrar la adolescencia (su propia adolescencia) en el segundo tomo, y centrar el tercero en su etapa en París y en el aprendizaje de lo que llamaba "el oficio del hombre". Pero la cosa no acabó así. Y, como anticipa el propio Simenon en el prefacio a la edición de 1957 (la que Acantilado publica, por primera vez, en España), Pedigrí "constituye una especie de islote" dentro de su producción.

Breve biografía
Georges Simenon
Nació el 13 de febrero de 1903 en Lieja, en el seno de una familia de clase media arruinada.
Trabajó como aprendiz de panadero, de vendedor en una librería y de reportero de sucesos en la Gazette de Liège. Su madre nunca quiso aceptar que su hijo se dedicara a la escritura. Obsesionada con la idea de tener una vejez segura, hubiera preferido que fuera ferroviario. Simenon conoció el éxito temprano y le enviaba a su madre una buena suma cada mes. Ella le devolvía todo, moneda a moneda.
Sus relaciones con las mujeres fueron intensas y difíciles. Alguna vez confesó haber tenido dos mil amantes, la mayoría prostitutas. Se casó dos veces, aunque pensaba que el matrimonio "es una institución estúpida e incluso inmoral". El mayor drama -"un padre nunca se recupera", -escribió- fue el suicidio de su hija Mary Jo, a la edad de 25 años. No pocos han visto en el afecto que Simenon profesaba por su hija como algo incestuoso. Patricia Highsmith, autora de Extraños en un tren, escribió sobre este asunto: "Mary Jo fue descrita por uno de sus doctores en su vida adulta como 'un caracol sin concha'. Su vida emocional se había centrado en Simenon y la correspondencia entre ellos se lee más como cartas de amor que como un intercambio entre padre e hija".
En su juventud escribió artículos antisemitas y se cierne la sospecha de haber colaborado con los nazis durante la ocupación; su hermano menor, Christian, fue simpatizante de Hitler y se vio envuelto en un oscuro episodio.
Escritor prolífico, fue autor de cientos de novelas populares utilizando diversos seudónimos.
En 1922, se trasladó a París y al año siguiente se casó con su amiga Régine, una estudiante de arte apodada Tigy. Tuvo una aventura tumultuosa con Josephine Baker. En 1929 elaboró un nuevo personaje ficticio: el commissionaire Maigret. Dos años después, en 1931, organizó una gigantesca fiesta parisiense, el Baile Antropométrico, para lanzar las novelas de Maigret.
Concebir un libro le llevaba un día y escribirlo un par de semanas. Autor también de novelas "duras", por las que André Gide lo proclamó "el novelista más grande del siglo". Otras obras suyas también tratan el tema policíaco, como El hombre que miraba pasar los trenes (1946) y Confessional (1968).
Su autobiografía, Memorias íntimas (1981), pone de manifiesto sus propias obsesiones y cuenta la historia del suicido de su hija; otros textos autobiográficos son Cuando yo era viejo (1972), Carta a mi madre (1974) y la novela que recreó su infancia y adolescencia Pedigrí escrita en 1948 pero que hasta 1985 no se publicó.
El conjunto de su obra, escrita entre 1920 y 1972, es enorme: 80 Maigret, 115 "novelas duras" (no policíacas) y 200 "novelas populares" escritas con seudónimo. En 1972, renunció a la novela y a la máquina de escribir para dedicarse a sus "Dictados" en grabadora, que ocupan 21 volúmenes. Después de residir en Francia, Estados Unidos y Canadá en 1955 se estableció en Suiza.
Georges Simenon falleció el 4 de septiembre de 1989 en Lausana, a los 86 años; dejó tres hijos varones.













Georges Simenon; Pedigrí; traducción de Núria Petit. Barcelona, Acantilado, 2015; 616 pp.


