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viernes, 16 de diciembre de 2016

Hoy invito a…



Alejandro López Andrada

     Presenta,Los perros de la eternidad, en la Biblioteca Viva de Al-Andalús, calle Cuesta del Bailío, Nº 3. En el acto intervendrán: Isabel Ambrosio, Alcaldesa de Córdoba, el periodista Francisco Solano Márquez y Javier Ortega Posadillo, editor de Almuzara. El evento tendrá lugar hoy día 16, a las 19´00 h.


Esto es lo que leemos…

    
     La imagen de una mujer muerta en un lago y la de un hombre que cae desmadejado, justo al pie de la tumba en la que entierran a su padre, hilan una trama en la que el tiempo se acorta y estira como un acordeón. Envuelta en una intrigante y poética atmósfera, Alejandro López Andrada -autor de El Libro de las Aguas y uno de los escritores españoles más laureados de las últimas décadas- aborda la historia de un hombre recluido en la habitación de un hospital que va desgranando los momentos vividos en una hermosa ciudad del sur, ahondando a la vez en sus recuerdos de infancia, transcurrida en los años del tardofranquismo, en el ambiente hosco de un poblado minero al que ha de regresar para cuidar de su padre; circunstancias que harán revivir en el protagonista experiencias lejanas junto a curiosos personajes. Esa contraposición entre el mundo rural hoy casi extinguido y una sociedad urbana herida por el desencanto de una crisis no sólo económica, sino también ideológica y moral, es una de las muchas cualidades de esta bellísima novela, en la que se funden la emoción, la ternura, el olvido y la pena, el odio y el amor.
      Trufada de hermosas imágenes, con pasajes de sobrecogedora belleza, Los perros de la eternidad viene a refrendar la maestría de un autor que ha sabido forjar un universo narrativo propio, de una plasticidad nada común.
 

La novela

OVAS


Antes de entrar aquí ya estaba muerto. Eso, al menos, dijeron quienes intentaron reanimarme y, después de varios minutos infructuosos, me alzaron del barro y, subiéndome en un coche, me trasladaron con celeridad al hospital. A esa hora, recuerdo, comenzaba a oscure­cer, y aunque la ciudad no quedaba lejos, me pareció que el viaje no acababa nunca. Cuando uno se muere el tiempo se hace elástico, adquiere de pronto una sutil profundidad en la que el alma se va descomponiendo y la conciencia cambia de color: lo que antes era azul se va tornando opaco, y la realidad adquiere un tono gris.
       Todo ocurrió en cuestión de segundos, y aunque llevo varios días hospitalizado, a pesar del zumbido que aún silba entre mis sienes y la rigidez que me man­tiene inmóvil, recuerdo lo que pasó con nitidez: aquel latigazo violeta en mi cerebro y el sol dando vueltas, girando frente a mí como el canjilón de una noria ya oxidada que agita en la tarde el viento de poniente. No olvidaré jamás esa sensación. Yo estaba asistiendo al entierro de mi padre, rodeado de mi hijo y algunos familiares que habían venido de lejos a acompañar­nos, y me hallaba cansado, en un estado deplorable, deseando que todo pasara cuanto antes, afectado por las circunstancias familiares que en los últimos días había tenido que afrontar, cuando experimenté un dolor muy extraño. Enseguida, intuí que algo no iba bien. Observé a lo lejos las ascuas del crepúsculo, como si el cielo estuviera desangrándose tras la última tapia del viejo camposanto. Luego sentí un profundo olor de ovas que me trasladó a una escena de mi vida que no he superado ni superaré jamás.
       Fue justo en ese momento, no lo olvido, cuando noté que empezó a faltarme el aire. Apenas aspiré aquel eflu­vio verdinegro, algo se fracturó dentro de mí y volvió a mi interior, nítida, una imagen que intento olvidar desde hace muchos años, desde que tengo uso de razón: mi madre tendida, ahogada entre los juncos, flotando en las ovas del atardecer. Observé su cabello largo, des­teñido, su rostro deforme, ya irreconocible, abotargado y roto por el sol.
       De manera súbita retrocedí en el tiempo y, durante unos segundos, volví a instalarme allí.
Vi gente corriendo de un lado para otro, varios perros ladrando cerca de la orilla, números de la bene­mérita, tricornios, la voz seca del juez, hiriente como un rayo, ordenando extraer el cadáver de las aguas, y muchísimas lágrimas, y gritos desolados estrangulando la ocre oscuridad que empezaba a caer ese atardecer de mayo del año 1964 —cinco días después de mi primera comunión— alrededor del lago Marigómez, ubicado cerca del sitio en que nací y viví los años primeros de mi vida: un poblado minero al que tuve que volver, aunque lo aborrecía desde siempre, hace sólo unos meses, con­tra mi voluntad.


Breve biografía
Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) comenzó a escribir muy joven y hasta la fecha ha publicado poemarios como “El Valle de los Tristes” (1985), “La tumba del arco iris” (1994), “Los pájaros del frío” (2000), “La tierra en sombra” (2008) y “Las voces derrotadas” (2011), y recibido premios como el Nacional San Juan de la Cruz, Iberoamericano Rafael Alberti, José Hierro, el Andalucía de la Crítica, el Fray Luis de León y el Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina”, entre otros. Ha escrito asimismo poesía infantil, tres ensayos narrativos sobre la desaparición del mundo rural y once novelas, una de las cuales, “El libro de las aguas” (2007), fue adaptada al cine por Antonio Giménez-Rico. Tras “El jardín vertical” (2015) y "Entre zarzas y asfalto" (Berenice, 2016), resulta ganador del Premio Jaén de Novela, uno de los más prestigiosos del país, gracias a "Los perros de la eternidad". Hijo Predilecto de su localidad natal, en 2007 se dio su nombre a una plaza de la misma ("Plaza de Alejandro López Andrada"); en ella se encuentra la casa donde nació.


 

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