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domingo, 22 de enero de 2017

Desayuno con diamantes, 95



VIVIR DEL CUENTO
       
     El género cuento como esa otra forma literaria de tomar el pulso a lo anodino y lo cotidiano, a la soledad y a la incomunicación, o la aceptación de una realidad, lugar donde aún la fantasía y los buenos sentimientos tienen su espacio.

            
    Durante las últimas semanas han proliferado en los escaparates y en las mesas de novedades de nuestras librerías un buen puñado de libros que ofrecen la producción última del cuento o relato breve en España. Algunos de estos autores han ostentado, desde  siempre, el calificativo de ser los mejores cultivadores del género. Escribir un cuento, ha afirmado el joven Andrés Neuman, es como viajar; y, además, hacerlo ligero de equipaje para regresar pronto. Ahora es un buen momento para iniciar este viaje al mundo del cuento de la mano de algunos de los mejores narradores contemporáneos. Los años no han hecho sino darnos la razón a quienes desde siempre afirmábamos que Medardo Fraile (Madrid, 1925) era el más representativo escritor de cuentos en la postguerra española. Lo ha vuelto a repetir, en estos días, Rafael Conte, calificándolo como «el mejor cuentista actual, uno de los mejores de toda nuestra historia y sin duda quien mejor utiliza las armas que tiene en su mano para conducirnos a las esferas de la gran literatura de siempre —y añade, acertadamente—, que sus cuentos no sólo «cuentan, sino que son», y eso es todo».

El magisterio de Fraile
        Una permanente vitalidad le permite ahora entregar Escritura y verdad. Cuentos completos (2004), un volumen editado por Páginas de Espuma. De sus cuentos, editados ahora en su totalidad, se ha escrito que es uno de los conjuntos narrativos más valiosos de la segunda mitad del siglo XX en España, y un testimonio imprescindible de lo vivido por las mujeres y los hombres de la generación de los niños de la guerra. Manuel Cerezales sostiene que en el centro de sus cuentos, siempre está el alma humana. Los aspectos sociales de sus relatos testimonian una realidad circundante, exenta de consignas ideológicas porque obedecen a ese sentimiento humano apuntado. Sus personajes son solidarios aunque pertenecen a una clase media modesta urbana; otras veces escribe sobre obreros y campesinos en un medio más rural. Seres que afirman su singularidad y su autenticidad, su lucha por la libertad, siendo conscientes de que sólo la verdad  los hace libres. Los temas más anodinos e insignificantes interesan al autor y logran un perfecto equilibrio en la composición y en el lenguaje empleado. Características del ritmo su prosa: la precisión expresiva, la sobriedad, su capacidad para sugerir. Sus relatos llevan al lector ante situaciones que producen un profundo sentimiento de tristeza, de nostalgia y de soledad, paliado casi siempre con un finísimo humor. Alguna vez irrumpe la alegría, aunque lo normal es que sus personajes padezcan una fuerte incomunicación y queden reducidos a un presente poco satisfactorio y limitado. No se pierdan de este volumen cuentos como «A la luz cambian las cosas», «El álbum», «El caramelo de limón», «La tonta», «Episodio nacional» o «Murió en tierra de nadie», donde la e moción, el lirismo, la fantasía, campean por sus páginas.