jueves, 30 de julio de 2015

Hoy invito a…



Beatriz Mosquera

Nadie tiene por qué saberlo

                          “Deja que te suceda lo bello y lo terrible. Solo hay que andar: ningún sentimiento es remoto”.                                               
                                                                        Rainer María Rilke
Los Cardales aparece, perdido en la llanura, a un costado de la ruta que lleva a Claromecó. Nace y muere con la pulcritud de un mediodía. De las cinco cuadras ruidosas se pasa a los barrios apacibles, sin transiciones. Cada acontecimiento de la vida de sus habitantes se desarrolla, en apariencia, bajo la frondosa sombra de Dios. Los que no aceptan semejante protocolo voltean hacia la rotonda y siguen el camino recto que los lleva a Buenos Aires. Los otros, los que se quedan, saben que vivirán con rumbo fijo al deber cotidiano de barrer la vereda y charlar con la vecina. Algunos de los que se han ido vuelven cada tanto y ya no pueden entender esa renovada quietud que ayuda a creer en la eternidad que pregona el padre Alberto. Dalmacia Ortega, no había conocido la felicidad hasta escuchar aquella voz. Envejecer en un pueblo, sin marido y sin hijos, es como atravesar una noche agria. Cada tarde, cuando el sol se va perdiendo detrás de la parra de la galería, Dalmacia empuja la máquina de coser contra la pared y enciende la lámpara. En esa vida tan ordenada hasta los recuerdos llegan puntuales. Ella los recibe como a fieles amigos, mientras sus manos siguen ocupadas. Después de treinta años no tiene problemas en colocar una manga o en pinzar un saco. Sus manos saben coser mejor que ella y no aceptan órdenes. Más de una
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vez ha pensado en dejarlas trabajando y llevarse los ojos a pasear por el río. Aunque si lo piensa mejor, la espalda y los pies acalambrados de tanto balancear el pedal de la Singer también se merecen un paseo. Tan entretenida está Dalmacia, separándose en partes mientras cose, que se sobresalta cuando Elisa abre la can- cel y entra vociferando que necesita trapos de colores para Tonio. Otra vez sus manos por delante buscando en las bolsas de retazos, los mejores para su sobrino nieto. Elisa repara, con un dejo de ternura, en esas manos ad- miradas por toda la familia, que han cosido ocho trajes de novia y media docena de mortajas. Va a hacerle un comentario, su tía se adelanta: —¿Cómo están los mellizos? —pregunta sin dejar las manos quietas. —Comen, lloran y cagan, dice el encanto de mi marido. Ahora sí Dalmacia se cruza de brazos, aquieta sus de- dos y la mira un instante recriminándola en silencio: —¿Qué te anda pasando, Elisa? —En todo caso, ¿qué le anda pasando a mi marido? —Me importás más vos. —Todo sigue igual. Eso es lo peor. —¿No querés hablar? —No es momento, estoy apurada. Elisa guarda los trapos, rechaza el mate que le ofrece y sale casi corriendo para esconder las lágrimas: —Gracias tía, el domingo en casa te cuento. Dalmacia se queda mirándola hasta que golpea la puerta en la corrida. Apenas diez minutos duró su única
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visita del día. Cómo le hubiera gustado poder retenerla, pero la vida de Elisa es un rosal cargado de espinas. Se acerca a tocarla y recibe un pinchazo. No es mujer de pensar demasiado en lo que duele sin remedio; prefiere seguir con el tema que la intranquiliza y, en cierto sentido, la divierte: sus manos. Ellas se han transformado en una cruz para su alma, le comentará al padre Alberto en cuanto lo vea. Necesita una larga charla con ese hombre que tantas veces llevó paz a su corazón. A las siete en punto de la mañana, hincada en el con- fesionario, bajando la voz hasta el susurro, Dalmacia, llega casi a la blasfemia, sin darse cuenta: —¿Para qué sirve el alma, padre? —pregunta con esa sencillez rotunda tan de ella—. La mía anda ronroneando como gato encerrado y se queja de mis manos. El padre Alberto demora en contestar; esa mujer, con su inapelable ingenuidad, lo desequilibra sin proponér- selo. Desde que la conoció, jóvenes los dos, le sucede lo mismo. Dalmacia acerca la oreja al enrejado pensando que no lo escucha. Cree advertir una sonrisa, apenas di- bujada, en la cara del cura: —Todo exceso ofende a Dios. Deja tu alma en li- bertad para que goce del Señor. Siempre has estado en función de los demás; llegó tu hora, Dalmacia. Como penitencia, nada de rezos, que ya rezas bastante, tendrás media hora de manos quietas en el regazo, al atardecer. Así te reencontrarás con tu alma y vivirán juntas en paz. Después de seguir la misa y esperar ansiosa la comu- nión, Dalmacia sale de la iglesia confundida. Esa peni-
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tencia no le cierra. Siente que está a punto de hacer algo, capaz de cambiar su vida entera. El padre Alberto lo des- cubrió y, parece, le ha dado la razón a su alma. De seguro se lo explicó mal y no terminó de comentarle su última costumbre de ir separándose en partes. Sus ojos quieren escapar, sus manos se aferran a la costura y ella no sabe con quién quedarse. Todo ese día sábado transcurre algodonoso, sin límites precisos. Dalmacia sabe que al atardecer deberá cumplir la penitencia. Está inquieta, indecisa. Es la primera vez que enfrenta una penitencia de ese tipo. Llega la hora, se sienta en el sillón de mimbre de la galería y deposita sus manos sobre las piernas. Las mira de reojo, parecen dos pájaros dormidos. Espera. Poco a poco sus partes se van uniendo. La espalda se apoya en el respaldo, las piernas se relajan y sus ojos se disparan a un rectángulo de cielo donde se va formando una estrella a medida que avanza la oscuridad. Piensa en su madre, en esa sonrisa única capaz de abarcar al pueblo entero. Hasta podría afirmar que la ha visto alguna vez deslizarse des- calza por la galería. Cumple la penitencia con largueza. Una paz desco- nocida la gana entera. Se persigna. Sus manos cumplen la orden de dibujar la cruz y vuelven al regazo. En ese momento, Dalmacia lo recuerda con nitidez, escucha pa- sos en el dormitorio. La puerta de la cocina se abre y se cierra. Gira la cabeza pero no ve a nadie, sólo la cortina de cañas se parte al medio como dejando pasar a alguien. Ella ha nacido en esa casa más de sesenta años atrás y hace diez que vive sola de día y de noche. Conoce sus ruidos
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como los de su propio cuerpo. Escucha el sonido apagado de unos pasos y el sillón, que está frente a ella, empieza a mecerse. ¿Y si fuera su madre? Antes de morir, al verla tan desesperada, le prometió que la visitaría sin que Dalmacia se diera cuenta. Y ella le cree; su viejita jamás le mintió. Dalmacia, con el alma pendiendo de un hilo de espe- ranza, trata de tranquilizar su emoción y dice en voz alta: —¿Sos vos, mamá? Silencio. Sólo se escucha la respiración agitada de Dalmacia: —No me preocupa verte. A mis pensamientos tampo- co los veo y me acompañan desde que te fuiste. El sillón se detiene. Dalmacia se adelanta, tratando de ver lo que no ve. La voz suena cálida, con un dejo de timidez: —Está siempre tan ocupada… Nunca me atreví a mo- lestarla. . . A veces hacía un poco de ruido o tiraba un carretel. . . La sorpresa de escuchar una voz varonil es tan enorme que no puede contener el temblor: —¿Desde cuándo me acompaña? —No sé. . . Es el lugar del pueblo que más me gusta visitar. Mi nombre es Juan Cruz La voz suena nítida. El sillón se hamaca. Dalmacia bus- ca la imagen que no aparece. —¿Por qué no lo veo? —pregunta en un impulso, en- seguida se arrepiente. Silencio. El sillón deja de moverse. Ella va a insistir pero queda callada con el corazón doblado dentro de su pecho. —Es mejor que me vaya. No quiero preocuparla.
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Juan Cruz se levanta y se aleja. Dalmacia lo detiene como si lo viera: —Espere. Me gusta escucharlo. ¿De dónde es usted? —Del Chaco… De los montes profundos… —Nunca estuve en el Chaco —Después que murió mi padre, me vine para acá bus- cando trabajo. —¿Vivió en el pueblo? —insiste Dalmacia. —En la ribera, bien hacia el Norte. Había un monte- cito y un aserradero. ¿Se acuerda? —¡Por Dios! Me está hablando de cincuenta años atrás. —Usted tenía dieciséis. La trenza hasta la cintura. La sonrisa asomando y el andar de un colibrí. Un golpe de cordura le estalla en la cara: Aquí estoy muy oronda hablando con un sillón que se mueve. Rara siempre fui, pero esto es el colmo. Le resuena cercana la risa de su hermana Isabel, burlándose de sus chifladuras: Vos siempre ves cosas que no están. Y la voz de la monji- ta: No vueles, niña, borda. Debes vivir con los pies en la tierra, Dios no nos hizo para volar. Se levanta urgida, corre al dormitorio. Saca sus pasti- llas para dormir del cajón de la mesa de luz y va hacia la cocina en busca de un vaso de agua. Cierra con llave la puerta y vuelve a la cama. Empieza a sacarse la ropa para ponerse el camisón y se detiene. ¿Y si la estuviera miran- do? Se tira en la cama semivestida, no quiere pensar, no quiere escuchar, se cubre la cabeza y aprieta los párpados hasta quedarse dormida.

