Páginas vistas en total

martes, 23 de septiembre de 2014

R. L. Stevenson



G
Genio
“El genio crea, el talento reproduce”.

                               Alfred Bougeard

... me gusta

Escribir. Ensayos sobre literatura



              Robert Louis Stevenson fue un ensayista, un pensador brillante y amistoso, al igual que ameno observador de los placeres y de las flaquezas humanas, Escribir. Ensayos sobre literatura (2013), nos devuelve al más lúcido articulista, confesiones y recuerdos sobre su propio trabajo y de sus maestros literatos. La suya fue una existencia plagada de aventuras, sus viajes le llevaron por medio mundo y su amistad con algunos de sus contemporáneos lo convirtieron en uno de esos escritores que a uno le dejan una asombrosa visión por la obra bien hecha. El autor es Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850- Valima, Samoa, 1894) y el texto que ahora podemos leer en español se titula Escribir. Ensayos sobre literatura (Páginas de Espuma, 2013), traducido por Amelia Pérez de Villar, recoge una amplia muestra de los ensayos y artículos publicados en diversas etapas del escritor escocés y desconocidas por el seguidor español de la estupenda prosa del autor de La isla del tesoro o Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Dividido en tres grandes apartados, “La escritura”, “Los libros” y “Lo escritores”, ofrece su rigurosa visión sobre la seducción de la escritura, sus textos de cabecera o su proceso de escritura en varias de sus obras, así como sus autores y libros favoritos, como Hamlet, El Vizconde de Bargelonne, Ensayos, de Montaigne, o la propia Biblia.
                El escritor poseía un quebradizo carácter que nunca lo abandonó pero, en palabras de su hijastro Lloyd Osbourne, pasear con él constituía uno de los grandes placeres y un acontecimiento repleto de imaginación porque, de repente, podía creerse un pirata, un piel roja o un joven oficial de marina con informes secretos para entregar a un famoso espía. Stevenson es el tipo de escritor que ha ofrecido en su obra el fascinante estudio de los hombres que llegan a mantenerse vivos por una especie de fuerza sobrenatural, y que nunca llegan a morir porque rechazan, una y otra vez, de una forma implacable, la muerte.
                Alberto Manguel reunía en un libro anterior, Memoria para el olvido (2005), un conjunto de ensayos inéditos hasta el momento en España, escritos en diversas épocas de la vida del autor escocés, algunos incluso de su época universitaria en Edimburgo, es decir, durante los años 1876 y 1879, sirva como ejemplo el primero de todos titulado «Juego de niños» paradigma del interés que resulta obvio en los gustos infantiles y en los gustos de los adultos. En este mismo apartado, otros dos pequeñas joyas que merecen ser tenidas en cuenta, «Simples, un penique y de color, dos» y «Los portadores de faroles».
                Stevenson al margen de ejercitarse ampliamente en el oficio de escritor, o de los misterios que nos proporciona nuestra existencia, ensaya en sus textos sobre el mundo de la escritura y de la literatura, sobre esa percepción individual que otorga la naturaleza humana ante todo tipo de conocimiento, incluso postula sobre la necesidad de recomponer nuestra memoria y, sobre todo, muestra la frescura de la palabra o cómo él mismo afirma, «las palabras (...) deberían sonarnos (...) como el sonido del oleaje», muy lejos de la urdimbre de una retórica eminentemente propagandística. Esta y no otra es una visión más del mundo stevensoniano que él mismo ensanchaba con cada nuevo libro suyo.

  

