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sábado, 2 de mayo de 2015

Hoy tomo café con…



Raquel Taranilla
RAQUEL TARANILLA ABORDA EN ‘MI CUERPO TAMBIÉN’ (LOS LIBROS EL LINCE, 2015) LOS EFECTOS DEL CÁNCER EN SU VIDA Y ÓMO LOGRÓ SUPERARLO. UN LIBRO LÚCIDO Y VALIENTE.

 


Raquel Taranilla (Barcelona, 1981) es licenciada en Derecho y doctora en Filología Hispánica, ha publicado La justicia narrante, o la construcción de la verdad en el proceso penal. En Mi cuerpo también (2015) ofrece una biografía que oculta más que cuenta porque prescinde de deleites y desdichas, aunque se trata de un texto que deslumbra por su inteligencia y la precisión de su prosa, y oscila entre mitad prosa testimonial y lúcido ensayo. Actualmente vive en Doha (Catar) donde coordinada el programa de Lengua Española.

Permítame preguntarle, ¿ha dominado usted su cuerpo, definitivamente? Y por consiguiente, ¿está más lejos de un sentimentalismo al uso?
En absoluto. Me parece desafortunada la dualidad basada en una mente (o, en su caso, en un alma) virtuosa que vive encerrada en un cuerpo, que a la que puede se desliza hacia el pecado o la enfermedad. No creo que haya un yo al margen del cuerpo, a pesar de que la irrupción de la enfermedad con frecuencia cree ese espejismo. Antes de recibir el diagnóstico del cáncer, cuando el dolor me vencía, experimenté esa disociación ficticia. Lo cuento en la primera parte del libro: “El qué me pasa dejó de ser la pregunta adecuada, para dar paso a la más atinada qué demonios le ocurre a mi cuerpo, que no me obedece, que me hiere y me humilla” (Mi cuerpo también, §12). No hay cuerpo independiente de mí misma al que yo pueda dominar.
Por otro lado, es cierto que me impongo no caer en sentimentalismos. Y eso responde, de un lado, a un mandato ético (puesto en contraste con otros sufrimientos, otras injusticias, el cáncer se revela dolorosamente soportable) y, de otro lado, a una preferencia estética (las descripciones crudas me parecen más precisas para expresar la tristeza, la pena insondable, la ferocidad de la vida, que los aspavientos).

Háblenos del antes y el después en su vida cotidiana hasta hoy.
Desde el comienzo, me impuse negarle al cáncer cualquier repercusión trascendental en mi vida cotidiana y, en buena medida, lo he conseguido. En la mitología del cáncer existe la idea de que enfermar gravemente es un hecho iniciático, una experiencia límite capaz de convertirte en una mejor persona, capaz de reordenar tus prioridades vitales, revelándote cuál es la forma de vida buena. Nos cuesta concebir que tanto sufrimiento no reporte ningún beneficio. La literatura de autoayuda para enfermos (que es detestable y cínica) se sustenta en esas creencias.
En la introducción a mi relato, explico que concebí el tiempo de enfermedad como un paréntesis en mi vida. Aunque era arriesgada, esa representación del cáncer me ayudó a pasar los meses duros del hospital. Si bien al final de mi historia matizo esa concepción del cáncer como paréntesis, lo cierto es que hay una continuidad evidente —a veces, autoimpuesta— entre aquello a lo que me dedicaba antes del cáncer y aquello a lo que me he dedicado después.

¿Está uno protegido contra la enfermedad?
De ningún modo. La salud es una presunción: ni estamos protegidos de la enfermedad ni podemos asegurar que estamos nunca libres de ella. Los cuerpos enferman, las personas entristecen; existen los conflictos, la violencia, los dilemas irresolubles. Aceptar lo que somos (aceptar que el cáncer nos supera como especie, que el cáncer es vida, que el cáncer es nosotros también) es la única vía para pacificarse con uno mismo.

Se lo pregunto, porque después de leer Mi cuerpo también (2015), la perspectiva vital mejora un 100%, ¿era ese su propósito?
No era mi propósito. No deseo ser ejemplar ni modélica —yo misma detestaba las historias de enfermos animosos que lucharon y se curaron, pues siempre son narraciones cursis, moralistas y falaces—. Para mí era fundamental dejar claro desde el principio que lo que me pasó no es excepcional.
Mi única intención fue dar réplica al relato que sobre mi cuerpo y sobre el tratamiento vehicula mi historial clínico. Quise explicar de modo más exhaustivo la vivencia superabundante que es enfermar de cáncer y recibir tratamiento. Me propuse mostrar el monopolio ciego de la clínica sobre los cuerpos y, por encima de todo, reivindicar mi autoridad sobre mí y sobre mi historia.