La actualidad de Aldecoa
        El libro de cuentos El corazón y otros frutos amargos apareció publicado en la España de postguerra de 1959, transcurridos veinte años del final de la barbarie civil y cuando en este país las modas literarias empezaban a imitar modelos extranjeros, cuando el neorrealismo italiano imponía su estética mostrando los arrabales, el subdesarrollo y el desencanto de una población que sobrevivía a una hecatombe mundial. Su autor era Ignacio Aldecoa y anteriormente había publicado Espera de tercera clase (1955) y Vísperas del silencio (1955). Para entonces era ya un escritor consagrado al relato. El libro se reedita ahora, por primera vez, cuarenta y cinco años más tarde, en una nueva editorial, Menoscuarto, con una aclaratoria «Introducción» de Fernando Valls. El crítico realiza un repaso por la historia del libro desde su primera salida en la editorial Arión y los pormenores que rodearon a los cuentos publicados antes de la edición. Analiza la totalidad de las once piezas incluidas, muchas de ellas ya publicadas, como era habitual en la época, en diarios como (ABC y Arriba) o revistas (Guía, Alcalá, Ateneo, El Español y Cuadernos Hispanoamericanos). Aldecoa, siguiendo la estética dominante de la época, retrataba las pésimas condiciones sociales de la España  preindustrial durante la dictadura de Franco y en sus cuentos muestra los grupos sociales más desfavorecidos del momento, peones camineros, pescadores, jóvenes ociosos, braceros y jornaleros eventuales, capaces de trabajar en lo más inusual para subsistir; el autor vasco dejaba así constancia, a través de su literatura, de lo que él denominaba la «épica de los oficios».
        El volumen que ahora lector la ocasión de releer incluye algunos de sus relatos más emblemáticos, como por ejemplo, «La urraca cruza la carretera», evidente rechazo del autor a las desigualdades sociales y los sueños que despierta el paso de un automóvil ante la mirada de una brigada de peones camineros; «Young Sánchez», recogido en innumerables antologías y selecciones de cuentos contemporáneos. Uno de los más extensos, dividido en siete partes diferenciadas, donde se cuentan los preparativos llevados a cabo para el primer combate profesional de Paco, sin que al final de su desarrollo sepamos cuál es su desenlace; o «El corazón y otros frutos amargos», relato que deja entrever cómo a lo largo de nuestra vida debemos tomar, simbólicamente, algunos de los muchos frutos amargos que nos vamos encontrando en el camino.

La valoración crítica de Pereira
        La valoración crítica de la cuentística de Antonio Pereira (Villafranca del Bierzo, León, 1923) justifica, en estos últimos años, su inequívoca presencia en el panorama literario español y la edición de Recuento de invenciones (2004), por la editorial Cátedra,  actualiza y pone de manifiesto que los cuentos seleccionados, de un total de ocho colecciones, corresponden a uno de los autores más destacados del género en la actualidad. La sorpresa misma causada por el libro Una ventana a la carretera (1967) —señala su editor González Boixo— con una visión diferente sobre el concepto de relato que incluía nuevas técnicas narrativas o la superación del realismo en otras de sus siguientes colecciones como, El ingeniero Balboa y otras historias civiles (1976); un cierto compromiso social y algo de modernidad en sus Historias veniales de amor (1978), hasta llegar a Los brazos de la i griega (1982), síntesis de tendencias que caracterizarán a sus futuros cuentos y, entre otros aciertos, esa vuelta a la oralidad o la presencia del humor como una característica que no abandonará Pereira en su escritura. El síndrome de Estocolmo (1988) mostraba una mayor implicación del autor, hasta el punto de que se percibe la voz de un narrador, en primera persona, que coincide con el propio escritor y ofrece una complicidad fácilmente perceptible. Picassos en el desván (1991), una colección de relatos mucho más amplia en número y ambición, característica por la brevedad de unos textos que se anticipan a ese concepto esgrimido hoy de microrrelato, porque algunos no superan apenas la página pero ganan en intensidad puesto que se propone una historia sin llegar a contarla. Y dos colecciones más redondearán la producción del leonés, Las ciudades de Poniente (1995), libro enmarcado en una línea narrativa anterior y Cuentos de la Cábila (2000), una especie de memoria personal donde se recuerda buena parte de la niñez y de la juventud. El autor recrea ese tiempo lejano y recupera para el presente una ficción real donde destacan algunas vivencias y numerosas anécdotas no menos curiosas.