Beatriz Mosquera
          La activa participación de Beatriz Mosquera como dramaturga en la escena teatral argentina no requiere presentación. Profesora en filosofía y profesora especial de orientación estética infantil, tiene más de treinta obras estrenadas y cerca de diez libros publicados. Fue distinguida con el premio del Fondo nacional de las Artes a obra unitaria para televisión: "Marta, Luis, y un carro"; por la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Bs. As. por la obra: "El primer domingo"; el Teatro Payro, la eligió en el concurso de autores nacionales por la obra: "Un domingo después de un lunes", estrenada en dicho teatro; la Unión Carbide Argentina con el premio Bienal para Autores de Teatro con la obra: "La irredenta"; en el Concurso Teatro Abierto 1982, por la obra: "Despedida en el lugar"; fue también ganadora del primer premio, en su género y generación, del concurso de teatro organizado por la Universidad de Columbia de Nueva York en 2001; y ganadora del concurso de obras breves organizado por el "Instituto de Teatro" en 2001, con "Pintura fresca". En los últimos tiempos, Mosquera ha acudido al llamado de un creciente interés por la narrativa: Nadie tiene por qué saberlo es su segunda novela. Y prepara un libro de cuentos de próxima aparición.




miércoles, 29 de julio de 2015

John Fante



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La historia de un perdedor
(30  años sin John Fante)


