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viernes, 22 de mayo de 2015

Edith Nesbit



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LOS CHICOS DEL FERROCARRIL



     En ocasiones el mundo se vuelve del revés, o eso al menos es lo que le ocurre a los tres protagonistas de Los chicos del ferrocarril (2015), el clásico más editado de la literatura de fantasía juvenil inglesa, cuya autora Edith Nesbit (Londres, 1858-1924) lo publicó en 1906, y desde entonces no ha dejado de reimprimirse.
    Como todas las historias para jóvenes lectores, tiene un final feliz aunque hasta que llega ese momento sus protagonistas, Roberta, Peter y Phyllis, se ven obligados a darle un giro a su cómoda existencia por una imperiosa necesidad.  Madre, como suelen llamarla, y ellos dejarán Londres para instalarse en una casita en el campo, que tiene el curioso nombre, Tres Chimeneas, y donde, pese a iniciales reticencias, los jóvenes encontrarán muy pronto entretenimiento y auténticas aventuras en una estación de ferrocarril cercana, y entablan amistad con el jefe de estación, el mozo Perks y saludan cada día, a las 9.15 en punto, al Señor Mayor que pasa en su tren, aunque, eso sí a menudo, echan de menos a Padre, un considerado funcionario, que una noche tras volver de su trabajo es requerido por unos misteriosos hombres y desaparece sin dejar rastro, y ya no vuelven a saber de él. Pero algún tiempo después, y por una no menos curiosa circunstancia que encuentran en su camino, instalados y felices en el pequeño pueblo, averiguarán la verdad. Madre retoma su trabajo: crea historias, escribe poemas, y cuentos maravillosos que lee a sus pequeños a la hora de dormir, y alguna vez consigue que un editor publique alguno de estos cuentos o poemas, y es entonces, solo en esas ocasiones, cuando lo celebran a lo grande con pastelitos a la hora del té. Madre consigue un dinero que les viene muy bien, porque su economía va de mal en peor, ahora son pobres, y los niños se darán cuenta de cuántas comodidades han dejado en Londres donde, con la presencia de Padre, todo era perfecto. 



     Nesbit caracteriza muy bien a sus personajes, sabemos que Bobbie es la hermana mayor, y tiene la responsabilidad de que los dos más pequeños lleguen sanos y a salvo a la hora de la cena, es una chica con buenos modales y una sonrisa en la cara. Dispuesta a ayudar, cuida de que todo vaya bien, eso no quiere decir que no tenga sus más y sus menos con Peter, el hermano mediano, que manifiesta ser el hombre de la casa por la ausencia inesperada de Padre. Peter se muestra más impulsivo y rebelde, y siempre pretende ser el centro de atención cuando sus hermanas se ponen de acuerdo contra él, pero en el fondo quiere protegerlas por encima de todo, aunque le cueste reconocerlo. Es el primero en tener un plan preparado, día a día, y cuando las cosas salen mal, su actitud les sirve de gran ayuda a lo largo de las muchas y curiosas aventuras que cuenta este libro. Phyllis, es la peque, siempre lleva los cordones desatados y en el peor momento, tropieza a menudo y acarrea pequeños problemas. Algo la caracteriza, quieran sus hermanos o no, ella debe terminar las frases, lleve razón o no.
     Este libro se justifica por sí solo, y en la medida en que un lector adulto se deja llevar por sus páginas, enseguida percibe su sentido del humor y su capacidad para valorar la personalidad de los niños en su justa medida, lo que demuestra un tremendo respeto a la inteligencia de los peques, tratándolos como auténticos protagonistas vivientes de buena parte de toda una vida. No menos curioso resulta el hecho de que Edith Nesbit desafiara todos los prejuicios de su época, vivió esos tumultuosos años finales del siglo XIX y principios del XX, se cortó el pelo, tuvo que hacer frente a un embarazo no deseado, y junto a su marido, el activista radical Hubert Bland, fundó la Sociedad Fabiana, una asociación de filiación socialista y reformista en la que compartió amistad con George Bernard Shaw o H.G. Wells. Se caracterizó por su desprendida generosidad y hospitalidad, invitaba a casa a personas del más variado signo que la llevarían a continuos apuros económicos. Viajó por Inglaterra, España y Francia, y fumaba incesantemente, hasta que un cáncer de pulmón la consumió, aunque fue el ejemplo de esa continua lucha contra la rectitud victoriana de la época.
        Cristina Sánchez-Andrade realiza una modélica traducción de Los chicos del ferrocarril, ajusta el sentido de cada palabra, párrafo y expresión, otorgándole esa percepción de cadencia expositiva característica de la prosa anglosajona, que combina humor, crítica social y realidad ordinaria con elementos de la mejor magia infantil. 















LOS CHICOS DEL FERROCARRIL
Edith Nesbit
Traducción de Cristina Sánchez-Andrade
Madrid, Siruela, 2015; 228 págs.

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