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sábado, 9 de mayo de 2015

Hoy tomo café con…



Manuel Talens

«Que mis personajes tengan carne, sean criaturas casi tangibles, es una manera de crear vida».

Foto Asun Harguindey

La narrativa de Manuel Talens (Granada, 1948) posee la fuerza verbal y la capacidad de recreación de un mundo propio y esta es una característica que no deja de sorprender en el panorama narrativo de este final de milenio. En La parábola de Carmen la Reina (1992), y que Tusquets reedita con gran acierto, se cuentan las cosas de numerosos personajes que viven a lo largo de todo un siglo en un pueblo perdido de las Alpujarras granadinas. Con Venganzas (1994), su siguiente obra, relataba con malévola intención los difíciles años de la guerra civil y el posterior franquismo y con la novela Hijas de Eva (1997), el autor granadino cambiaba de escenario para contarnos la crónica de la ciudad de Valencia y su comarca, en un relato tan divertido como brillante.


        —Hace unos años, cuando apareció la primera edición de La parábola de Carmen la Reina, algún crítico la calificaba de novela total. ¿En qué medida se ajustaba este calificativo a su novela o hasta qué punto pretendía ser eso precisamente?
        Es evidente que esa fue mi intención, escribir una novela total. Se trataba de crear un mundo autónomo, con su propias leyes independientes del mundo real, si bien conectado con las circunstancias históricas españolas del siglo XIX y de principios del XX, que era el período en que se desarrollaba la novela. Pero ya sabe usted que en esto de narrar una cosa son las intenciones y otra el resultado. Las bibliotecas están repletas de grandes obras fallidas. Hasta que empezaron a salir las críticas estuve con el corazón en vilo.

        —Cuando uno comienza a leer esta novela, si recurre a un mapa, ¿localiza rápidamente el pueblecito alpujarreño de Artefa?
        A estas alturas, una vez que la crítica ha advertido que Artefa es un pueblo de ficción, creo que ya no vale la pena seguir con mistificaciones. Cuando escribía la novela empecé trabajando con Órgiva, que es donde nació mi abuela, pero pronto me di cuenta de que el mero hecho de su existencia me coartaba la libertad de hacer con el territorio lo que me diera la gana, de manera que me inventé un pueblo, que se llamó Artefa como podría haberse llamado cualquier otra cosa. Luego, conforme avanzaba en la composición, y ante la avalancha de personajes que incluso a mí se me mezclaban en la cabeza, decidí crear los cuadros genealógicos para guiar al lector. El paso siguiente fue construir a ordenador las tablas de la ley con el texto de la parábola escrito en hebreo y, luego, un mapa de las Alpujarras, de aspecto antiguo y con apariencias de realidad, que incluyó a Artefa junto a Trevélez. Fue un puro juego, muy agradable, en el que la textualidad alcanzaba a las imágenes. Un lector de Salamanca me contó años después que anduvo todo un día con su mujer por las Alpujarras en busca de Artefa, hasta que lo sacaron del error. En esta edición de Tusquets, ya puestos a mentir, he decidido contaminar de ficción también la portada, y la figura que aparece, Carmen la Reina simbólicamente crucificada, pertenece a la Casa- Museo de Carmen la Reina, en Artefa. ¡Incluso el Ayuntamiento nos ha dado permiso para reproducirla! Ahora sí que es una novela total.

        —La estructura de este relato recuerda a todo ese tipo de sagas que provienen de la literatura hispanoamericana y que tan buenos resultados han dado a sus autores. ¿Con este primer intento quería aproximarse a esa narrativa de aire mítico?
        Un amigo mío, chileno, dice que Hispanoamérica empieza en Despeñaperros o bien que Andalucía se termina en el cabo de Hornos. ¿Qué significa esto? Pues que estamos muy emparentados en la manera de narrar, somos primos hermanos, lo cual no significa que las sagas las hayan inventado ellos, ni nosotros tampoco. Conté la historia de Artefa de esta manera y no de otra porque en aquel tiempo me pareció que era la mejor técnica para darle forma a lo que deseaba transmitir. Hoy, quizá, tomaría otro camino, pero es que todos evolucionamos, lo cual es una bendición, ya que si no, sería muy aburrido, un poco como si los Rolling Stones siguieran utilizando «Satisfaction» o «Sympathy for the Devil» como base de sus conciertos. No es que uno deba renunciar a su pasado, sino asumirlo y pasar otra cosa. Y en cuanto a la segunda parte de la pregunta, en la Parábola no me basé en el mito, sino en la historia, contándola desde el punto de vista de los eternos perdedores y ajustándola a una visión paródica de la religión católica, lo cual marca una diferencia fundamental con el realismo mágico. A toda novela se le pueden aplicar diversos tipos de lectura, lineal, simbólico, anecdótico, intertextual, etc., pero está claro que la lectura de la Parábola pierde muchos enteros si no se conoce el catolicismo, con toda su carga de represión, y la Biblia, que es su libro fundador. De hecho, la Parábola no es otra cosa que una Biblia blasfema, anarquista. Ese componente siniestro de la Iglesia católica no existe en Hispanoamérica, por suerte para ellos, aunque a mí me haya servido para crear un mundo novelesco, y en eso, ya puestos, he de estarle agradecido.