      La obra de la denominada «generación perdida», los «conservadores» o los «vanguardistas», experimentó una perfecta validación como para mostrar que las circunstancias de la situación nacional podían semejarse a una descripción universal y así, estas generaciones de novelistas y de obras escritas entre 1910 y 1945, se convirtieron en una valoración de posibilidades tanto para la vida cotidiana como para el mundo del arte. Las novelas semiautobiográficas de comienzos de siglo habían sido las precursoras de las obras de Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Henry Miller o de John Fante, durante los años 20 y 30. El atractivo que estas obras podían tener para el público lector no se concretaba en el mérito literario, sino en esa semejanza provocativa con las vidas públicas y particulares de los escritores y de su entorno más cercano, esa alienación esgrimida respecto a los tipos, el lugar y la historia, incluso el lenguaje, características que provocarían una dislocación cultural: el inmigrante que se enfrenta a una sociedad extraña, el negro que procede de un status decadente y, por primera vez, tiene aspiraciones, o el joven talento en pleno proceso de desarrollo en esa incipiente y bulliciosa estructura de poder que supone emigrar a la ciudad. Fue, en palabras de Malcolm Cowly, «una época rápida y plena de aventuras, en la que era bueno ser joven; y, no obstante, al salir de ella uno sentía una sensación de alivio, como al salir de una habitación demasiado llena de conversaciones y de gente...».
        Es cierto que, a algunos escritores, les acompaña una leyenda que, transcurrido cierto tiempo, los salva de una evidente anonimato y ven, de alguna forma, actualiza su obra. Ha ocurrido con no pocos autores cuya trayectoria se ha perdido en el espacio de una literatura que se ha sometido al humillante desconocimiento de los lectores o de los estudiosos y que, por circunstancias, vuelven al espacio literario del que nunca debían haber desaparecido, avalados por la fuerza de una obra que bien merece un reconocimiento universal. Dostoievski, Hamsun, Hemingway o Dos Passos, Wolfe, Steinbeck, Farrell, Saroyan, West, son esas referencias literarias que se citan a propósito de la narrativa de casi un desconocido John Fante, el hijo de unos emigrantes italianos, tras una vida de miseria literaria que conllevó con colaboraciones en Hollywood. Sobrevivió, pese al empeño por inventar una suerte de autobiografía que le abriese el camino de la gran literatura. Las novelas que, inicialmente, hace años se reeditaban en España de la mano de Anagrama, Espera la primavera, Bandini (2001) y Pregúntale al polvo (2001), antes bajo el sello de la editorial Empúries en 1988 y 1989. La empresa de Herralde anunciaba la publicación de la tetralogía completa en su colección «Panorama de Narrativas», esto es, Sueños de Bunker Hill (2002) y La ruta de Los Ángeles (2002). En Ultramar se publicó, en 1990, La cofradía de la uva, aunque su edición original era de 1977, que Anagrama tradujo en 2004, con el título de La hermandad de la uva. El resto Un año pésimo (2005), Al oeste de Roma (2006), Llenos de vida (2008), y la colección de relatos, El vino de la juventud  (2013).



El vino de la juventud
        Este volumen recoge 13 relatos publicados por Fante en 1940 bajo el título Dago Red, y otros siete publicados más tarde en varios medios, y aunque no resulta nada nuevo en la escritura de Fante, tiene una frescura burbujeante a la que nadie se puede resistir. Resulta especialmente valioso porque encontramos en él los temas fundamentales presentes en posteriores obras narrativas. Casi todas las historias de la primera parte, “Vinazo”, tienen como protagonista a Jimmy Toscana, un joven adolescente que preconiza al más genuino alter ego de Fante, Arturo Bandini, protagonista de sus novelas fundamentales, como Espera a la primavera, Bandini o Pregúntale al polvo. Estos relatos tienen su propio sentido, y adquieren una novedosa dimensión al considerarlos en su conjunto. Se trata, en una primera parte, del proceso de aprendizaje de un joven adolescente, y Fante más que la progresión de un héroe pretende retratar un modelo social: la importancia de la familia, el peso del catolicismo, o el desarraigo de la emigración son los temas que van conformando el referente conceptual de los relatos. “Un secuestro en la familia”, la primera historia, como el resto narrada en primera persona, gira en torno a la fantasía del protagonista ante una fotografía de la madre en su época de juventud y a su resistencia a abandonar el mundo de su infancia, como lo veremos en otros relatos sobresalientes, “Monaguillo”, cuando en una infantil travesura vierte tinta en el vino que un sacerdote consagrará en los oficios religiosos. Mayor travesura encontramos en “La canción tonta de mi madre” donde debe enfrentarse a una acusación de robo. Si antes la distorsión de la realidad surgía como una suerte de autodefensa, ahora es el hurto y las mentiras las que cumplen esa función. Las figuras del padre y la madre llegan a convertirse en los verdaderos protagonistas de su vida. “Albañil en la nieve” gira en torno al padre, pero el trasfondo tiene que ver con la complejidad del matrimonio; pero en “El Dios de mi padre” entendemos cómo unos relatos se complementan con otros, adquiriendo así una novedosa profundidad con respecto a la prosa extensa de Fante.

