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domingo, 8 de enero de 2017

Desayuno con diamantes, 93



LA RAZÓN DESESPERADA DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

   
       Miguel Delibes, premio Cervantes de 1993, retrataba a Rafael Sánchez Ferlosio como el  nombre de mayores posibilidades de supervivencia en la novela española de posguerra, con categoría suficiente para afrontar la inmortalidad literaria. Para el escritor vallisoletano, su libro,  El Jarama, es una síntesis perfecta de las cualidades del grupo de  «los niños de la guerra». Aún añade que, en Ferlosio se «adivina al hombre impar, el hombre diferente». Dos libros han marcado la trayectoria narrativa de Sánchez Ferlosio, Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951) y El Jarama (1956). El primero toma de la tradición picaresca su estructura narrativa, pero por el tratamiento que el autor hace de su texto, la temática se inscribe hoy en día más dentro del relato fantástico o alegórico; a caballo entre las aventuras de Peter Pan o de Pinocho, como señalara en su momento Ignacio Soldevilla. Renombrados críticos como Alborg, Gil Casado, Sanz Villanueva, o el mismo Soldevilla Durante, han estudiado al escritor dedicándole importantes apartados en sus monografías sobre la novela española de la segunda mitad del XX. Sanz Villanueva calificaba  El Jarama como una de las obras más importantes y representativas de toda la postguerra. Adscrita a un planteamiento fundamentalmente objetivo, se puede declarar como una de las pocas obras españolas de decidido tratamiento conductista o behaviorista. Considerada dentro de un realismo de masas en cuanto que es el grupo y no personaje particular alguno el que protagoniza el repertorio de simples anécdotas.

Una vida
       Rafael Sánchez Ferlosio nació en Roma en 1927 es hijo de Rafael Sánchez Mazas. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense. Formó parte de la denominada generación de los 50 que integra a autores tan representativos e importantes como Ana María Matute, Ignacio Aldecoa, Josefina Rodríguez, Carmen Martín Gaite, con quien se casara, Jesús Fernández Santos y Medardo Fraile. Colaboró, junto a sus compañeros, en Revista Española, medio que regentara tan magistralmente Antonio Rodríguez Moñino. Tras su primera experiencia como narrador en 1951, consiguió el Premio Nadal en 1955 por El Jarama y tras un largo silencio voluntario volvió al panorama literario con Las semanas del jardín (1974-1975), dos volúmenes que recogen sus investigaciones lingüísticas hasta el momento; un nuevo intento de novela se transformó en El testimonio de Yarfoz (1986), una crónica legendaria de estructura épica, para seguir insistiendo en nuevos ensayos como Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado (1986), Campo de Marte I. El ejercicio del mal (1986), El ejército nacional (1986), La homilía del ratón (1986),  Ensayos y artículos. Vols. I y II (1992), Vendrán años malos y nos harán más ciegos (1993), Esas Yndias equivocadas y malditas (1994), El alma y la vergüenza (2000), La hija de la guerra y la madre de la patria (2002), Non olet (2003). La historia, la mujer española, la cultura, el ejército, las autonomías, ETA, Gibraltar, la Iglesia, la guerra entre judíos y palestinos o el redescubrimiento de América son algunos de los temas que, desde el punto de vista crítico, ha planteado Sánchez Ferlosio en sus ensayos y artículos en las últimas décadas. 