        —¿La novela se convierte en un documento generacional de claros tintes realistas  o galdosianos?
        A mí Galdós me parece una novelista formidable, y Clarín también, tan grandes como Balzac o Flaubert. Uno no puede, aunque quisiera, renunciar a la influencia de sus lecturas. Siempre ha sido mi intención, y me complace que un crítico lo dijera, que mis personajes tengan carne, sean criaturas casi tangibles, es una manera de crear vida, aunque sea de papel, pero no creo que la Parábola sea realista, ni tampoco histórica, a pesar de que bordee la historia, a menos  que alguien me demuestre que en la vida real a la gente se le aparece la Virgen de las Angustias, que Gabriel Porra asesinó al general Prim o que llueve mierda sobre un pueblo como castigo por sus pecados.

—Una vez perdidos en esa maraña de personajes, uno cae en la cuenta de haber ido reconstruyendo todo un entramado de tensiones ideológicas, que van desde una especie de semifeudalismo hasta llegar a esos movimientos anticlericales y libertarios.
        Claro, esta novela está escrita desde unos presupuestos políticos muy evidentes.  Qué le vamos a hacer, yo soy materialista y creo que muchas cosas tienen que cambiar, a pesar de las mandangas del final de la historia, del llamado centro reformista o de la tercera vía de Blair, que triunfan ahora. El siglo XIX trajo consigo la desaparición definitiva del feudalismo y el triunfo de la burguesía, pero también el reconocimiento popular de que era preciso cargarse a esa misma burguesía acaparadora de bienes y tomar el poder. Es bien conocida la polémica entre comunistas y anarquistas a propósito de tales cuestiones, y mucho más aún el fracaso posterior de la Unión  Soviética, que supuestamente era la dictadura del proletariado, pero que en realidad fue la dictadura de una nueva burguesía burocrática, la del PCUS. El proletario en la URSS siguió viviendo casi tan mal como con los zares. De ahí, quizá, mi debilidad por los anarquistas, por muy utópicos que parezcan y por muy mal que les haya ido, y de ahí el grito desgarrado del doctor Lucas Toledano al final de la Parábola, cuando comprende que los bolcheviques están tomando el Palacio de Invierno. Y es que las revoluciones, al menos hasta ahora, han empezado a fracasar en el momento de la victoria. Lo cual no quiere decir que yo me trague los cuentos chinos de Fukuyama.

                                                     

—Sobre Artefa planea siempre la muerte. ¿La ironía de la vida consiste en el grado de provocación que uno es capaz de llevar a cabo, como le ocurre a muchos de sus personajes en la novela?

        La muerte es una consecuencia natural de la vida o, dicho de otra manera, la vida es una enfermedad que se cura con la muerte. No hay más que eso, todo lo demás, el cielo, el infierno, Dios, Satanás, la fe o la resignación cristiana, son ganas de engañar al prójimo y de negar a otros el disfrute de los bienes de este mundo. Asumido lo cual, la provocación y en enfrentamiento son las únicas armas que quedan para tratar de cambiar la realidad material de la existencia.

        —Su siguiente obra, que era un conjunto de relatos, Venganzas (1994), volvía a ser una especie de ajuste de cuentas. ¿Le había quedado en el tintero por contar algo más de un tiempo sombrío?
        El trabajo creador, tomado en el sentido de la praxis, no es otra cosa que un dar salida a las inquietudes, a los complejos o a los fantasmas que nos agobian. Cumplida la etapa decimonónica de la Parábola, me apeteció dar salida a mi opinión particular sobre la guerra civil, una época que no conocí, pero cuya presencia agobiante, susurrada al calor del brasero por miedo a las represalias, marcó la infancia de toda mi generación. Como no creo en la violencia física, Venganzas fue mi particular desquite contra el franquismo. Nunca volveré a escribir sobre ese asunto, ya lo tengo resuelto, porque para mí, la escritura es una especie de aspirina.