Vida de un perdedor
        John Fante (Denver, Colorado, 1909- Los Ángeles, California, 1983) había conseguido cierto éxito con sus dos primeras novelas escritas en 1938 y 1939, pero hasta 1982 no publicaría Sueños de Bunker Hill y, tras su muerte, en 1986 La ruta de Los Ángeles. Escritor original, sarcástico, orgulloso, incorregible, trasladó buena parte de su vida a las memorias de un adolescente que vive, junto a sus padres y hermanos menores, en un pueblo pequeño del estado de Colorado, donde se iniciará a la vida en una educación católica a la sombra de su madre y de las monjas de instituto local para abrirse camino después, y triunfar como escritor cuando, «transcurridas sus primaveras», inicie su huida hacia la cálida California y empezar a soñar con un futuro de éxitos que llevarían hasta el mismo Premio Nobel. Arturo Bandini /versus John Fante es el hijo de unos emigrantes que siente la humillación de sus raíces y lucha con el mismo odio que ve en un padre frustrado contra su incapacidad para ser incluido en el prometido/no alcanzado sueño americano y surge en él una soberbia esperanza de prosperar, cómo no, en la escritura un hecho que en la época representa dinero y, sobre todo, notoriedad.
        Los libros de Fante—en palabras de Bukowski—«están escritos con el corazón y con las entrañas y no hablan de otra cosa. La vida de Fante, —como la de tantos otros—, corrió un destino horrible aunque pleno de una valentía tan natural como insólita. Su forma de escribir y su forma de vivir contienen las mismas constantes: fuerza, bondad y comprensión». Algo que, indudablemente, se convierte hoy en un milagro capaz de devolver la autenticidad literaria a un autor de la talla de John Fante, a treinta años de su desaparición, con la perspectiva suficiente para señalar lo insólito y lo extraño de una escritura, con la fuerza necesaria para resistir durante mucho más tiempo.












John Fante, El vino de la juventud; trad., de Antonio Prometeo-Moya; Barcelona, Anagrama, 2013.




 

martes, 28 de julio de 2015

Ignacio Martínez de Pisón



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LA REPUTACIÓN LITERARIA DE MARTINEZ DE PISÓN


       La literatura ilumina ese sentido permanente y cambiante que le otorgamos a la identidad, ese sentido de permanencia que todos ansiamos, porque las personas cambian a lo largo de su existencia, le otorgamos la importancia suficiente al paso de los años, y comprendemos que una historia contada nos enseña como nuestra existencia es una simple tarea de resistir, pese a las múltiples derrotas que arrastramos a lo largo de nuestra vida. Y así ocurre en La buena reputación  (2014) la historia del matrimonio formado por Mercedes y Samuel, ella hija de un militar católico, y él un judío en la Melilla colonial, hombre de confianza del régimen franquista y líder de la comunidad hebrea en la ciudad, hasta que un día el mundo ordenado e idílico que vive Samuel se rompe, y entonces deberá replantearse muchas cosas, buscará con ahínco esa  “buena reputación”, y alejado ya de los dorados años vividos, descubrirá que ha vivido de espaldas a la realidad.
        Martínez de Pisón fabula sobre la Melilla de 1957, un lugar idílico donde acabada la Guerra Civil los judíos viven su existencia como siempre, y así lo hace Samuel, miembro importante de su Consejo Comunal, bien relacionado con las autoridades civiles y militares, y orgulloso de haber sido aceptado como socio de la Hípica, aunque a veces detecta que los elogios de la comunidad judía encierran una recriminación, o tal vez una burla. Su negocio en Melilla con intereses en Málaga va bien, le permiten un nivel de vida más que desahogado. Desde el principio en el matrimonio formado por Mercedes (católica practicante), Samuel (judío) y sus dos hijas, Miriam y Sara, ha quedado perfectamente establecido que el hogar se regirá por las creencias de la esposa, con alguna mínima concesión a la religión del marido. La vida transcurre felizmente, la familia celebra dos fiestas de Año Nuevo, la católica y el Rosh Hashaná, y asisten gentiles, mujeres que fuman y los hombres beben más de la cuenta, pero sus hermanas Rebeca y Esther, judías estrictas, siempre se quejan de la relajación religiosa del hermano. De forma periódica, y con la disculpa de negocios, Samuel hace una visita a Tetuán, donde lleva una segunda vida de la que Mercedes no sospecha nada. La inminente desaparición del protectorado de Marruecos y cómo afectará la independencia al norte de África se une a la incertidumbre para los judíos que residen en la pequeña colonia, al tiempo se habla del recientemente creado estado de Israel y la dificultad de llegar hasta él. Un día este mundo ordenado e idílico se rompe y Samuel deberá replantearse muchas de las cosas de su vida futura. Mercedes, una mujer posesiva, dirige la vida de todos con mano de hierro, les obliga a seguir el camino marcado para cada uno, indiferente al dolor que pueda ocasionar, incluso tras su muerte dejará amarrados a sus descendientes, siempre esclava de “la buena reputación” no descansa ni al final de sus días. Miriam, la segunda generación, está acostumbrada desde niña a ser tratada con condescendencia, anulada y en segundo plano tras su hermana mayor, Sara, a la que todos admiran, incluso en su madurez sigue siendo una mujer insegura; intenta contentar a todos, fundamentalmente a su madre, se casará con el primero que se lo pide: Ramiro, un hombre sólido y consistente, y tendrá dos hijos gemelos, Daniel y Elías. Aparentemente todo va bien, y cuando se le presenta la oportunidad de triunfar, no logra su propósito. Elías, la tercera generación, está convencido de su vocación religiosa, duro e intransigente con las debilidades ajenas, como el resto de su familia vivirá grandes cambios, crecerá a pasos agigantados en una época de incertidumbre y contradicciones, una sociedad que augura grandes transformaciones, y su vocación teatral interferirá con los planes que su abuela contempla para él. Daniel ha vuelto a Melilla obligado por las decisiones tomadas por su abuela, al contrario que Elías nunca tuvo inquietudes místicas, irresponsable aunque simpático, amigo de las juergas y del alcohol. La pequeña ciudad le parece una cárcel, y el trato con sus tías las viejas judías, penoso. Un suceso brutal le hará descubrir otro mundo, otra realidad, que le llevará a implicarse en una causa que él considera justa.
        En esta novela el lector vive no solo la vida de los integrantes de esta familia, abuelos, padres y nietos, y se acostumbra a conocer el mundo que se cierne sobre ellos, o los cambios ocurridos en este país en treinta años porque Martínez de Pisón realiza una pequeña crónica de Melilla, Tetuán, Málaga, Zaragoza y Barcelona, mezcla realidad con ficción, el incendio del Hotel Corona de Aragón, y noticias relacionadas con las colonias en el norte de África; sino que reflexionamos si esta no es la misma historia de otras muchas familias con las que muchos hemos convivido durante años y, una vez más, sentimos ese deseo de volver a preguntarnos, de volver al pasado para perdonar y finalmente, también ser perdonados por las diferentes actitudes tomadas. 