Aldecoa y Sánchez Ferlosio
La singularidad de Alfanhuí
       El propio autor definía esta novela como «una historia castellana llena de mentiras verdaderas». Se trata de un libro desconcertante y original al mismo tiempo, porque aplica la técnica de la descripción realista del momento a un cuento, en realidad, fantástico que nos transporta a un mundo imaginario dentro de todo un marco real. Sánchez Ferlosio consigue con su primera novela consumar un estilo que se traduce en un prodigioso artífice lingüístico cuyo realismo tiene tanto de expresión lírica como arquitectura narrativa para conseguir esa zona limítrofe que se le supone a la verdad y a la ficción o como el propio Sánchez Ferlosio calificaba a esta maravillosa historia, «ni novela ni narración tampoco narración poética». La novela se mueve en una constante transmutación de la realidad cotidiana y vulgar por obra de esa fantasía mágica en la que vive su protagonista, Alfanhuí, cuyos ojos graves descubren los aspectos más nimios e insignificantes del mundo circundante. En realidad, se trata de esa especie de don que se le atribuye al alquimista y nigromante para percibir el origen fabuloso y legendario de los misterios del mundo, aunque en Alfanhuí, su espíritu sagaz e industrioso, le lleva a un anhelo insaciable de conocimiento, a adquirir experiencia y saber con respecto a los misterios de la naturaleza y del mundo.  Lo que busca el pequeño Alfanhuí en su aprendizaje como discípulo de un maestro disecador en Guadalajara, es el sonido de las viejas historias que explican el misterio de las cosas que, noche tras noche, le cuenta su maestro.

La originalidad de El Jarama
       De «novela antinovelesca» ha calificado Antonio Vilanova El Jarama, basada en la pintura de la realidad cotidiana, como pocas veces había sido representada hasta el momento en narrativa. Cuenta las incidencias de una jornada veraniega en la que un grupo de dependientas y horteras madrileños van a pasar un día de campo en la orillas del Jarama. La acción se desarrolla en un sólo día, desde la mañana a la noche, y el clima que se respira en el relato es el de un ambiente dominguero. El desarrollo de la acción, sin embargo, discurre en dos planos, por una parte el merendero que regenta el señor Mauricio, donde despacha tras el mostrador a la bulliciosa clientela, su conversación con los habituales contertulios, y la orilla del río, flanqueado por un pequeño bosquecillo, en donde se refugian los excursionistas domingueros para bañarse en las aguas del Jarama. Con una técnica de representación objetiva de los hechos que Cela había puesto de moda con La colmena (1951), en realidad, Sánchez Ferlosio con su novela «no aspira a ser más que un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre». Se trata de un trozo de vida múltiple, integrada por diversos personajes y localizada, como hemos dicho en dos escenarios distintos. Es inevitable que se trate de una narración de atmósfera y de ambiente, de una acción  multipolar y colectiva que no tiene, una aparente, trama argumental con protagonistas, sino que cada uno de los personajes se convierte en la suma de los actos que se describen y el mundo novelesco trata de representar la suma de la vida de todos y cada uno de los personajes. Quizá por eso podamos afirmar que los horteras, empleados, dependientas y jóvenes oficinistas, cuya presencia, en principio, es confusa, se va perfilando a medida que estos hablan, actúan y podemos identificarlos por sus gestos y acciones, para convertirse en la representación de la vida misma y su relación con los demás, en la medida que los vamos conociendo. Y el contrapunto final, la tragedia humana y sin sentido que casi transcurrido el día, cuando la joven decide darse el último baño de la jornada, perece ahogada en las negras aguas del río sin que el resto de sus compañeros perciban el soplo helado de una muerte que empaña la insulsa jornada dominguera. Precisamente, en esta tragedia se concentra toda la ternura, la emoción y el patetismo de una historia tan vulgar que resulta tan verídica como la vida misma.


Los ensayos
       Rafael Sánchez Ferlosio en sus ensayos y artículos ha desarrollado un pensamiento muy crítico con la sociedad contemporánea, escritor de palabras precisas, se documenta  minuciosa y concienzudamente para abordar temas transcendentales. La realidad literaria de Sánchez Ferlosio durante estas últimas décadas ha consistido en una irónica visión de su mundo, con la suficiente capacidad de convicción que resulta dotado de una prosa rica, cuyos temas llegan a irritar por una razonada cultura que va más allá del simple concepto humanista.   

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