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lunes, 12 de marzo de 2018

Martínez de Pisón



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EL MUNDO ES HERMOSO

        Su libro anterior novelaba, en cierta medida, una realidad para ofrecer al lector una mirada directa y, acaso, dura de los entresijos de la guerra civil, ahora con Dientes de leche (2008), su última entrega, insiste en seguir contando algunos episodios de la contienda, esta vez desde esa otra mirada, la de aquellos que llegaron con el propósito de luchar en el bando nacional, legionarios fascistas italianos que, como Raffaele Cameroni, viajaron desde Italia para satisfacer las ansias de poder del Duce quien estaba convencido del poder de la violencia para asegurar sus éxitos políticos. Unos 60.000 voluntarios desembarcaron en nuestro país para contrarrestar el empuje internacional del comunismo. Algunos testimonios de la época hablan de las buenas relaciones entre la población civil y los soldados italianos, muchos de los cuales se casaron con jóvenes de los lugares que iban ocupando, después se quedaron a vivir y aún sobreviven en nuestro país tras varias generaciones. Pero, al menos, 4.000 quedaron sepultados en una red de cementerios que fueron aprovechados por el franquismo como soporte material de una carga ideológica y poder justificar así el abominable levantamiento militar. Uno de los sitios más emblemáticos fue el Sacrario Militare de Zaragoza, concebido por Mussolini para reagrupar en su Torre-Osario los cuerpos de los fascistas italianos caídos en los frentes de batalla. Pisón insiste en recrear la historiografía de un pasado, para novelar la historia con la soltura con que el buen narrador imprime a sus relatos, con esa modulación que se permite sin apenas darse cuenta el lector. Por eso, algo semejante a lo anotado le ocurrirá al joven Cameroni que conocerá a la enfermera Isabel, se enamorará de ella, y renunciará para siempre a su familia italiana y terminará por abandonarla en su país. Se suceden algunos episodios de guerra en el comienzo de la novela y cuando termina la contienda, el joven italiano, contribuye a la expansión del negocio familiar de pastas alimenticias en la ciudad de Zaragoza, donde además se convertirá en el patriarca de toda una saga, tres generaciones, de Cameroni para contar los difíciles años del franquismo.
        Dividida en dos extensas partes que, de alguna manera, distribuyen los episodios por los que pasa la familia Cameroni, sobre todo es la segunda, más firme, más novelesca, porque arranca desde los difíciles comienzos de la postguerra hasta los primeros años de la democracia, cuando los hijos del italiano han crecido a la sombra de un padre autoritario, fascista que sigue, muchos años después, acudiendo como siempre al Sacrario Militare, la ceremonia que los fascistas italianos dedicaban a su compatriotas caídos. Para desarrollar y esclarecer, en esta segunda mitad del libro, la vida llevada por estos personajes y el enfrentamiento que los hijos mantienen con el padre y, después, incluso con el abuelo. El análisis de todo lo narrado es aquí en extremo minucioso, se perfila la descripción de los sentimientos, se concreta, incluso, lo difuso porque de lo que se trata es de justificar una primera parte, cuya verdad histórica no puede soslayarse.  En Dientes de leche se narra un episodio familiar donde lo importante no es la visión de lo particular sino cómo el peso de una ideología hace naufragar las relaciones humanas o, mejor, subrayar el daño moral que produce una convicción política. Nadie se salva del poder de la ira, la histórica o la humana, excepto ese personaje que es Paquito, única víctima de esa culpa que el italiano ha traído desde Italia, esa semilla enferma cuya huella es rememorada, años más tarde, en las figuras del pasado: la primera esposa y la hija abandonadas.
        Dientes de leche es una novela en estado puro, con cierto aire clásico que es capaz de evocar con las palabras el silencio de una historia fáctica cuyos hechos se completan con las pesadillas vividas por los hijos y por los nietos de los mayores. Al final, como declara Pavese, el mundo es hermoso porque hay de todo.




Dientes de leche
Ignacio Martínez de Pisón
Seix- Barral, Barcelona, 2008.

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