           La visión  que ofrece Stevenson en estos ensayos no resulta en absoluto academicista, cargada de una terminología ambigua, o aportando excesiva abundancia de datos, sino más bien se toma la libertad de opinar desde un plano exterior, vislumbrando las posibilidades que ofrece el texto, alejándose así de un estudio y opinión meramente crítica al uso. Aparece, por consiguiente, una mirada perspicaz de los temas y de los autores que vana apareciendo en los tres grandes apartados apuntados y, así, el escritor ofrece una doble visión, la de su finísimo conocimiento literario y, al mismo tiempo, sus pensamientos al respecto, en una estilo inigualable, como la calidad de su propia prosa. De igual manera, entre las páginas de Escribir, queda patente y puede observarse su entrega más profunda al hecho literario y cuanto tiene que ver con la profesión. Artículos generales con percepciones distintas, subrayan una amplia perspectiva, en el primero de los apartados, sobre el género narrativo y, sobre todo, subraya y especifica la honradez del escritor a la hora de abordar el hecho literario, además de la utilidad que se derive de ello. Las perspectivas esgrimidas, desde luego, por Stevenson resultarían hoy día insostenibles, en una era donde la técnica propicia el arte del “corta y pega”, la facilidad y las prisas. Sin duda, lo mejor de esta primera parte, es la pequeña autobiografía que cierra la sección, “Cómo aprendió Stevenson a escribir, de modo autodidacta”, y así afirma: “La descripción era el principal ámbito de mis práctica, porque para cualquiera que esté dotado de sentidos siempre hay algo que merece la pena describir, y tanto el campo como la ciudad son un tema inagotable. Pero también trabajaba en otros ámbitos: solía acompañar mis caminatas con diálogos dramáticos en los que yo hacía varios papeles, y me ejercitaba también  en la transcripción de conversaciones de memoria”.
              Los libros que, de alguna manera, han influido en él, se repasan en un artículo de igual título y, en este mismo apartado, añade una relación de sus propias obras y la gestación de las mismas y, curiosamente, comenta algunos cotilleos sobre la novela romántica.  Y en un último apartado argumenta sobre las novelas de Víctor Hugo, Dumas, además de su actitud curiosa sobre los norteamericanos, Whitman, Thoureau e incluso, Poe o François Villon, a quien califica de “estudiante, poeta y ladrón”, aunque la mejor parte se la lleva su paisano Robert Burns, con quien escribe tener cierta empatía y algún territorio común de experiencias y de quien afirma “es capaz de escribir con naturalidad sobre otro hombre”, y a quien le dedica una extenso estudio, mitad biográfico, mitad analítico. Aunque, también, se atreve a definirlo como “un tipo orgulloso, obstinado, impetuoso, que buscaba el placer y la notoriedad”. Y sobre todo, escribe y escribe sobre las cuitas amorosas de un enamoradizo Burns.
                Los textos de la presente edición fueron escritos  para revistas como Scribner´s Magazine, Forthnighty Review y Cornhill Magazine, durante veinte años, entre 1874 y 1894, el año de su muerte, y además de subrayar lo expuesto sobre el matiz de estos juicios literarios, una vez que uno lee el conjunto contempla como Stevenson es capaz de aunar prosa de acontecimientos que rayan en lo exótico, lo increíble y lo natural o naturalista, como ocurre en “Apuntes sobre el realismo”, donde muestra si poco apego por la “tendencia del detalle extremo” de la escuela francesa, cuando define la novela “bien formada” que es capaz de despertar el interés del lector, y así es capaz de volver la vista a las novelas románticas de Víctor Hugo. El escritor advertía del poder de la prensa como un elemento esencial en la información y educación de los ciudadanos, al margen que ironía y critica la ligereza y falta de verdad de la misma, aunque distingue entre ambas facetas, la periodística y la literaria y quien la ejerce.
                Leer, leer y siempre leer, insistirá Stevenson a lo largo de su vida. Leer de una forma permanente desde la infancia misma, durante la juventud y siempre de forma autodidacta. Leer y copiar de los maestros como ese espacio imprescindible para el aprendizaje y así a los ya apuntados a lo largo de estas líneas, apunta seguir a Hazlitt, Lamb, Wordsworth, Defoe y Hawthorne; incluso, menciona y escribe  que se debe copiar de los maestros como un ejercicio previo para adquirir el propio estilo. En cada uno de estos ensayos se intuye su amor a la literatura y, por añadidura, su profunda convicción lectora.


Robert Louis Stevenson; Escribir. Ensayos sobre literatura; Madrid, Páginas de Espuma, 2013; 448 págs



 

3 comentarios:

  1. Estupendo acercamiento a una faceta poco conocida del autor de inolvidables aventuras y personajes. Para disfrutar del género ensayístico, sin duda.

    ResponderEliminar
  2. Pues eso, leer, leer y leer. El ensayo, un género que no hay que dejar en el olvido, ¡qué mejpr que hacerlo con este gran escritor!

    ResponderEliminar
  3. Me encanta su visión hacia el exterior sobre sus ensayos.

    ResponderEliminar