Ignacio Martínez de Pisón, La buena reputación; Barcelona, Seix-Barral, 2014.

lunes, 27 de julio de 2015

Fernando Quiñones



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LOS OJOS DEL TIEMPO/ CULPABLE O EL ALA DE LA SOMBRA


     Fernando Quiñones (1930-1998) desempeñó, a lo largo de su vida, toda suerte de lides literarias. Colaborador en prensa, con una continuada y abundante presencia en el panorama andaluz, nacional e internacional, desarrolló una intensa labor en La Voz del Sur, Diario de Cádiz y, finalmente en, El Independiente y El País. Sumó sus esfuerzos en otros medios de comunicación, en radio y en televisión, además de ser un excelente poeta, narrador y flamencólogo reconocido. Finalista del Premio Planeta en 1979 con, Las mil noches de Hortensia Romero y, nuevamente, en 1983 con La canción del pirata. En su última novela publicada, La visita (1998), cuenta un imaginario encuentro, por las mágicas calles de Oviedo, entre el joven escritor francés Proust y el afamado escritor español, Clarín.  Autor, además, de una profusa obra poética iniciada en 1964 con el poemario, En vida que continuaba con Las crónicas de mar y tierra (1968), Las crónicas de Al-Andalus (1970), Las crónicas americanas (1973), Memorándum (1973), Las crónicas del 40 (1976), Las crónicas inglesas (1980), Muro de las Hetairas, también llamado Fruto de Afición Tanta o Libro de las Putas (1981) y Las crónicas de Hispania (1985). De Cádiz y sus cantes (1964) y El flamenco, vida y muerte (1971), componen buena parte de su obra.