        Los cuentos de Pereira se pueblan de esas miradas alrededor que transmiten las situaciones y ofrecen las descripciones de más hondura de la narrativa breve castellana actual. El humor y la ironía dejan paso a planteamientos mayores y en ningún momento el lector debe averiguar el por qué o la razón de la existencia de unos personajes seducidos por los imperativos de la vida. La prosa precisa del leonés se transmuta en una propuesta de sencillez sublime porque se percibe la verdad de unas vidas a través de una tendencia realista practicada por los principales autores de la postguerra española, aunque lejos de esas actitudes patéticas de un humorismo convencional: en el caso de Pereira hay que hablar más de un cariñoso trato de vecindad con sus personajes para tratar algunos de sus temas predilectos. Este Recuento de invenciones, con 378 deliciosas páginas, permite recuperar y presentar a uno de los maestros de la narrativa breve española de los últimos años.

La nuevas inquisiciones de Tomeo
        La brevedad le sienta bien a la literatura del escritor Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1931). Su última entrega, Los nuevos inquisidores (Editorial Alpha Decay 2004), es un extenso libro recopilatorio de relatos que ofrece algunos de los mejores ejemplos de sus colecciones anteriores, recupera otros de publicaciones periódicas y corrige bastantes de ellos aunque también incluye, en igual medida, inéditos que corroboran su filiación al género, léase, también, el microrrelato. La crítica ha coincidido que su forma de concebir el mundo proporciona la visión de una realidad poblada de seres solitarios y frustrados, con aspectos cuestionables del hombre y de la sociedad contemporánea. Sus invenciones contienen abundantes dosis de un dramatismo perceptible, aunque esta hiriente característica quedaría compensada por ese humor absurdo que impregna sus páginas. La visión de la vida de sus personajes, tan esquemática como arbitraria, otorga al lector la capacidad, en muchos sentidos, de sentirse identificado con lo irracional que puedan parecer sus planteamientos.
        Los materiales que utiliza Tomeo para contar sus historias, el tono y el enfoque, el ritmo y la atmósfera, las tramas y los paisajes, el eco de sus voces, el pálpito de una ciudad que es donde se desarrollan las mayoría de narraciones o de un pueblo, invitan a tanta diversidad como aquella visión amplia que nos proporciona la literatura universal, como la que tiene el propio autor. Sus cuentos forman parte de la mitología, del mundo de la fábula, la parábola o las sentencias, recurre a relatos infantiles con sus personajes característicos, incluidos los animales, o las abundantísimas referencias al expresionismo estético de Kafka, la iconografía de Buñuel, los negros y grises de Solana o las greguerías de Gómez de la Serna, por citar autores que interesan destacar en la literatura de Tomeo y que proporcionan al autor todos los guiños posibles para dejar constancia de su irreverencia narrativa. Todos los temas de la obra de Javier Tomeo se encuentran representados en estos sesenta y nueve cuentos, divididos en cinco grandes apartados, con un desigual número de relatos, pero que reproducen esa variedad temática apuntada: la soledad, la esperanza, la piedad o la crueldad del ser humano, la infancia y los recuerdos personales de un pasado vivido, además de una visión onírica y absurda de las cosas. Nadie debe perderse, entre otros, uno de los más extensos, «Conspiración galáctica», aunque no se deben dejar pasar los titulados «Noche de estreno» o «La niña bigotuda».


        Sin olvidar otras entregas como Compañía (Lengua de Trapo), de Cristina Cerrada, Amigos y fantasmas (Tusquets), de Mercedes Abad, El hombre que inventó Manhattan (El Aleph), de Ray Loriga, El ángel de la noche y otros cuentos (Batarro), de Antonio Rubio, Ajuar funerario (Páginas de Espuma), de Fernando Iwasaki, Los girasoles ciegos (Anagrama), de Alberto Méndez, El lector de Spinoza (Páginas de Espuma), de Javier Sáez de Ibarra, A ninguna parte (Menoscuarto), de Josefina Aldecoa, La casa del caos (Algaida/Calembé), de Rafael Ramírez Escoto Cuentos olímpicos (Páginas de Espuma), V.V.A.A., Matar al padre (Algaida/Calembé), Care Santos, con algunos otros nombres de jóvenes autores con un futuro prometedor en el género.

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