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miércoles, 4 de julio de 2018

Patricia de Souza


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CALEIDOSCOPIO DE COLOR

                      
       Patricia de Souza (Coracora, Ayacucho, Perú, 1964) parece aceptar que ha encontrado la distancia adecuada para que su escritura se convierta en todo un desafío, porque para ella escribir es vigilar el pensamiento, y concibe el proceso fragmentario de una obra como la representación de un todo, siguiendo en algún sentido estricto la máxima del erudito francés Georges Perec que en su vida literaria explicaba como “el elemento no preexiste al conjunto, no es ni más inmediato ni más antiguo, no son los elementos los que determinan el conjunto, sino el conjunto el que determina los elementos(…)”. Quizá por todo esto, para la narradora la fragmentación que ensaya en su narrativa se convierte en el espíritu de nuestro tiempo, en una consecuencia de la modernidad absoluta que oscilaría entre una visión sociopolítica y una construcción automática que, de alguna manera, pusiera en tela de juicio el posible fin de una específica linealidad, y abriera el camino de una realidad estudiada por partes.
       Su proyecto narrativo ha convertido la variedad de sus textos en una ferviente crítica porque nunca ha dejado de ocuparse de la problemática del lenguaje y de la consecuente visión de lo femenino, y se formaliza así en un auténtico repaso que para la escritora le brinda, al mismo tiempo, la ocasión de profundizar en el uso del lenguaje como un modo de someter el pensamiento y, también, de silenciar un discurso discordante, cuestionamientos por otra parte que la autora se plantea como una invitación a proseguir en una reflexión más allá de sus propuestas, y en ese concepto que en su prosa se calificaría como la exigencia misma al derecho legítimo a la palabra en un entorno social, político y literario que nunca debería condicionar a la mujer a ser considerada como subalterna y la aleja, por supuesto, de sentirse colonizada por un lenguaje patriarcal que la anula asumiendo exclusivamente la palabra en un estricto concepto machista. Con una de sus últimas obras, Vergüenza (2014) su narrativa se convierte en un aleatorio muestrario de espejismos donde su pasado queda expuesto en fragmentos distanciados en el tiempo, y cuyo resultado se parece a una posible biografía que solo se sustenta por una auténtica transfiguración, y esta forma particular de escritura se acentúa, aún más, en su última entrega, Mujeres que trepan a los árboles (Trifaldi, 2017), una especie de deriva hacia un desdoblamiento literario en su estado puro, y ha llevado a su narrativa hacia un concepto de ficción personal, que de su mano se convierte en un ejercicio lúdico de fijación de la memoria, aunque eso sí relativizada para sus lectores. En esta sorprendente novela estructura sus recuerdos en torno a una mágica morfología vegetal que todo lo envuelve: su realidad presente y sus evocaciones. Entonces el pasado de la narradora florece entre todo un catálogo de árboles distintos, que en sus páginas se propagan como una sinfonía de formas y de color perceptibles por el poder seductivo de la ficción. Flores y árboles como el olivar, el jabillo, ejemplo de árbol intertropical, el caucho, el mango, el apamate, de una extraordinaria belleza, el eucalipto, el sauce, o el ficus, toda una exposición de la flora americana cuyo recuerdo arraiga en la memoria de la narradora y se ofrece como un área fértil. Muchas de las curiosas y distintas experiencias de la narradora quedan simbolizadas por estos árboles, y expuestas según su fruto, o su flor, incluso según su madera, fortaleza y belleza, o la tierra dónde crece. Y así algunos recuerdos parecen trasplantados, ajenos con hermosas evocaciones y bellísimas imágenes, y el relato se organiza a través de una visión ecológica y el resultado se convierte en un diario personal tan heterodoxo, que mezcla vivencias, fechas, nombres, y sobre todo una abundante vegetación. 
       El texto de Mujeres que trepan a los árboles progresa de una forma fragmentaria, concebido con una calculada escritura entrecortada y discontinua, y es así como las distintas historias se enredan sucesivamente y se asemejan a esa vorágine o a la abundante visión de los árboles que justifican el título. Entonces, la narradora convierte su discurso en algo distinto, intercala sus conflictos personales con su viaje y traslado a París, sus continuos retornos a Lima, el recuerdo de un padre ausente, una madre apasionada que repite presencia en muchos de los fragmentos, y toda una saga familiar con esa mitológica evocación del quechua, la lucha de clases y su propia educación, o su acentuada crítica contra la simbología del capitalismo, el patriarcado, o los valores más tradicionales de su tierra chica. Son evidentes, como ya experimentaba en Descolonizar el lenguaje (2016) las alusiones a grandes escritoras, como Flora Tristán, Alejandra Pizarnik o Manuela Sáenz, voces femeninas que construyen su propio espacio, e incluso apunta reflexiones culturales y de género, aunque destacable en gran medida el personaje de Balán como figura individualizada que consigue una concreción dentro del discurso desarraigado de la narradora. El lector asiste a la permanente construcción de un texto, una novela en progreso, cuyo concepto no es definitivo y que, por expresa voluntad de su autora, comparte con su lector como una versión posible puesto que la narradora se desentiende de la enunciación usando el socorrido recurso del manuscrito encontrado que, en su caso, pertenece a una mujer anónima, metáfora de esa identidad femenina que tanto defiende la peruana.






Mujeres que trepan a los árboles
Patricia de Souza
Madrid, Trifaldi, 2017

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