        —Su segunda novela Hijas de Eva (1997) vuelve a ser un relato-río, ambientado esta vez en Valencia y sus cercanías a principios de siglo, aunque la estructura cambia en cierto modo.
        Sí, a principios de esta década que se acaba me instalé en Valencia. Hijas de Eva, que recrea toda una época valenciana de principios de siglo, fue al mismo tiempo un propósito asumido de integración personal dentro de esta sociedad (ya que para amar hay que conocer y, para mí escribir es un acto de conocimiento) y un análisis de la condición de la mujer dentro de un mundo hostil creado por los hombres y para los hombres. La novela estaba estructurada en dos partes, una en Valencia y otra en Granada, y abarcaría prácticamente hasta la actualidad. Pero llegado al final de la etapa valenciana se me ocurrió parar ahí y escribir el resto en otra ocasión. Por eso Hijas de Eva tiene un final abierto, con Fausta y Rosilda camino de Granada. Es un final muy de mi gusto, ya que la mayoría de los aconteceres de esta vida, al igual que en Hijas de Eva, quedan inconclusos o no nos enteramos de cómo acaban. La única conclusión real es la muerte.

        —De nuevo la ironía y la frase larga con distintos registros se convierte en la característica esencial del relato. ¿Ambos artificios son consustanciales a su peculiar manera de narrar?
        Me gustan las frases sinuosas, ricas en adjetivos, con oraciones subordinadas que marcan las matices. Para mí, que soy andaluz y por lo tanto muy oriental por cultura y por tradición, las palabras tienen olores y sabores, incluso tacto. Leo siempre lo que escribo en voz alta y, si no me suena como una vals, lo cambio. Esto hoy está cambiando, por la influencia de la televisión y del mundo audiovisual en general, que empobrece el lenguaje y lo convierte en algo chato y telegráfico. Una buena parte de la actual narrativa escribe de esa manera esquemática, muy eficaz por otra parte. Lo cual no es una crítica, ni mucho menos, porque sé que cada tiempo histórico tiene su manera de expresarse y ante eso no hay más que hablar En cualquier caso, creo que mi generación, y quizá la inmediatamente posterior, son las últimas capaces de escribir cualquier dictado con todos los acentos en su sitio y sin faltas de ortografía. Por mi parte, escribo como me enseñaron, eso es algo que no se puede evitar, el destino de cada persona se decide en la infancia, los cual no significa que yo sea fatalista, sino que todos solemos hacer lo que nos dictan nuestros genes culturales, eso que ahora llaman memes.

