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viernes, 19 de septiembre de 2014

Wendy Guerra


F

Fortuna

“Al que fortuna le viste, fortuna le desnuda”.

                                                                   Proverbio árabe
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Todos se van



            “No me imagino viviendo en otro lugar, aunque sea más cómodo. Siempre quiero volver”, manifestaba Wendy Guerra (La Habana, Cuba, 1970) en 2006, cuando ganaba el I Premio Bruguera por su novela, Todos se van, y que ahora, reedita Anagrama, 2014, que unos meses antes había publicado, Negra (2013).

                No hay una excusa ni un pretexto para escribir sobre La Habana, sino contextos y texturas. La Habana es un hermoso y rico telón de fondo bordado de lágrimas, deseo y risas que se cuelan por las ventanas de la protagonista Nieve. Unos textos que caen sobre la losa fría de las casonas de La Habana. Un diario sobre las vivencias de la niña Nieve, aunque la propia Wendy Guerra asegura que ella no escogió este género narrativo, sino su madre lo hizo por ella cuando aprendió a escribir, entonces ya no pudo parar y se convirtió en una obsesión estructurada en su mente. Todos se van no puede verse como una crítica implícita al régimen cubano, porque “Todo tiene un por qué en la vida de una niña. Esa niña es muy chica para responderse esas preguntas que se le asoman a la mente. Criticar, juzgar le es imposible. Una adolescente se hace más rebelde, es una Nieve que se deshiela en El Caribe y establece el dolor como reflejo de lo que le golpea. Así lo escribí”, asegura la narradora cubana cuando se le pregunta acerca de su actitud frente al régimen y, sus vivencias en la Cuba actual.


                Todos se van es la columna vertebral, la médula espinal, la misma palabra Guerra que permanece en la memoria de Wendy, cosas que Nieve, el trópico y ella misma tienen en común para hilar un libro en forma de diario, una auténtica autobiografía sobre la infancia y adolescencia de esta joven, a la deriva desde su mismo nacimiento, aunque el Estado Cubano, como puede leerse, será quien decida su destino.


Todos se van
                La novela es, en realidad, el diario personal de Nieve Guerra desde sus ocho a los veinte años, un texto que Wendy Guerra, divide en dos períodos (1978-80), que corresponde, el primero, a su “Diario de infancia”, y el resto, su “Diario de adolescencia” (1986-89), aunque en realidad llega hasta mediada la década de los 90. La acción se desarrolla inicialmente en Cienfuegos, ciudad calificada como la Perla del Sur. Sus padres, separados, lucharán por la custodia de la pequeña. Su madre, que formó parte de la generación hippy, vive con Fausto, un rubio ingeniero nuclear sueco, un nudista que escandaliza a la comunidad, y aunque siempre tierno y amable con la niña, convivencia por la que la madre perderá su custodia. El extranjero acabará expulsado de la Isla. Pero Nieve (curioso nombre en un país como Cuba) es consciente desde las páginas iniciales de que ella vive “refugiada” en su Diario: “Allí siempre fui un adulto; fingía ser una niña, pero no es cierto: demasiado adulta para el Diario, demasiado niña para la vida real”. 


               Las páginas más duras de este testimonio son las dedicadas a narrar la convivencia con su padre biológico, una vez que este por unas extrañas artimañas obtiene su custodia, algo que no agradará a Nieve. La vida con su madre, según testimonio, puede parecer extraña por las libertades que experimentan su novio y ella, pero su padre, dedicado, junto a un pintoresco grupo al teatro que hace guiñol infantil, es un hombre extremadamente cruel y un alcohólico que se olvida de dar de comer a la niña, nunca la lleva al colegio y la golpea con brutalidad hasta, en una ocasión, hacerle perder la audición. Las palizas deciden a Nieve a dejar de comer, pero nada logra con ello y, finalmente, simula una paliza y le denuncia, tras el testimonio de la comunidad que en numerosas ocasiones verá cómo la niña es maltratada. Nieve cree que el Centro de Reeducación de Menores será el paso intermedio para regresar con su madre. Su padre se asila en la embajada peruana y escapa a Miami. Tras las experiencias del Centro, donde pasará del yo al nosotros, regresará de nuevo con su madre, cuyo análisis resulta implacable: “ella también dice mentiras, pero no es por engañarme, es porque quiere que seamos felices”. Apasionada por la pintura, tendrá ocasión de conocer a Wilfredo Lam, en su silla de ruedas. Su madre había estudiado en la misma escuela y allí conoció al mítico Che Guevara.
                A partir de aquí empiezan las páginas dedicadas a la adolescencia y desfilarán por ellas la nieta de López Durán, cuyos libros son perseguidos, y Osvaldo, su primer amor, pintor de prestigio, pese a su juventud, que le ofrecerá su mansión e intentará, sin éxito, llevarla a París, donde el joven acabará refugiándose. Nieve se da cuenta que toda la intelectualidad de la isla abandona Cuba. Su autoafirmación es convincente: “soy fuerte porque estoy sola”. Un escándalo provocará que la policía le retire el pasaporte a Nieve y no pueda reencontrarse con su amor en París.
 
                La novela-diario, Todos se van, tiene notables aciertos y una valiente actitud de la narradora cubana, la denuncia del maltrato infantil, la descripción agobiante del hambre, la existencia de dos Cubas paralelas: la miserable y la otra que, pese a las circunstancias, vive con cierta ostentación. Y aunque apenas se incide en los aspectos ideológicos, cualquier lector podrá sacar sus propias conclusiones. La narración, reiterativa en ocasiones, se adivina bastante lo autobiográfico, debe valorarse como un inicio de crítica constructiva, pese a la fascinación que una ciudad como La Habana ejerce sobre la narradora, y un país como Cuba ofrece a la escritora, silenciada por las autoridades, pero expectante a cuanto el devenir del futuro pueda depararle.


            Wendy Guerra, Todos se van; Barcelona, Anagrama, 2014; 265 págs.

4 comentarios:

  1. Uno de los libros que tengo en mi montón de "pendientes". Tras leer esta amplia e interesante reseña, lo cogeré sin dilación.

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  2. Temática más que apetecible; al igual que Cristina, lo añado a mi lista de espera.
    Antonio Viúdez Berbel.

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  3. Me sumo. Antonio me alegro que estés detrás de este blog. Ya iremos charlando.
    Mª Ángeles.

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