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miércoles, 13 de mayo de 2015

Los olvidados



ALEJANDRO SAWA
(Crónicas de la bohemia)


Bohemia significaba, entre otras muchas cosas, repudio del mundo burgués convencional, aspiración y originalidad, cosmopolitismo y paradoja, paraísos artificiales, esteticismo y búsqueda de nuevas formas de afirmación en un creciente mundo europeo finisecular. Los oscuros, los excéntricos, los que padecen suplicios sin gloria, los desconocidos, que la sociedad deja morir en lenta muerte, los malditos, en realidad, víctimas anónimas de la sociedad. La segunda bohemia del XIX fue, en realidad, un estado espiritual y su capital, obviamente, París; bohemia triste, frente a una primera galante, bautizada por Nerval y descrita por Murger. En España, por entonces, se hablaba de tumulto, paradoja, conciencia, paraísos artificiales, búsqueda de nuevas formas de afirmación, reflejo de ese mundo europeo finisecular señalado. En este panorama, escribe Iris M. Zavala, unos jóvenes, fundamentalmente de la periferia, se reúnen en Madrid o lo consideran su centro de convergencia. Allí discuten, leen y opinan acerca de Bakunin, Kropotkin, Tolstoi, Nietzsche, en fogosas y acaloradas tertulias, mientras el sevillano, Alejandro Sawa, habla de Verlaine, Whitman, Baudelaire o Poe. Junto a él, Enrique Gómez Carrillo y Eduardo Zamacois que como el joven escritor aspiraban a fomentar el espíritu alerta y propagar las ideas innovadoras por medio de sus libros, en periódicos y en folletos, porque en letra impresa valdría cualquier instrumento. Con este motivo surgieron infinidad de revistas que unieron sus fuerzas; Don Quijote (1892-1903), Germinal (1897-1899), Vida Nueva (1898-1900), La Vida Literaria (1899), Alma Española (1903-1904), Helios (1903-1904) y La Anarquía Literaria (1905).
  Alejandro Sawa nació un sábado, 15 de marzo de 1862, en Sevilla, donde pasaría  sus primeros años, aunque también consta que residió en Málaga, donde aprendió francés, y pasó por Granada, pues en el curso 1877-1878 obtuvo matrícula extraordinaria en la Facultad de Derecho de la ciudad. Parece que el joven inconformista llegó a Madrid en la década de los ochenta y allí permaneció durante algún tiempo, para luego viajar a París, Bruselas, el sur de Alemania e Italia, aunque siempre estaba de vuelta en la capital francesa. En su obra Iluminaciones en la sombra (1910), su libro de impresiones, recuerdos y semblanzas, confirma que residía en París en 1896 y allí se ganaba la vida a salto de mata, asiduo de las reuniones de La Plume, revista que el 15 de mayo de 1892 reproduce un grabado del sevillano. Sobre su vida circularon versiones dispares de amigos y enemigos; entre sus amigos: Valle-Inclán, Zamacois, Darío, Bark, Nakens, Cornuty, Rueda y Gómez Carrillo. Literariamente, el francés de la barojiana  Aurora roja (1904), es Sawa, y sobre todo, el Max Estrella de Luces de bohemia (1920), de Valle-Inclán. En la revista Germinal se le presenta en mayo de 1897, cuando regresa a España, como el más naturalista de los españoles junto a Joaquín Dicenta, cuando ya había publicado Crimen legal (1886), Declaración de un vencido (1887) o Noche (1889). Extraño personaje recordado por Baroja como «un pobre hombre sin ninguna penetración, moreno, con cierto aire apostolar, melenas y barbas negras»; y Manuel Machado lo recuerda como un bohemio incorregible: «volvió entonces de París hablando de parnasianismo y de simbolismo, y recitando por primera vez en Madrid versos de Verlaine. Pocos estaban en el secreto». Herman Bahr había publicado un texto certero sobre Sawa, a quien había conocido en 1889, durante un viaje realizado por el alemán por España. «Nunca he encontrado en mi vida una figura juvenil más hermosa, un Byron del proletariado, el beau ténébreux del romanticismo hecho mendigo», afirmará en el Deutsche Zeitung. Más adelante, Bahr escribe que en 1889 la fama de Sawa corría de boca en boca e incluso llegaba a los pequeños rincones. Sawa es un moderno; un español moderno en frenéticos amores imposibles, furiosos y terribles. Alma robusta en gloriosa búsqueda de lo absoluto; cima y justificación de los grandes, solo comparable a Goya y Ribera. Sin embargo, otras opiniones fueron menos generosas, como la de Azorín que en 1897 escribía al respecto, «Alejandro Sawa me parece un flat —lo digo en francés porque él finge que se le ha olvidado el castellano, hasta el punto de que continuamente está haciendo esfuerzos por encontrar una palabra»—; opinión a propósito de un artículo publicado en el Heraldo. Zamacois lo recordará en Años de miseria y de risa (1916), como el «divino» Alejandro, de alma inflamada y espíritu superior.


