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domingo, 29 de enero de 2017

Desayuno con diamantes, 96



JOSÉ EMILIO PACHECO, DISERTACIÓN SOBRE LA CONSONANCIA

  
       Los manuales de literatura señalan cómo José Emilio Pacheco es el escritor más importante de su generación en México porque, entre otras cosas, ha sabido combinar con eficacia el pensamiento crítico y la creación imaginativa durante todo su proceso creativo, tanto el poético como el narrativo, del que es, igualmente, un dignísimo representante. Poeta de la desolación, se le ha llegado a calificar, porque domina desde su juventud los presagios más funestos. Sin embargo, el tiempo le ha llevado a despojarse de una retórica establecida en sus primeros poemarios para adquirir una sensibilidad más contemporánea a partir de No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969). Este giro en su obra viene motivado por la pasión que Pacheco siente por la escritura y su especial consideración hacia el texto escrito, nunca propiedad exclusiva de su autor, como él mismo afirma, sino que la literatura es un producto social que no pertenece a nadie en particular. Su poesía es un palimpsesto donde su voz se fragmenta en rostros apócrifos, voces de otros que dialogan, una mezcla de apasionada devoción lírica de donde surge su auténtica escritura.
       El libro Tarde o temprano (1980) recoge toda la totalidad de su obra poética hasta el momento, después con Los trabajos del mar (1984), Miro la tierra (1986) o Ciudad de la memoria (1989), sus tres poemarios siguientes, ha confirmado ese lugar en el marco de la poesía hispanoamericana de buena parte del siglo XX. Temas como la fugacidad de lo vivido o el desgaste del mundo son permanentes en su amplia producción, así como esa visión pesimista de una infancia y juventud vistas con esa sensación de fracaso que atormenta al poeta, el desencanto hacia la edad adulta, o la denuncia de la situación sociopolítica tan degradada en su país, la crisis de un estado moderno o las crueldades de una historia que se repite una y otra vez.
       La poesía de los mexicanos forma parte de una tradición más vasta —ha señalado Octavio Paz —: la de la poesía de lengua castellana escrita en Hispanoamérica en la época moderna. Esta tradición —añade—no es la misma que la de España, nuestra tradición es también y sobre todo un estilo polémico, en lucha constante con la tradición española y consigo mismo: al casticismo español se opone un cosmopolitismo; a su propio cosmopolitismo, una clara voluntad de ser americanos. Esta extensa cita para justificar cómo los jóvenes Alí Cumacero y José Emilio Pacheco hacia la mitad de la década de los 60 sostuvieron esa necesidad de cambio en la poesía mejicana de entonces, valorando por encima de todo el valor de la dignidad estética, el decoro en el sentido horaciano del término y también la perfección. En realidad, con una idea del tiempo y de una historia propia, con matices y encuentros y desencuentros, los mejicanos han ido construyendo una tradición que con, una asombrosa capacidad para entender todas las influencias posibles, ha abierto sus puertas para permitir toda posible discusión en torno a cuestiones relacionadas con la lírica universal. José Emilio Pacheco (México D.F. 30 de junio, 1939- 26 de enero de 2014),  pertenece, por edad, a ese grupo de jóvenes poetas que a lo largo de los 60 irrumpieron en el panorama lírico mejicano ofreciendo otras posibilidades y caminos que dejarán entrever paisajes y aspectos poéticos novedosos como esa conciencia del mundo que proponían ante la sinrazón del ser humano y todo lo que giraba en su entorno, incluida su denuncia sobre las atrocidades de la historia y su compromiso con la sociedad.

