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domingo, 3 de mayo de 2015

Desayuno con diamantes, 34



TEORÍA DEL CUENTO
       Las «Pequeñas resistencias» de Páginas de Espuma y otras cuestiones a propósito del nuevo cuento español.


El cuento aún denominado como «ese extraño género en el que se da la paradoja de ser, quizás, el más antiguo del mundo y el más tardío en adquirir forma literaria», en términos que Mariano Baquero Goyanes aclaraba en 1964 y, a propósito de una antología de cuentos contemporáneos; aunque, insistiendo en algunas definiciones más acerca del concepto, mucho antes Emilia Pardo Bazán aseguraba que «el cuento será, si se quiere, un subgénero, del cual apenas tratan los críticos; pero no todos los grandes novelistas son capaces de formar con maestría un cuento». Pero «lo único que el cuento tiene de género menor—escribía Medardo Fraile en Informaciones, el 22 de octubre de 1955—es que ocupa menos espacio, que se gana con él menos dinero y que pregona menos el nombre de su autor. Todo lo demás—si el escritor acierta, naturalmente—, es difícil y grande»
                No llego a saber muy bien si por esta acertada opinión de Fraile, sin duda uno de los mejores narradores de cuentos de la generación realista del 50 y de la actualidad, los cimientos de la casa de la narrativa breve en este país aún se sacuden. O que, tal vez, cada cierto tiempo, y por una necesidad de reconsideración, transcurrido un período lo suficientemente amplio como para tener una perspectiva mejor, algunos editores sabios, ciertos críticos honrados y, por supuesto, muchos escritores conscientes, vuelven a la carga con esa revitalización que se presupone, una y otra vez, en el género cuento o relato y que, evidentemente, no es necesaria para nada. Puesto que, pese a todo, esta característica forma narrativa sigue gozando de buena salud como, fácilmente, puede comprobarse en un somero recuento de las antologías publicadas, por citar algunas a lo largo de las dos décadas pasadas, y que ofrecen esa variedad, tanto nominal como temática, que abarcaría, no solamente, a los autores incorporados en estos últimos años, sino a todo un recuento de más de los cincuenta años últimos que enlazarían, por supuesto, con las generaciones más jóvenes y, aunque olvidando alguna que otra, formarían ese corpus importante que fortalece el género, y que son tantas como las que a continuación se enumeran:  Los niños de la guerra (1983), selección de Josefina R. Aldecoa, Cuento español de postguerra (1986), edición de Medardo Fraile, El cuento español (1940-1980) (1989), edición de Óscar Barrero Pérez, Cuento español contemporáneo (1993), en edición de Ángeles Encinar y Anthony Percival, Últimos narradores. Antología de la reciente narrativa breve española (1993), selección de Joseluís González y Pedro de Miguel, Son cuentos. Antología del relato breve español (1975-1993) (1993), edición de Fernando Valls, Cuentos españoles contemporáneos (1975-1992), edición de Luis G. Martín (1995), Cuentos de este siglo. 30 Narradoras españolas contemporáneas, edición de Ángeles Encinar (1995), Madres e hijas (1996), edición de Laura Freixas, Páginas  amarillas (1997), con una introducción de Sabas Martín y Los cuentos que cuentan (1998), edición de J.A. Masoliver Ródenas y Fernando Valls, o Vidas de mujer (1998), selección de Mercedes Monmany, Relatos para un fin de milenio, coordinado por Elena Butragueño y Javier Goñi (1998), Cien años de cuentos (1898-1998). Antología del cuento español en castellano, selección y prólogo de José María Merino (1998) o Cuentos eróticos de Navidad, edición de Ana Estevan (1999).