Murió ciego, el 3 de marzo de 1909, a la una menos cuarto de la madrugada. Alienado, llevaba mucho tiempo viviendo en otros mundos porque, como señalaría, Fabián Vidal, ya en París el escritor hubo de realizar verdaderos prodigios para vivir una vida incierta y dura; allí agotaría el caudal abundantísimo de sus energías vitales.
A lo largo de la década de los ochenta, a finales del extraordinario siglo XIX, el naturalismo había triunfado y se habían publicado algunas de las novelas más singulares del movimiento, La desheredada (1882), de Pérez Galdós, La cuestión palpitante (1883), de Pardo Bazán, y el naturalismo encuentra eco en los círculos intelectuales. Será entonces cuando en Madrid aparece La mujer de todo el mundo (1885), de Alejandro Sawa, una novela de realismo ingenuo, pero con un asunto muy apropiado de la época: la prostitución. En realidad, a lo que apostaba Sawa era suponer que «vivir podría ser eso: luchar en todas las formas con las fatalidades naturales, hasta marearse, hasta aturdirse». Esta novela, de un narrador casi juvenil, fue un éxito en los círculos anarquistas. En 1886 publicará Crimen legal, de corte, también, naturalista y con un tema no menos escandaloso: la decisión de salvar a una madre o a su hijo en un embarazo complicado. Supuso, sobre todo, un conflicto entre Iglesia y Ciencia. En 1887 aparece Declaración de un vencido, que contiene una nota al lector que supone, en realidad, una especie de confidencia autobiográfica porque cuenta la historia de esos jóvenes que llegaban a la capital y no tenían otro empuje salvo su talento, un drama particular, una novela, una carta de recomendación, en realidad, la historia de un vencido, sin duda, el mismo Sawa, un narrador del que se apropiará el escritor para entablar ese proceso formal contra una sociedad contemporánea que aniquila al artista. El libro, como señala Zavala, es su testamento y con él vence; la sociedad será la única responsable de la destrucción de la pureza y de los sueños. Al año siguiente  publica Noche (1888), una nueva novela con sombríos augurios sobre el matrimonio y la Iglesia. Una vez más, el tema de la prostitución de la burguesía media española y Madrid como imán que atrae la marejada de todos los vicios. Y ese mismo año, Criadero de curas (1888), un durísimo documento anticlerical: viejos seminaristas y jóvenes que se rebelan contra un orden establecido. Después vendría su traslado a París donde frecuenta tertulias y apura las noches explorando las nuevas fronteras literarias en boga. Hacia 1908 tenía concluido Iluminaciones en la sombra y había publicado algunos de sus textos en Helios en 1903-1904, mientras, intentaba reeditar algunas de sus obras para aliviar su indigencia desde varios años atrás, sobre todo desde que perdió la vista en 1906. Fueron años duros, solitarios, en compañía de Jeanne Poirier, su esposa, aunque, también, sufrió el olvido de algunos de sus amigos, el caso más notable, Gómez Carrillo. Sawa es un escritor desdichado, escarnecido que, como señala Zavala, odia la rutina y maldice la pesada carga de la vida. En 1910, la Biblioteca Renacimiento, de Madrid publica Iluminaciones en la sombra, su libro póstumo, con prólogo de Rubén Darío y un «Epitafio» de Manuel Machado. Las imágenes de Sawa en este libro son melancólicas y los caminos y figuras, ilusorios. Su prosa ahora más modernista, exaltará los valores del subjetivismo y la intuición para conseguir así una realidad más multidisciplinar y cambiante, en palabras de Iris M. Zavala.