        —¿Cuánto hay de tradición en su obra, me refiero a ciertos tonos de picaresca, el anticlericalismo y el realismo del XIX, los romances de ciego...?
        Hace unos días leí una entrevista que le hicieron a Alain Finkielkraut, en la que afirmaba que la escuela debiera ser la institución conservadora por excelencia, porque su misión es integrar a los niños en un mundo mucho más viejo que ellos. Si nos olvidamos por un momento de la connotación negativa que tiene la palabra conservador y le atribuimos la que pretendió en su respuesta el filósofo francés, estoy totalmente de acuerdo. Vivimos tan inmersos en la dictadura pseudocultural del imperio, que a veces parece como si la historia hubiera empezado con el despertar de los Estados Unidos, o que sólo existiese el cine de Hollywood o la narrativa de Carver o de Richard Ford, y eso, sencillamente, no es cierto, pues a pesar de que en estas nuevas influencias hay verdaderas obras maestras, nosotros también tenemos un pasado, y mucho más rico que el suyo, no porque seamos más listos ni mejores, sino porque somos más antiguos. Y cuando digo nosotros no hablo sólo de España, sino también de nuestros vecinos europeos, que es el entorno en que vivimos. Es importante, así lo pienso, que los jóvenes lean o contemplen lo que viene de los Estados Unidos, pero también que lean el Lazarillo, el Quijote, o el Tristam Shandy, o a Rabelais o a Goethe. Creo que la lectura de los clásicos permite que uno se sitúe en el mundo con otra perspectiva. A mí al menos me ha servido para sentirme eslabón de una cadena que empezó hace muchos siglos. Creo que en mis libros eso se nota. Respecto a la picaresca, es evidente que entre mis criaturas hay pícaros, y seguirá habiéndolos. Lázaro de Tormes fue sólo el primer pícaro novelesco, pero el personaje social del pícaro siempre existió, antes y después y ha ido evolucionando con el tiempo, y no sólo aquí. Estebanillo y Pablos hoy se llaman Roldán, Conde o Bernard Tapie. El hecho de no conocer la historia o la literatura equivale a creer que esta gente nace por generación espontánea o por una maldad intrínseca del Partido Socialista, lo cual es un simplificación absurda. En cuanto al anticlericalismo, yo sólo sigo los pasos de mis predecesores, aunque quizá con más virulencia, todo hay que reconocerlo. En España somos muy comecuras, porque los hemos padecido. Los únicos pueblos que han blasfemado a lo largo de su historia fueron siempre católicos. ¿Le dice esto algo? Los que siguen blasfemando hoy en día son el italiano, el español y el portugués, y eso se debe a que la blasfemia ha sido en estos países durante mucho tiempo la única salida frente al agobio de Roma. Los franceses, como hicieron la separación entre iglesia y estado tras la Revolución y cortaron muchas cabezas, ya no blasfeman, se han olvidado de hacerlo. ¿Para qué un nuevo Voltaire, si desde hace ya dos siglos nadie los ha obligado a comulgar a guantazos? En España, como ahora los curas están de capa caída, por mucho que de vez en cuando den por el saco con el aborto o los preservativos o con esa tendencia casi incógnita que tienen a opinar de lo que no conocen, yo calculo que en treinta o cuarenta años ya no tendremos necesidad de blasfemar ni de ser anticlericales. Tanto mejor será para nuestros hijos y nietos. Y vamos con lo del realismo del siglo XIX: me interesa como discurso, como enseñanza, como técnica, aunque cada vez lo veo más alejado de mi mundo narrativo. Uno cambia. Por último, en cuanto a los romances de ciego, los he utilizado porque fueron una realidad. En un argumento situado en el presente serían anacrónicos, ya que ahora ha evolucionado, se han puestos al día. Hoy estos romances son los anuncios publicitarios, que buscan, al igual que antaño los romances de ciego, convencernos de que compremos algo. Basta con encender el televisor o abrir un periódico o salir a la calle para que alguien trate de enchufarnos un coche o un perfume. Es algo sofocante, casi preferiría el espectáculo de los ciegos, eran más divertidos.

                —¿Los mil y uno episodios que protagonizan sus relatos pretenden relatar una época de la cotidianidad?
        Sin duda. Me molesta tanta competición, que nos convierte a todos en caballos de carreras y al ganador en un héroe de pacotilla, ya se llame Induráin, Gala o Clinton. Los grandes héroes siempre me parecieron de cartón piedra, una falsificación, y lo peor es que muchos de los que pululan en dicho tinglado, o lo contemplan desde fuera, creen en él a pies juntillas. La gente, usted y yo o el común de los mortales, no somos más que personas que tratamos de vivir lo mejor posible con las herramientas a nuestro alcance, con dolores de muelas, angustia o placer según sea el momento. Las fotografías de papel cuché de las revistas del corazón me dan risa, no hay nada más ficticio e inexistente que el universo de «Hola» y «Semana». Yo creo que hay quien piensa que el príncipe Felipe o Rociíto ni comen, ni beben ni cagan, sólo sonríen a la cámara y son ricos. Por eso mis personajes son seres que no hacen nada del otro mundo, simplemente viven. Y, por supuesto, comen, beben y cagan, y otra cosa que me callo.

        —¿Por dónde deambulan ahora los personajes de su nueva obra?
        Tengo dos proyectos en marcha, la continuación de Hijas de Eva, ya en Granada, y un libro de relatos breves que supone una nueva orientación en mi mundo narrativo. No sé cuál de los dos terminará por prevalecer y saldrá primero, los voy alternando. El problema es que no me queda mucho tiempo libre para dedicarme a escribir con exclusividad, que es lo que me gustaría.

La entrevista se publicó en 1997, y después un inquieto Talens ha seguido publicando, una nueva novela, La cinta de Moebius, 2007 y los cuentos y volúmenes de relatos, "Sola esta noche", en Cuentos de Navidad (1997), Rueda del tiempo (2001) y La sonrisa de Saskia y otras historias (2003), además del ensayo, Cuba en el corazón (2008).



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