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domingo, 29 de noviembre de 2015

Desayuno con diamantes, 63



       LA REALIDAD Y LA FANTASÍA EN LOS CUENTOS DE MUJICA LAINEZ

      Manuel Mujica Lainez (1910-1984) ilustra el arquetipo del escritor americano en el que confluyen la herencia hispana con una más amplia impregnación europea: francesa, sin que ambas culturas signifiquen una renuncia o volverle la espalda a la realidad, la historia o la literatura de su país: Argentina. En Alfaguara aparecen sus Cuentos completos (2001), dos volúmenes que incluyen sus libros publicados en vida, además de algunos relatos dispersos y no recogidos en libro anteriormente.



     Manuel Mujica Lainez fue siempre un autor fiel a sí mismo, mantuvo durante toda su vida sus convicciones como escritor y como hombre. Sus temas y, sobre todo, el estilo esbozado desde sus primeras publicaciones obedecían a inclinaciones que provenían de su profunda preparación que arrancaban desde el realismo decimonónico de Proust, pasando por Flaubert, Stendhal o Henry James, que muestran mundos aristocráticos y refinados y que entroncarían con otros autores argentinos como Manuel Gálvez, Benito Lynch, incluso de Enrique Larreta; convivió, igualmente, con el ultraísmo español, asistió al nacimiento de la revista Sur, tomó partido por los aliados en la Segunda Guerra Mundial y posteriormente se opuso al régimen de Perón. Sus libros —como afirma Jorge Cruz—han seguido, durante todos estos años, su propio camino y su poder de seducción ha conquistado a fieles lectores, dispuestos, desde siempre, a saborear el placer de leer de quien siempre mostró el placer de contar. Reina Roffé, en una amplia entrevista realizada en Buenos Aires, en su casa del barrio de Belgrano, en 1977, calificaba al autor «dotado de un ingenio mordaz y de una prosa rica en inflexiones clásicas, casticismos y voces arcaicas que remiten a la escritura de los maestros del Siglo de Oro».
    Durante su infancia Mujica Lainez, se nutrió de los relatos que le contaban las mujeres de su familia, sobre todo su abuela Justa Varela de Lainez y, sobre todo, sus tías Lainez que conocían las cosas más insólitas de la familia, de las leyendas argentinas y de la historia intelectual del país. Quizá por esto el joven Mujica mostró desde muy pronto su vocación por la letra impresa. Advirtió, no obstante, que para llegar a ser un auténtico escritor debía sumergirse en la profundidad del idioma. Nacido en Buenos Aires en 1910, descendiente de antiguas familias españolas: vasca por rama paterna, castellana por la materna, sobresalen, en su álbum familiar, dos figuras de las letras argentinas del XIX: el poeta Juan Cruz Valera y el prosista Miguel Cané. Dotado de una educación exquisita, primero en su ciudad natal, posteriormente en París y algo después en Londres. Inició estudios de Derecho, carrera que abandonaría por el periodismo. De 1928 datan sus primeros relatos, cuatro cuentos en los que se manifiesta tanto lo real como lo irreal de las cosas, e incluyen, además, algunas de las claves de su posterior narrativa, como por ejemplo ya se percibía en los primeros cuentos «Una tragedia del Renacimiento», retrato de boato de los Borgia a través de la filmación que están llevando a cabo unos actores; o en «Un artista», un ser espiritual y sensible que se descubre totalmente distinto; en «La mesa estilo Imperio», es la historia de un mueble que perteneció a Josefina Bonaparte, pero que, en realidad, no es ni antiguo ni tan ilustre. Incluso el gran señor inglés de «El mail coach»ha perdido su fortuna, pero un lujoso carruaje convertido en atracción turística le sirve a su dueño para subsistir. A lo largo del año 1934 aparecieron sucesivas colaboraciones en el prestigioso periódico La Nación, pero Mujica nunca recogió estos cuentos en forma de libro, aunque a lo largo del año comenzaron a aparecer numerosas páginas basadas en lecturas españoles que dos años más tarde se convirtieron en su primer libro Glosas castellanas, en realidad ocho ensayos sobre temas quijotiles, una especie de invención del autor a partir de la invención cervantina.