   Durante la etapa final de su vida, Alejandro Sawa, desde su regreso de París, alrededor de 1896, inicia una dedicación casi exclusiva al periodismo, colaboraciones mal retribuidas pero uno de los pocos medios para sostener a su pequeña familia. Muchas de estas colaboraciones serían seleccionadas por el desdichado escritor para su libro Iluminaciones en la sombra y, sobre todo, resulta esclarecedora una nota suya publicada en Nuevo Mundo, el 22 de agosto de 1907 con el sugerente título de «El cuarto poder», hablando de la prensa y de la dura tarea del periodista. La prensa, afirma Sawa, marca el estado de cultura de los pueblos y añade, «aquel país donde la prensa es clamorosa y ardiente y suelta, es un país de redención. Donde no, el cielo está cuajado de tinieblas». Phillips señala en la monografía citada sobre el escritor sevillano que muchas de las colaboraciones no habían podido ser consultadas por él, sepultadas en diarios y revistas de época, hecho que en estos días queda resuelto por la publicación de Alejandro Sawa. Crónicas de la bohemia, en edición e introducción de Emilio Chavarría, con un estudio preliminar de Iris M. Zavala. Conviene señalar que la prosa periodística de Sawa es bastante variada en lo que respecta a sus temas y fluctúa, especialmente, entre dos formas: la crónica y el ensayo breve. La sustancia intelectual del ensayo, sostiene Phillips, y su brillo expresivo se combinan con el arte del ingenioso comentario, que abarca hechos de la actualidad implícitos en la crónica. Sawa no solo es intérprete de los problemas de su tiempo, sino que cultiva otras formas de la prosa, con mucho acierto, como son la semblanza literaria y el cuento. Su prosa tampoco resulta lírica, sino que constituye un vehículo para la expresión de sus ideas, aunque su estilo no resulte por ello preciosista ni se entregue a efusiones expresivas o a frivolidades exquisitas. En su última etapa, convencido idealista, se aleja del naturalismo de la década de los ochenta y su prosa es afirmativa y enfática.
Emilio Chavarría recopila toda la información disponible acerca de los artículos periodísticos del sevillano y, aunque hace obligadas referencias a Allen W. Phillips e Iris M. Zavala, trata de situar histórica y biográficamente las nuevas crónicas en diferentes apartados: el primero, se refiere a la crónicas  inéditas publicadas entre los años 1877-1878 en periódicos malagueños, y algunas cartas dirigidas a amigos de la época; el segundo apartado, se refiere a los artículos de su segunda etapa madrileña, entre 1896-1909; y, en el tercero, aquellas colaboraciones publicadas en La Nación de Buenos Aires, aparecidas bajo la firma de Rubén Darío y que Sawa reclama como suyos en una polémica carta de 1908. En los tres grupos se muestra el interés del escritor por cuestiones culturales y literarias del momento y, de alguna manera, representan su período de formación: el modernismo; pero el grupo representado por temas políticos y sociales, concretado en los barrios de miseria, en un Madrid capitalista, resulta quizá más interesante y muestra la parva industrialización de la sociedad de fin de siglo. De cualquier forma, señala  Chavarría, esos grupos están plenamente representados en su obra Iluminaciones en la sombra y, de alguna manera, conforman la estructura de base de la obra periodística de Sawa, comentarios sobre autores y obras literarias del modernismo, la corrupción política, la miseria y la pobreza social y algunos otros que reflejan el diario más íntimo, de corte naturalista, que publicaría J.R. Jiménez en su revista Helios.
                Alejandro Sawa concebía la crónica periodística como la historia cotidiana de los acontecimientos, y al cronista como su historiador; es decir, el reflejo escrito de la vida. Y la prensa fue para él importante porque  dio a conocer su creación artística.  