        Los ojos del tiempo/ Culpable o El ala de la sombra (2006) son dos novelas cortas que el escritor gaditano dejó sin acabar, en realidad, unos borradores con abundantes correcciones y notas que hacen pensar en una redacción avanzada, casi lista, para ser publicadas. Nieves Vázquez Recio, editora y autora de la introducción, ha realizado un trabajo minucioso sobre los textos conservados y, en cada momento, hace saber al lector las correcciones realizadas por el autor sobre el manuscrito y, sin asegurarnos cómo hubiera resultado el texto definitivo, al menos la rigurosidad de Vázquez Recio nos acerca al mejor estilo del gaditano. La primera de ellas, Los ojos del tiempo, tras una lectura fragmentaria, se perfila como una obra de mayor envergadura porque, a través de un narrador, grabadora en mano, se recomponen las conversaciones mantenidas con Nono, un pescador de la Bahía, un tanto genuino porque es capaz de rememorar buena parte de la historia gaditana en un alarde de elocuencia y sabiduría popular. Notable, como siempre, el lenguaje esgrimido, el vocabulario escogido como esa sabia particularidad que otorga al discurso de Quiñones la magia de reproducir las voces, giros y el habla coloquial del pueblo. Nono, el pescador de La Goleta, lugar idolatrado por el Quiñones más andaluz, transforma sus visiones en un alarde de riqueza verbal sin explicación mínima alguna, característica que, en gran medida, oscurece en importancia al resto de la historia.
        Culpable o El ala de la sombra, el segundo texto conservado, es un monólogo narrado por el propio personaje protagonista. Un alto funcionario ministerial es detenido por un oscuro asunto del que, evidentemente, no es culpable. A medida que se va leyendo, observamos que el personaje se llena de dudas, se van desvelando aspectos inquietantes y esclarecedores de este aparente culpable y aparece esa obsesión por la muerte que le lleva a asistir a los entierros, cualesquiera que sean. La muerte es un tema que, obviamente, preocupaba al escritor, quien después de luchar varios años con su enfermedad, se acercaba a la certeza de un final seguro. Un premonitorio texto del más vital de los autores andaluces de la segunda mitad del siglo XX.
     Unas acertadas notas arrojan algo de elocuencia y claridad, completan además a esta especie de testamento sobre el tiempo, un tema que pesó mucho sobre un Fernando Quiñones en la última década de su vida. Ambos textos, según queda datado, se comenzaron a gestar en los primeros años de los noventa y, por tanto, ese acelerado paso del tiempo, unido a una reflexión sobre la existencia y la muerte, planean en ambas novelas. Quienes conozcan la obra del andaluz verán en ambos borradores la indeleble huella de un escritor de raza, por el contrario aquellos que sostengan en sus manos por primera vez un libro suyo, apenas si encontrarán un atisbo para darse cuenta de la grandeza de su obra, aunque como suele ocurrir, estos y otros textos dispersos que puedan parecer del Quiñones de la etapa final de su producción, contribuirán a engrandecer la figura de alguien que vivió la cultura andaluza como ningún otro.   











LOS OJOS DEL TIEMPO/ CULPABLE O EL ALA DE LA SOMBRA
Fernando Quiñones
Alianza, Madrid, 2006; 231 págs.

 

domingo, 26 de julio de 2015

Desayuno con diamantes, 46



        Cuando se cumplen quince años de la desaparición de la narradora salmantina, un recuerdo de su labor e inquietudes literarias.
Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925- Madrid, 2000).

VISIÓN DE CARMEN MARTÍN GAITE 


       La función que la escritura ocupó en la construcción de la identidad de Carmen Martín Gaite, sus intereses, conferencias y viajes, o su espacio y lugar en la narrativa contemporánea, conforman este volumen que José Teruel y Carmen Valcárcel han titulado, Un lugar llamado Carmen Martín Gaite (2014) y que constituye el merecido homenaje a esa figura polivalente y compleja que ocupó la segunda parte del siglo XX en la literatura española. Sobre Carmen Martín Gaite se ha escrito tanto como se merece una mujer que dedicó toda su vida a la literatura. Empezó a escribir en los años cincuenta y en su obra resalta su interés por la incomunicación y como consecuencia para evitarla, la búsqueda de interlocutor aunque haya que inventarlo; la utilización de la memoria y el mundo de los sueños fue su forma de conocimiento interior, o el proceso de escribir su única preocupación literaria, y sus inquietudes por los problemas de las mujeres como tema literario. La percepción que la autora tiene de sí misma es la de poco agresiva, modosa, pero rebelde; capaz de darle vuelta a todo, sin necesidad de levantar la voz o defender causas equívocas. Es el retrato de una Martín Gaite en los años cuarenta que vivió durante décadas en una apariencia y se fue adaptando a las modas y formas de cada momento, que nunca llamó la atención, salvo con su literatura, porque escribió sobre los problemas, inquietudes, contradicciones, miedos y deseos de las mujeres españolas de su época.
        La joven Martín Gaite publicaría sus primeros poemas en la revista universitaria Trabajos y días mientras estudia Filosofía y Letras en Salamanca. Llega a Madrid con la intención de escribir su doctorado, y colabora en periódicos y revistas de la época, pero sobre todo entra en contacto con un grupo de escritores jóvenes a los que Josefina R. de Aldecoa llama Los niños de la guerra (1983) que formarán la calificada generación del 50. Su primer cuento “Un día de libertad” (1953) lo publica Revista Española, y “El balneario”, ganaría el Premio Café Gijón 1954 y aparecerá junto a otros tres cuentos, “Un día de libertad”, “Los informes” y “La chica de abajo”. Desde entonces y hasta 1962 seguirá escribiendo relatos breves que publica en 1960, en el volumen, Las ataduras, y en 1978 recopila todos sus Cuentos completos, donde explica sus inquietudes y temáticas variadas: “La rutina, la oposición entre pueblo y ciudad, las primeras decepciones infantiles, el desacuerdo entre lo que se hace y lo que se sueña, la incomunicación y el miedo a la libertad. Todos ellos pertenecen a campos muy próximos y remiten, en definitiva, al eterno problema del sufrimiento humano, despedezado y perdido en el seno de una sociedad que le es hostil y en la que, por otra parte, se ve obligado a insertarse.