Pequeñas resistencias
                En un breve manifiesto titulado «La rebeldía breve» imagino que el editor de Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español (Páginas de Espuma, 2002) junto a algunos de los narradores que integran este volumen, se rebela contra ese concepto esgrimido por editores, distribuidores, libreros, críticos e incluso, escritores, ante la falta de responsabilidad que se presupone en afirmaciones como «no editar cuentos porque no se venden», o tal vez «no se venden cuentos porque se editan demasiadas novelas», incluso «los libros de cuentos casi nunca se reseñan» y, aún más, «no reseñamos cuentos españoles porque los buenos cuentistas son siempre extranjeros y a nuestros narradores se les dan mejor las novelas», o «no escribimos cuentos porque no quieren publicárnoslos», para finalizar asegurando «no los editamos porque...». ¿Marketing? Pero leyendo las primeras líneas de «esta rebeldía», observamos afirmaciones como la presente «la narrativa breve—aseguran los firmantes—guarda una semejanza natural con el placer; y—añaden—al ritmo que corren nuestras vidas, los libros de relatos nos permiten leerlos en cualquier momento, durante un viaje en el metro, en las largas colas que realizamos ante cualquier ventanilla o el autobús, mientras se fuma uno un cigarrillo». Estoy de acuerdo con aseveraciones tan categóricas como verdaderas y, aún más, hay que estar  convencido de la autenticidad del género, de los valores evidentes y secretos que maneja para atrapar a nuevos lectores cada vez que se publica un libro de cuentos o una antología. 
                El concepto «resistir» se ha convertido, evidentemente, en una de las máximas más esgrimidas durante el pasado milenio a propósito del género cuento en la literatura española. Esta aclaración viene, muy a propósito, en un país donde, indiscutiblemente, se están realizando los mejores ejercicios en literatura breve de todo el panorama editorial de actualidad. Una década más tarde se insiste, un vez más, y estas Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español (2002) es, curiosamente, un libro de más quinientas páginas, y reúne a más de treinta autores seleccionados por Andrés Neuman, excelente narrador, con un prologuista de lujo como es José María Merino y un editor preocupado, que viene a constatar esa buena salud de la que goza el cuento en nuestro país. Ésta, junto a las anteriores señaladas, no es más esa resistencia a que se está acostumbrado el público lector a propósito de nuevas colecciones de cuentos o relatos y a esa reiterada reivindicación que se propone desde las más diversas instancias y de una forma periódica. Pero no se trata, evidentemente, de reivindicar sino más vez de precisar, de cuantificar y esta amplia antología que la editorial Páginas de Espuma y su editor Juan Casamayor pone en las librerías viene al cuento porque es una buena apuesta y una mejor muestra de ello.
                Andrés Neuman reúne, con unos clarificadores criterios de edición y selección, a autores españoles o a radicados en España que hayan publicado al menos un libro en la última década y nacidos a partir de 1960. La antología, expresamente, supone el intento de cubrir ese espacio específico en lo referente al género. Curiosamente cada escritor ha sido invitado a incorporar una poética particular que se convierte, así, en una pieza más del total de los cuentos seleccionados. Hay que destacar que algunas de estas teorías resultan muy sugerentes porque más que teorizar juegan con unos conceptos propios que se convierten en una auténtica pieza de ficción. Merino añade que el panorama generacional presentado establece una especie de nuevo territorio en el panorama de la realidad actual del cuento hispánico, es decir, logra acortar esas distancias entre lo latinoamericano y lo español. Diversidad de tonos y temas, renovación formal, un evidente realismo tratado desde diversas perspectivas expresionistas, connotaciones fantásticas y oníricas, mucho de ironía y humor, un lirismo bien distribuido y sobre todo una constatación de lo evidente y lo cotidiano, son algunas de las características señaladas por Merino y muy evidentes en la selección.
                Repasando las poéticas ensayadas por los autores, resulta curioso comprobar como muchos de ellos, y así lo constata Merino, citan a grandes escritores de la literatura universal; parece obvio, efectivamente que los jóvenes narradores muy alejados de fechas tan emblemáticas en la cultura española como la guerra civil, la postguerra, el realismo o el experimentalismo literarios, recurran para hablar de sus influencias a autores de la talla de Poe, Kafka, Borges, Cortázar o Cheever, aunque surge también el nombre de Gómez de la Serna, como el autor que les devuelve el sentido de la pirueta y del humor tan irónico como esperpéntico, pero no resulta menos curioso que casi nadie o tal vez ninguno haga referencia a la tradición cuentística española que aporta nombres sobradamente conocidos en el panorama literario nacional o universal como para ejercer de maestros del género; veáse, Ayala, Barea o Chacel, de las primeras promociones del siglo, Cela, Zamora Vicente, Delibes y, sobre todo, Aldecoa, Martín Gaite, Fernández Santos, García Pavón, Ferrer-Vidal, Laforet, pero sobre todo Fraile, incluido recientemente en Doce cuentos españoles del siglo XX (Anaya, 2002), Historias extraordinarias (Editorial Popular, 2002) y Una hoja de otoño en el parabrisas (Huerga & Fierro, 2002), y maestro indiscutible hoy de todas las generaciones de escritores de cuentos e incluso, por cercanía, de los más jóvenes de las generaciones de postguerra, Quiñones, Sueiro, Martínez Menchén, Berlanga o Torbado por citar los más sobresalientes. En este puñado de cuentos el lector encontrará, como señala Merino, ficciones bien explícitas, con desarrollos minuciosos que ponen en ejercicio la imaginación que se supone en los buenos lectores de cuentos. Sobre esta premisa, de buenos o malos lectores, teoriza Merino y a él remito en su breve pero preciso prólogo, titulado precisamente, «Y sigue el cuento», y termina afirmando, además, que pese a todo «muchos escritores seguiremos escribiendo cuentos, y que un cuentista de raza jamás engordará la trama de un cuento para convertirla en una novela»


Narrativa breve en el Sur
         Intuir una situación, quizá tener fe en muchas cosas y, a la vez, poseer una decidida vocación de apóstata, proclama Benítez Ariza, a propósito de su defensa del cuento; el género con el que interpreto el ritmo de la vida—asegura Guillermo Busutil—, el relámpago de un destello de la memoria, la fugacidad de un instante... la tensa y hábil magia con la que el prestidigitador muestra y oculta una ilusión o un hallazgo, pero quizá la definición más acertada para dejar constancia de lo que pueda ser un cuento la escribe Andrés Neuman, un joven argentino con decidida vocación de andaluz que proclama que la brevedad requiere sus propias estructuras y afirma que jamás hay que satisfacer la curiosidad del lector. Esta última quizá sea la premisa que más se acerca a una definición para el cuento, ese ecosistema literario vivo del que hablaba Merino en su introducción.
        Nueve del total de autores relacionados son andaluces, además, algunos de ellos con una excelente bibliografía como presentación: José Manuel Benítez Ariza, Felipe Benítez Reyes, Juan Bonilla, Guillermo Busutil, Hipólito G. Navarro, Ángel Olgoso, Félix J. Palma, Joaquín Pérez Azaústre o Felipe R. Navarro; el resto de autores, no menos interesantes, vienen a sumarse a ese concepto que Mercedes Abad proponía desde su poética, la consecución de una trama lo suficiente insignificante como para armar un buen cuento; una especie de juguetes letales, aparentemente inocuos e intrascendentes, ligeros y casi triviales, pero que tienen una formidable pegada y, a menudo te dejan, al acabarlos con la impresión de un brutal directo. Un buen cuento, termina diciendo la narradora catalana, es ya bueno en la primera versión aunque luego uno tenga que corregir ciertos detalles. Pero jamás se puede reescribir un cuento mediocre, que seguirá siendo mediocre, para desesperación de su autor.

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