Primeras obras

     A lo largo de la década de los cuarenta, el escritor afianzó su pasión literaria preparándose para su primeros éxitos, sobre todo en el terreno del cuento. En 1949 apareció Aquí vivieron y en 1950, Misteriosa Buenos Aires, dos libros de estructura muy semejante, próximos al concepto de lo que el autor entendía por novela. En realidad, se trata de reconstruir la historia argentina a lo largo de más de cuatro siglos. El primero de ellos situado en los Montes Grandes o San Isidro y el segundo, evidentemente en Buenos Aires. Aquí vivieron lleva un ilustrativo subtítulo, «Historias de una quinta de San Isidro, 1583-1924», ocho de los veintitrés relatos se desarrollan durante la colonia española y el resto durante la Argentina independiente. Lo esencialmente importante en estos relatos, al margen de la fidelidad histórica con referencias a personajes, detalles y escenarios reconocibles, es que sus protagonistas forman parte de esa sociedad común que otorga credibilidad a lo narrado y se diluye en el tiempo, como era la pretensión del escritor, memoria de su infancia, adolescencia, en el viejo San Isidro definitivamente desaparecido en 1924. Aunque con un plan muy similar al anterior, Misteriosa Buenos Aires, es superior y se convierte en una obra maestra. El desarrollo temporal aquí es desde 1536 hasta 1904. Por esta ciudad pululan temas como la codicia, la lujuria, los amores prohibidos, la crueldad, la locura, la hechicería y por sus barrios, plazas y calles, el vicio, la delincuencia, las enfermedades, pero, a pesar de todo, la ciudad emerge, majestuosa, espiritual, gracias al heroísmo de sus habitantes. El escritor emplea el realismo, aunque nunca de forma directa y ofrece una elaboración que lo aleja de la crudeza de algunas de las situaciones descritas. Siempre se percibe una distancia en el narrador. Estos cuentos son, generalmente, violentos, contienen adulterios, homicidios, odios raciales; ejemplos ilustrativos, son «Los pelícanos de plata» o «La mojiganga», incluso hay relatos sobre la lujuria como «La casa cerrada», aunque en este volumen también pueden leerse algunos relatos realistas sin una extremada violencia, casos de «La ciudad encantada», la vida de dos hermanos, uno soñador y otro pragmático, incluso algunos con protagonistas históricos como Luis de Miranda, en el relato, «El primer poeta», Ana Díaz, la única mujer que acompañó a los repobladores de Buenos Aires, en el cuento, «La fundadora» o el gobernador, Jerónimo Luis de Cabrera, en el titulado «Crepúsculo». En otra dimensión— señala Jorge Cruz —fuera de la palpable realidad, están esos otros cuentos sobre hechizos, apariciones fantásticas, espectros, milagros y fábulas. En estas fábulas hablan seres irracionales, inanimados y abstractos, como por ejemplo una ninfa marina, un hombre que distrae a la Muerte con sus relatos, un prestamistas que ve en un espejo sus desgracias, el anillo de un arzobispo, embrujado, claro está, una muchacha víctima de los maleficios de una mulata. En realidad, este amplio friso de la vida porteña, resume los temas que más preocuparon a Mujica Lainez: el menoscabo por el paso del tiempo, la decadencia, la vitalidad y la amenaza de los objetos, la pasión adolescente, la prioridad del amor, la equívoca relación entre hermanos y entre personas del mismo sexo, el resentimiento del hombre, la tiranía de los prejuicios sociales, la gravitación de otra dimensión de la realidad, la manifestación de la magia y el milagro, la presencia de espectros, y todo esto, además, narrado, como señala Cruz, con una lujosa fantasía.
               
Madurez
   Durante los años 50 y 60 el autor publicó una variada y amplia muestra de su mejor literatura, sobre todo una serie de obras conocidas como la «saga de la sociedad porteña», entre ellos Los ídolos (1953), La casa (1954), Los viajeros (1955) o Invitados en El Paraíso (1957). De esta época son dos cuentos nunca recogidos por el autor y que ahora se publican en esta edición completa de sus cuentos, se trata de «Los anteojos azules» (1951) y «La última Navidad del escribano» (1955). Seguirán otras novelas importantes, Bomarzo (1962) y El unicornio (1965). En 1967 apareció, recordando en cierta manera, su Misteriosa Buenos Aires, las Crónicas reales, aunque no es un libro de tema argentino, sino un indeterminado país, quizá Rumanía. Estas doce crónicas tienen una intención satírica y ratifican la visión que el autor tiene de la Historia. Hércules, el picapedrero, es el fundador de una dinastía, se casa con una Von Orbs, de noble linaje en el reino y se convierte en Hércules el Grande. Así comienzan crónicas irreverentes, divertidas, sobre la sociedad y sus debilidades. Durante los años 70 varios proyectos quedaron truncados, hasta que publicó un libro biográfico titulado Cecil (1972) y El laberinto (1974). El libro El viaje de los siete demonios (1974) está a medio camino entre la novela y el cuento. Cada uno de estos relatos es representativo de los pecados capitales y están enmarcados en el juego de la utopía histórica y en un vasto arco temporal que oscila entre el siglo I de nuestra era hasta el futuro siglo XXIII. Publica dos novelas más, Sergio (1976) y Los cisnes (1977), hasta que en 1978 aparece, en un volumen, una serie de relatos dispersos, El brazalete y otros cuentos. Todos están escritos a lo largo de la década de los sesenta y principios de los setenta; en todos vuelve a lo misterioso, lo insólito, lo que pertenece a un orden convencional.
    Un novelista en el Museo del Prado, fue un proyecto de Televisión Española que, inicialmente, quedó truncado, pero que después, a instancias de su mujer Ana de Alvear, retomó y finalizó en el verano de 1983; en realidad, fue su último libro publicado, una docena de relatos, cuyo nexo de unión es el famoso museo madrileño. El escritor imagina que por las noches cuando las salas quedan vacías, los personajes de la gran pinacoteca se animan y protagonizan escenas variadas, animados sobre todo por el papel que cada uno de ellos tiene asignado en el lienzo o en la escultura de donde proceden. El autor muestra un conocimiento amplio de las obras que alberga el Prado y sobre todo resalta una especial inventiva en esta obra no menos singular que sus anteriores.
     Estos Cuentos completos, con un ilustrativo prólogo de Jorge Cruz, quien se viene ocupando de la totalidad de las obras del escritor argentino desde 1978, recogen toda amplia producción breve de este excepcional representante de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Incluye, además, veinte piezas que Mujica había publicado en diversos medios y que nunca habían sido editados en forma de libro. Formas, relieves y colores, componen el mundo particular de este narrador con una vocación y una predestinación para contar.
 

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