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martes, 17 de noviembre de 2015

Irene Jiménez



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LA HORA DE LA SIESTA


     El cuento es, por su densidad o por su concisión, por su capacidad de sorprender, por su ambigüedad, por esa posibilidad de relatar lo explicable o lo inexplicable, lo verosímil o lo falso de la existencia humana, el género que cultivan los escritores más arriesgados. Quizá porque ese concepto de exploración metaliteraria ha tocado fondo desde hace tiempo y hoy se vuelve al gusto por narrar, con la amplitud que proporciona semejante expresión, es decir, trazar una trama con unos personajes, perfilados éstos, además, perfectamente. Existe, como contraste frente a otros géneros, una diversidad y riqueza en el cuento actual que pone de manifiesto, aunque nunca ha dejado de ser así, el empleo de múltiples fórmulas que miran al pasado e incluyen a autores tan diversos y universales como Poe o Chejov,  Mansfield, Salinger o Carver, Arreola, Rulfo, Ribeyro o Monterroso, y nuestros Aldecoa, Fraile, Tomeo o Vila-Matas. Una suma de técnicas, temas y estilos, fórmulas y tendencias que se ofrecen en colecciones de cuentos con una multiplicidad de enfoques cercanos a un realismo al uso, que ya nada tienen que ver con concepciones sociales o políticas, sino que la intención provoca desarrollar historias estructuralmente bien construidas.
        De muchas de estas tendencias y características participa un libro como La hora de la siesta, de Irene Jiménez (Murcia, 1977), quien, junto a otra nómina amplia de autores, Nicolás Casariego, Care Santos, Óscar Esquivias, Felipe Navarro o Andrés Neuman, apuesta en su primer libro por el cuento y, además, muy firmemente. La hora de la siesta se compone de diez relatos de desigual extensión, aunque con un tratamiento exquisito de la trama y el desarrollo de los mismos. Lo sorprendente de las historias de la joven Irene Jiménez está en la pulcritud de su desarrollo, en el empleo de los recursos, tanto literarios como los lingüísticos, para llegar a la conclusión del propósito: unas veces para sorprender otras para exponer, simplemente. En el relato «El juego», desarrolla, precisamente, eso, un juego, pero el juego de la literatura, materia esencial en su escritura, con títulos y protagonistas, y no está exento de ese proceso final de sorpresa. O ese otro juego, el del sopor vespertino, con erotismo incluido, de «La hora de la siesta». Pero quiero destacar «Luna de papel» y «Despedida», dos cuentos que, por su extensión, pero sobre todo por su tratamiento, se asemejan a una novela corta y son dos hermosos ejemplos de relato clásico porque el acontecimiento que desencadena la acción tiene sólo importancia para la vida privada de sus personajes, aunque éstos no dejan trascender el hecho más allá de lo necesario y al final, sorpresivamente, todo queda arreglado por una acción que pierde dramatismo en beneficio de una síntesis épica, como le ocurre a la joven Helena del primer relato o a Julia, en el segundo, otra mujer, que vuelve al espacio de sus recuerdos en la costa de Almería, como si de una despedida se tratara; ambos textos, además, como ejemplos de ese tipo de cuento combinado, resultan más complejos y desarrollan una situación inicial sobre un período más extenso de tiempo, con variantes que giran en torno al eje central del relato y donde el narrador, en ambos casos, una narradora, está presente en la narración y sirve de nexo de unión con las situaciones que plantea el cuento. La trama ensayada por Irene Jiménez en estos dos relatos justificaría el libro en sí, son cuentos elaborados hasta el último detalle puesto que concentran gran cantidad de materia narrativa y presuponen, a la postre, una supuesta participación del lector que debe terminar, si es que quiere, el relato en cuestión. Nuevas referencias literarias en el titulado «Tres, cuatro cosas» y tampoco es cuestión de perderse «Jamais de la vie». Una variada tipología justifica la lectura de esta joven murciana de quien habrá que esperar nuevas sorpresas como la presente, y su merecida inclusión en el panorama narrativo de las primeras promociones del siglo XXI.
 

LA HORA DE LA SIESTA
Irene Jiménez
Málaga, Arguval, 2001



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