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viernes, 22 de febrero de 2019

A través de las Españas


Córdoba


       Pasamos por el puente de Alcolea, en el que en 1868 acabó la comedia de los generales con la reina Isabel. Finalmente entre los cactus, los naranjos y las palmeras, aparece Córdoba, la antigua Córdoba de los moros. Todo aquí es mármol del recuerdo; los romanos cedieron el si­tio a los moros, quienes construyeron setecientas mezqui­tas; más tarde los cristianos construyeron en esos mismos monumentos cientos de conventos que aún existen hoy en día. Si los hombres de esas épocas hubieran desplegado la mitad de actividad en construir vías de comunicación, las llanuras del sur de España enriquecerían al país en­tero. Desgraciadamente no se puede rehacer la historia. La mezquita de Abderramán aún se mantiene en pie con sus ochocientas columnas de pórfido, de mármol, de ala­bastro, de piedra verde o violeta, en las que se pierde la imaginación al contemplar esta gigantesca obra maestra. En el patio podemos ver las grandes fuentes y aljibes donde venían a hacer sus abluciones los califas de África; allí bajo los naranjos en flor, se dignaban reposarse un instante en esta región conquistada por una de esas fortunas ines­peradas y raras en la historia de los pueblos. En el interior han añadido un órgano, un coro, y el antiguo templo de Mahoma está consagrado hoy al culto cristiano. A la entra­da misma de la iglesia puede verse una hornacina en la que durante treinta años un pobre desgraciado cristiano vivió prisionero, gravó con sus uñas una cruz en la piedra; todo esto puede aún verse hoy día. Cuando se fueron, los moros se llevaron con ellos muchos secretos, porque todavía hoy se busca en las sierras de los alrededores dónde podrían hallarse las canteras que proporcionaban a los conquista­dores el pórfido y el mármol. Esfuerzo inútil, ya que nada se ha encontrado.
       Nos hallamos en plena Andalucía, en esta bella región tan risueña y tan fértil, que según la musa popular, si le hacemos cosquillas con un rastrillo, nos responde con una cosecha. Los rosales en flor, los naranjos que perfuman el aire, las cigüeñas se pasean por los campos, enormes aloes crecen aquí y allí en grupos, las alondras vuelan por el cie­lo cantando su alegre canción, la codorniz repite a lo lejos su reclamo, grupos de campesinos en chalecos rojos tra­bajan la tierra con la azada y saludan al tren con la mano; vemos a continuación bajo los grandes árboles, rebaños de toros destinados a la lidia en las corridas, que contemplan con curiosidad el paso del tren, que también a ellos habrá de transportarlos un día. Jacintos, narcisos, se acumulan en los matorrales alrededor de los raíles del ferrocarril, bordeados como de arriates de flores, y en las estaciones recoletas, las filas de carretillas vuelcan sobre el andén montones de naranjas doradas. Las muchachas que vienen a contemplar el paso del único tren que hay durante todo el día, llevan la cabeza adornada de flores, de camelias, de rosas amarillas, de racimos de jacintos, de muguetes o ra­mas de camelias, o incluso clemátides azules.
pp. 158-159.









A través de las Españas; Auguste Meylan; Introducción, traducción y notas de Máximo Higuera Molero; Madrid, Trifaldi, 2018;

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