Este libro es un auténtico historial clínico, o una alternativa, casi, narrativamente hablando de todo el proceso, ¿ha sido esa su voluntad al escribirlo?
Exactamente: en paralelo a la historia oficial de mi enfermedad, propongo una historia alternativa, empleando mi bagaje intelectual, ético y estético. Frente al relato de los médicos (que entiendo como un relato vertical), hago valer mi voz en el hospital (en un relato que es horizontal, como la posición a la que condenó la terapia a mi cuerpo). Ambos relatos son complementarios e igual de metafóricos y parciales.

Y sobre la mitología del cáncer, ¿qué puede decirnos?
Como ocurre con todos los hechos socialmente relevantes, hemos creado una mitología que nos sirve para pensar y discursivizar el cáncer. Mucho se ha escrito sobre ello. Probablemente El cáncer y sus metáforas, de Susan Sontag, sea el trabajo que mayor repercusión ha alcanzado, pero la literatura al respecto es ingente. Como analista del discurso, me interesa explorar los mitos del cáncer, comprender su arquitectura. Como paciente, por lo común los padecía: son puro cuento, fabulaciones que no siempre juegan a favor del enfermo.

A medida que uno lee, no puede dejar de pasar páginas, y no se lo digo como un halago, sino simplemente por la vertiginosidad de una prosa precisa, e imágenes impactantes, que nos deslizan por esta especie de diario clínico, ¿es una técnica muy meditada?
Era imprescindible que mi relato fuese preciso, tanto al menos como el de los médicos. El discurso literario y el de la investigación lingüística, que son los que yo manejo, son exactos, milimétricos, y perfectamente explicativos. No hay jerarquía entre la voz de los médicos y la de los enfermos. Critico ese elitismo que silencia al paciente, que considera su relato poco pertinente, vago, poblado de fantasmas.

Dolor y placer. ¿se confunden, o tal vez se pueden complementar?
Las sensaciones que puede experimentar el cuerpo son infinitas y no son excluyentes. En el hospital el paciente sufre tormentos incomparables, pero también vive momentos gratos, ratos de alegría. Mi historia comienza con un episodio sexual, antes del diagnóstico, justamente para explicar eso: que el dolor brutal que se irradiaba por toda mi columna entraba en colisión con el orgasmo.



Y el miedo, ¿ha vencido usted el miedo?
No. Era miedosa antes del cáncer y lo seré siempre. Lo que ha cambiado es el contenido de mi miedo. Ahora soy consciente del dolor radical que trae consigo la enfermedad, la dependencia. Ahora vivo en un mundo plagado de cánceres sin diagnosticar, de factores de riesgo. Si antes de enfermar tenía miedo a un intangible, ahora mi miedo es experimentado, carnal, tiene cicatrices.

La enfermedad como tema narrativo es frecuente, y usted cita algunos ejemplos conocidos, ¿cómo se aleja usted de ellos? ¿cómo convierte su texto en original?
Lo que hago es poner mi experiencia de la enfermedad y el tratamiento en relación con mi formación intelectual: con la lingüística, con la sociología del derecho, con la teoría narrativa, con la filosofía. Si bien mi historia es corriente, ese enfoque me parece peculiar. Cada vivencia es única, aunque todas las narraciones del cáncer sigan patrones semejantes.

Su discurso, el de Mi cuerpo también, es diferente al clínico, ¿en qué medida?
Mi intención es que el relato oficial de mi enfermedad y el alternativo sean complementarios, que entren en diálogo. Puestos en contraste, se hacen evidentes las parcialidades, los silencios, las contradicciones, las metáforas que ambos encierran; se muestran sus costuras.

Su precisión léxica, su dominio de la enfermedad, le han llevado a escribir un libro singular, ¿y de aquí en adelante qué…?
Llevo años dedicada a analizar los discursos del poder, a escribir sobre su configuración, sobre sus transformaciones. Hasta Mi cuerpo también mi producción había sido fundamentalmente académica, consagrada al discurso del derecho y las instituciones de justicia. Pero lo cierto es que existe una línea de evolución entre mis trabajos anteriores y esta historia sobre mi enfermedad, sobre su desarrollo clínico.
Me interesa problematizar la sociedad a través de sus discursos, explorar los límites de lo pensable, de lo decible, de lo asumible. Para ello empleo materiales discursivos muy heterogéneos; pongo en contacto textos y géneros que aparentemente se mantienen aislados: por ejemplo, la declaración política o la ley, con la poesía, que es el terreno por donde transita el proyecto que ahora tengo en marcha.


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