3 comentarios:

  1. ¡¿Qué sabrá alguien de hoy de lo que fue la Bohemia!?.... Esa bohemia idealizada que nunca existió,porque la bohemia auténtica fue también--y mucho más--, dolor, frustración, melancolía pueril de anhelos imposibles, pobreza y penuria material y sobre todo intelectual. Otra cosa es los que "jugaron" a ser bohemios con el "riñón" más o menos cubierto por un trabajo, o una herencia o el éxito, o unos padres sacrificados... Esta sí es una Bohemia más cercana a la realidad (al menos en España). Los Sawa abundaron poco, y él mismo aunque posea páginas acertadas nunca llegaría a la altura de Unamuno,Baroja (quien por cierto la reflejó bastante bien) o Cansinos Asens (quien la reflejó aún mejor), entre otros entre los que no podría faltar ese "falso" bohemio genial que fue Emilio Carrére, al que todavía hoy muchos indocumentados culturales le niegan el "pan y la sal".... Todos, y otros más, "interpretaron en algún momento de sus vidas o en toda el papel de "bohemios", pero ellos al menos tenían las "lentejas" más o menos aseguradas. Lo que tampoco es que sea malo; y todos o la mayoría tuvieron algo que hoy escasea tanto que ya nadie sabe si alguna vez existió: ¡TALENTO!........

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  2. ¡¿Qué sabrá alguien de hoy de lo que fue la Bohemia!?.... Esa bohemia idealizada que nunca existió,porque la bohemia auténtica fue también--y mucho más--, dolor, frustración, melancolía pueril de anhelos imposibles, pobreza y penuria material y sobre todo intelectual. Otra cosa es los que "jugaron" a ser bohemios con el "riñón" más o menos cubierto por un trabajo, o una herencia o el éxito, o unos padres sacrificados... Esta sí es una Bohemia más cercana a la realidad (al menos en España). Los Sawa abundaron poco, y él mismo aunque posea páginas acertadas nunca llegaría a la altura de Unamuno,Baroja (quien por cierto la reflejó bastante bien) o Cansinos Asens (quien la reflejó aún mejor), entre otros entre los que no podría faltar ese "falso" bohemio genial que fue Emilio Carrére, al que todavía hoy muchos indocumentados culturales le niegan el "pan y la sal".... Todos, y otros más, "interpretaron en algún momento de sus vidas o en toda el papel de "bohemios", pero ellos al menos tenían las "lentejas" más o menos aseguradas. Lo que tampoco es que sea malo; y todos o la mayoría tuvieron algo que hoy escasea tanto que ya nadie sabe si alguna vez existió: ¡TALENTO!........

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  3. ¡¿Qué sabrá alguien de hoy de lo que fue la Bohemia!?.... Esa bohemia idealizada que nunca existió,porque la bohemia auténtica fue también--y mucho más--, dolor, frustración, melancolía pueril de anhelos imposibles, pobreza y penuria material y sobre todo intelectual. Otra cosa es los que "jugaron" a ser bohemios con el "riñón" más o menos cubierto por un trabajo, o una herencia o el éxito, o unos padres sacrificados... Esta sí es una Bohemia más cercana a la realidad (al menos en España). Los Sawa abundaron poco, y él mismo aunque posea páginas acertadas nunca llegaría a la altura de Unamuno,Baroja (quien por cierto la reflejó bastante bien) o Cansinos Asens (quien la reflejó aún mejor), entre otros entre los que no podría faltar ese "falso" bohemio genial que fue Emilio Carrére, al que todavía hoy muchos indocumentados culturales le niegan el "pan y la sal".... Todos, y otros más, "interpretaron en algún momento de sus vidas o en toda el papel de "bohemios", pero ellos al menos tenían las "lentejas" más o menos aseguradas. Lo que tampoco es que sea malo; y todos o la mayoría tuvieron algo que hoy escasea tanto que ya nadie sabe si alguna vez existió: ¡TALENTO!........

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