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miércoles, 11 de julio de 2018

Alejandro López Andrada


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EL PAISAJE SUSPENDIDO EN EL AIRE
                 La poesía auténtica de Alejandro López Andrada
                     
                     

       El poeta Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, Córdoba, 1957) escribe sobre el paisaje suspendido en el aire que el escritor y filósofo alemán Novalis asociaba a ese espíritu que flota tras una cosmovisión y responde a un idealismo mágico, aunque la perspectiva del cordobés irá mucho más allá, explora lo incondicionado y lo hace a través de aquellas cosas que en otro tiempo conformaron cuanto vivió en su niñez; o evoca ese marco inconfundible de un humilde y brumoso mundo rural que reverbera, muchos años después, en la luz de sus palabras, perceptible en el conjunto de su obra poética tras la contemplación de los campos, los recuerdos familiares, los paseos cotidianos, mientras resuena el tañido de las campanas y, en la más absoluta intimidad, cuando se produce el emotivo reencuentro con la madre anciana.
       La poesía le proporciona al poeta López Andrada algunas claves para entender mejor la arquitectura que conforman los edificios del silencio, las buhardillas que guardan el tiempo, porque nunca ha dejado de asegurar que cuando escribe poesía hace de médium y, a través de su voz, fluyen los nombres de otras épocas, las palabras y los espacios que llenaron su existencia y viven en un plano distinto a esta realidad presente; es entonces cuando no parece que escriba el poeta sino otros: la tierra, los montes, los pájaros, las fuentes, los caminos del bosque, los familiares desaparecidos, y lo hacen devolviéndole su halo, reconstruyendo ese tiempo vivido con una visión distinta, con una pulcra y pausada nitidez. 
       El nuevo poemario de Alejandro López Andrada, El musgo y las campanas (2018) inaugura una colección de la editorial sevillana, Catorce Bis, cuyo propósito inicial es abrir las puertas tanto a la tradición lírica como a la poesía más audaz e innovadora, y quiere mostrarse como el espejo en el que cada lector se asome y reconozca su propio rostro o muestre, quizá, ese universo luminoso que le genere dimensiones del ánimo y del espíritu hasta entonces desconocidas que esperan ser exploradas, según expone su editor, Carlos Vaquerizo.
       El musgo y las campanas, libro de hondura que enseguida conmueve al lector, queda estructurado en cuatro bloques o apartados que configuran el mundo y las raíces que sustentan el verso del cordobés; un inicial “Atrio” marca el tono y, en cierta medida, el punto de vista escogido por el poeta para el resto de su propuesta lírica: la sensación de desarraigo, ya esgrimido en buena parte de su obra anterior, y que ahora canaliza a través de un profundo sentimiento de melancolía como una tabla de salvación propia, con ese tono elegíaco que tanto favorece a la poesía de López Andrada; los poemas “Templo” y “La visita” son dos excelentes muestras que iluminan este punto de partida.
       Un total de veintidós “Prosas ocres” ofrecen las vivencias de alguien desubicado en la ciudad que sobrevive pese a las bondades de su espacio, el medio se revela hostil ante su mirada, y es entonces cuando busca refugio en los recuerdos, al tiempo que ensalza los espacios de una naturaleza urbana. Las composiciones más emotivas son las cuatro inspiradas en su madre, que acertadamente titula, “Fe materna”, “Lágrimas”, “Victoria Andrada, madre” y “Noventa y cuatro años”, y aún añade más intimismo, y lírica personal en las composiciones dedicadas a “Paqui”, su mujer, y a sus hijas “Rocío” y “María Victoria”, escritas con ese marcado e inevitable aliento de melancolía y de devoción aunque, como señala el poeta Colinas, López Andrada trabaja sus palabras con una absoluta limpieza y con la intensa sencillez que le otorga su propia inspiración.
       Los “Fragmentos del verano” reúne poemas donde la añoranza y el recuerdo de su pueblo se intensifican, y aparecen, una vez más, temas fundamentales de su producción poética: la naturaleza y el paraíso que fue su infancia, o los recuerdos de espacios y gentes del lugar. Para nuestro poeta, la naturaleza es esa fuerza vital que comprende buena parte de su existencia, y la infancia un territorio literario con recuerdos que se impregnan de una lírica de la nostalgia, una evocación que invade todo el espacio y, en suma, concreta su mundo, un pequeño espacio geográfico concreto, lugar donde una y otra vez vuelve.
       En el último bloque, “Las sombras vespertinas” de acertado título, aparece el tema de la ausencia y de la muerte, íntimamente relacionados. El poeta entona la recuperación de los seres queridos a través de la memoria, y asistimos a la despedida temporal de sus hijas, la inequívoca ausencia del padre que asocia al recuerdo de un mítico “Puente sobre el río Kwai”, y termina con una feliz soledad y una llovizna que desdibuja la grisácea avenida de una gran urbe, Córdoba su ciudad.
       La poesía de Alejandro López Andrada ofrece con una evidente claridad las instantáneas de un mundo tan verdadero como iluminador, su voz suena limpia, y sus versos tan evocadores como poderosos nos salvan cuando cerramos, una vez más, uno de sus libros, y si lo meditamos unos instantes, en realidad, de eso se trata cuando nos sumergimos en el mundo lírico del poeta cordobés.








El musgo y las campanas
Alejandro López Andrada
Sevilla, Catorce Bis, 2018; 80 pp.


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