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viernes, 6 de noviembre de 2015

Quim Monzó



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EL MEJOR DE LOS MUNDOS

     Quizá para definir el estilo de El mejor de los mundos (2002), la última entrega narrativa de Quim Monzó (Barcelona, 1952), podamos servirnos de un término tan elemental y preciso como es el realismo, en su acepción más genérica y universal, es decir, aquel que contribuye a pensar en toda una tradición literaria anterior y hunde sus raíces en los autores de finales del XIX y principios del XX, y más concretamente en el detalle insignificante de Chejov y lo omnímodo importante de Kafka. Pero Monzó, al margen de referencias literarias, ha conseguido un mundo propio o tal vez un mundo diferente, con detalles tan irreales de nuestra realidad que sólo así justifican su literatura en la actualidad. Lo que el lector encontrará en las sucesivas historias contadas es toda una galería de enormidades, una tragicomedia o visión horrorosa de nuestras actitudes ante lo tangible y lo intangible, así como el lumpen humano vivido a diario en nuestra cotidianidad, con esas grandes dosis de sarcasmo que derrocha el escritor catalán y que se traducen en su literatura en una visión mediocre y un hastío del cotidiano vivir con excentricidades y enormidades incluidas; lean sino la historia familiar con cáncer incluido de toda una saga, la convivencia humana y mortal del protagonista de uno de los relatos con un cadáver en su propia casa o las peripecias de un violento conductor que provoca un accidente y desencadenas otros muchos horrores.

   El libro está dividido en tres partes: la primera formada por siete relatos de variada extensión. Sobresalen el estremecedor «Mi hermano», que abre la colección y contribuye a agrandar ese aire realista del que hablábamos, y sobre todo «Mamá» un espléndido ejercicio sobre la capacidad del lenguaje y las relaciones humanas. La segunda parte está formada por una novelita de casi cien páginas que tendría entidad para editarse por separado y que cuenta la vida angustiada de un poeta catalán que, año tras año, confía en obtener el Nobel y cambia periódicamente, del mismo modo, de vida y de vivienda, actitud que incluye nuevos proyectos, nuevos vecinos, reiteradas variaciones al discurso porque el título del cuento es «Ante el rey de Suecia», en realidad, un pequeño ensayo sobre lo obsesivo cotidiano de nuestra sociedad que, en ocasiones, degenera en locura. En la tercera parte, seis cuentos más que resultan breves y la intensidad decae algo con respecto a las dos partes anteriores, aunque la tensión dramática, la crueldad, la insolidaridad humana y la violencia resultan tan eficaces en estos relatos que no resta un ápice a la capacidad inventiva de Monzó. A resaltar «El niño que se tenía que morir», el más lírico, el más cruel, el más íntimo para mostrar la psicología infantil o el mundo de la infancia con sus dificultades.
  El mejor de los mundos es una excelente muestra sobre la superficialidad humana o una crónica sobre el diario convivir, extrañamente posible y enmarcado en un realismo tan absurdo como creíble, tan poco estimulante como amargo, pero con una fuerza creativa que pocos autores consiguen. En este caso Quim Monzó se supera y logra no sólo estimular al lector sino sacudirlo en la base de sus cimientos más elementales que sólo podrían justificarse por la jocosidad de muchas de las situaciones. 
                                       
EL MEJOR DE LOS MUNDOS
Quim Monzó
Barcelona, Anagrama, 2002

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