         Carmen Martín Gaite, como sus compañeros de generación, escribe sobre lo que ve, con esa manera tan suya de revelar sin molestar, y nos invita a mirar en los problemas que afectan al ser humano, sobre todo a las mujeres. Con su primera novela Entre visillos (1957) se embarca en esa faceta de mostrar, criticar, romper y componer que tanto caracterizará al resto de su obra, tanto narrativa como ensayística. La novela muestra la vida de un grupo de chicas adolescentes de clase media en una ciudad provinciana en la España de los cincuenta, a través de una existencia anodina, tediosa y rutinaria dominada por las tareas domésticas, los bailes en el Casino, el cine y la iglesia. El lector entra en un mundo de ficción (aunque tan real) en el que en términos existencialistas las mujeres existen para el hombre siendo “eso otro”; su vida gira en torno a sus deseos y humores y su existencia se vacía, nunca llega a ser plena. Por otra parte, sigue las técnicas de la novela social, con predominio del diálogo sobre la descripción, subrayando el aspecto colectivo sobre el individual y la condensación y actualización del tiempo: la acción transcurre entre septiembre y diciembre, y los acontecimientos en el marco los cincuenta. Sin embargo, hoy con una mayor perspectiva, revela que estas mujeres sufren la incomprensión de una sociedad que las reprime y margina convirtiéndolas en un estereotipo de la época. En 1974 después de un silencio narrativo de doce años, Martín Gaite publica Retahílas, una novela estructurada en torno a un diálogo formado por dos monólogos encadenados: durante una noche de vela, mientras esperan que la muerte se lleve a la abuela, tía y sobrino, Eulalia y Germán, dan rienda suelta a sus recuerdos y confrontan sus respectivos roles, trascendiendo a lo individual.
        Los ochenta son años de desencanto, un desencanto provocado en la narradora por el conflicto vivido entre un divorcio de ideas y de comportamientos, es decir, la revolución que supuso el final de franquismo, desde el lado de lo imaginario. Las ilusiones que muchos españoles pusieron en los cambios prometidos por el partido socialista en 1982 que, pronto, se trocaron en desilusión al ver que lo prometido en su eslogan electoral, cambiar el país y los comportamientos públicos, se asociaron de alguna manera al tópico existencial del buen vivir, optando por una vida sin compromisos ni sobresaltos y asumiendo un conformismo total que se manifestó en un conservadurismo de conducta y de pensamiento. Este desencanto lo expresa en su novela, Nubosidad variable (1992), en la que el marido de Sofía, una de las protagonistas, es un conformista que vivió la represión franquista y luchó contra ella, y ahora dirige el país enfundado en un traje de marca, asiste a cócteles y exposiciones de pintura donde cierra negocios y consigue conquistas, o sus conversaciones giran en torno a un denominador común: el dinero. Y lo mismo ocurre con, Lo raro es vivir (1997), un paso más en la creación de ese mundo dual y por primera vez en su narrativa, se plantea la posibilidad de un matrimonio feliz basado en la diferencia dentro de la igualdad. La historia la cuenta Águeda, la protagonista, en primera persona. Su madre, con la que siempre mantuvo una relación muy difícil, acaba de morir y Águeda es requerida por el médico que atiende al abuelo para que, por una vez, dado el precario estado de salud del anciano, suplante a la madre y se presente frente a él, ya que la noticia de la muerte de su hija podría ser fatal para su salud. Petición que obliga a la protagonista a desenterrar viejos recuerdos mediante un doloroso proceso de autoanálisis y autocrítica, y a entender mejor la tortuosa relación con una mujer que se llevó con ella su infancia.
        Un lugar llamado Carmen Martín Gaite ofrece distintas topografías de la escritora, el análisis de su poética y la función que la escritura ocupó en su vida, además de la variedad de intereses y temas que centraron su mundo literaria. Y capítulos dedicados a su genealogía, sus dificultades como escritora novel, la visión norteamericana de su obra, con publicaciones de la MLA, editadas por Joan L. Brown, o los trabajos de Pozuelo Yvancos, Calvi, Ródenas Moya y Pittarello que reflexionan sobre la construcción identificativa de Carmen Martín Gaite. María Dolores Albiac y Ana Garriga Espino examinan las parcelas de su producción intelectual: sus investigaciones sobre Santa Teresa y el XVIII, particular reacción de la autora frente a la educación recibida durante el franquismo. La edición de Un lugar llamado…se convierte en una herramienta imprescindible donde la obra de Martín Gaite se despliega en las variadas y ricas direcciones en que se concretó su vida literaria, poesía, cuento, novela, ensayo, traducción y adaptaciones de clásicos, así como sus charlas y clases impartidas en un variado e intenso escenario universitario norteamericano. 










Un lugar llamado Carmen Martín Gaite; Ed., de José Teruel y Carmen Valcárcel; Madrid, Siruela, 2014; 214 págs. + Fotogr.