La ciudad y la poesía

       Hay un aspecto interesante en la poesía de José Emilio Pacheco cuando reflexiona sobre la ciudad contemporánea (no olvidemos que él forma parte de una gran urbe como es México D.F. lugar donde nació y sigue viviendo), sus habitantes y cómo estos influyen en la sensibilidad del sujeto poético cuando escribe. Estas grandes urbes comparten características con la creación poética, es decir, el crecimiento de una ciudad a través de sus numerosas autopistas, centros comerciales, trenes subterráneos, producen en el poeta una sensación de desorden y caos que le lleva a escribir sobre aspectos como la desigualdad, la pobreza, el caos. Cuando el poeta mira no delinea las calles, no se deleita con el complejo urbanismo de una ciudad, no admira puentes o edificios, y denuncia los contrastes entre el progreso y el aumento de la pobreza en buena parte de la población, como ocurre en uno de los poemas de Tarde o temprano (1980), «Imagina el porvenir de los colores deslumbrantes./ Contempla la plaza como un inmenso proyecto/de basurero./ Y en vez de quienes comprando tratan de ajus-/tar su imperfección/ humana al imposible entre plastificado que la/ publicidad exige de ellos, mira a los niños que/ buscan sustento en la basura./» Las imágenes presentan, para el poeta, un ambiente desolador en el que la basura funciona como símbolo del desgaste y derroche del consumismo. José Emilio Pacheco escribe, en realidad, sobre los desheredados del progreso y de esos sueños incumplidos. En todos sus poemas se vislumbra ese devenir sin esperanza para la humanidad y así su poesía es, de alguna manera, visionaria de ese mundo que un día podría destruir tanto el espacio como el tiempo. En realidad, buena parte de sus poemas urbanos quieren encontrar alguna salida a la problemática de la ciudad de México D.F. puesto que para él escribir sobre esa gran urbe supone estar inmerso en un mundo complejo que va camino de la barbarie: « Las ciudades se hicieron de pocas cosas:/ madera (Y comenzó la destrucción)/ lodo piedra agua pieles/ de las bestias cazadas y devoradas/ Toda ciudad se funda en la violencia/ y en el crimen de hermano contra hermano/». En algunos de estos poemas la violencia es el eje central y, como tal actitud, se remonta hasta los orígenes mismos del hombre y de su afán por sobrevivir; este ser humano debe destruir para construir por eso los temas de sus grandes poemas son las destrucción y la muerte. Desde sus primeros libros ya se anuncia el desastre, en El reposo del fuego (1966) se puede leer: «Pero los ritmos, imperiosos ritmos, los latidos secretos del desastre,/arden en la extensión de la mansedumbre/ que es la noche de México», y, paralelamente , otras constantes de su poesía el paso del tiempo, el amor y la muerte como sombras de la ciudad que se consume. Desde su primer libro, Los elementos de la noche (1963) hasta El silencio de la luna (1994), Pacheco se inscribe en la tradición de los poetas visionarios. Pese a todos los desastres esgrimidos por el mejicano, naturaleza y cultura sobreviven ante un lenguaje que se niega a sucumbir en las cenizas del tiempo.


Tarde o temprano
       Este volumen recoge toda la poesía de José Emilio Pacheco hasta 1980 y el autor subraya esa labor llevada a cabo a lo largo de cuatro lustros de intensa poesía.  Es, por consiguiente, el más autocrítico de los escritos hasta el momento.  Profundo conocedor de la lírica germana el autor mejicano sabe perfectamente qué encierra este volumen considerado como de «aprendizaje» y así el sentido de su experiencia queda implícitamente adscrito a una estética y a una voluntad de creación superadas en sus primeros libros. Diversas y complejas motivaciones pueblan este libro así como una variedad de formas, metros, estilos que definen ya su poesía de singular. Algunos de estos poemas celebran ese maridaje que se da en la obra de Pacheco, esto es, la lírica más trascendental y la reflexión existencial. La noche se convierte en aliada del poeta y así llega a decir algo como, «No anheles la noche en que desaparecen/ los pueblos de su lugar», la aridez, el desierto, las sombras, provocan ese derrumbe moral donde solo el amor justificaría la pervivencia. Formalmente, Pacheco ofrece en este volumen de 332 páginas una variada galería de ejercicios de escritura con poemas en prosa, églogas, casidas, juegos, aliteraciones, parodias, epigramas, incluso haikús que revelan un proceso original un cuarto de siglo después, vigente y evidentemente, universal.
               José Emilio Pacheco ha llegado a afirmar algo tan contundente como lo siguiente: «La realidad destruye la ficción nuevamente. No me vengan con cuentos, porque los hechos nos exceden, nos siguen excediendo, mientras versificamos nuestras dudas. Y pensemos en serio en todas las cosas que ya se avecinan».


Bibliografía Poética
       Como suele ocurrir con grandes creadores del mundo, la poesía José Emilio Pacheco está poco difundida en España. Cuatro ediciones contabilizadas desde 1984 hasta 2005. Publicado esencialmente por Editorial Era en México. Conocida es, también, su faceta de novelista y cuentista. Ha conseguido numerosos premios como el Xavier Villaurrutia 1973, Premio Nacional de Periodismo en Divulgación Cultural 1980, Premio de Ensayo Literario Macolm Lowry, 1991, Premio Nacional de Ciencias y Artes, 1992, José Asunción Silva (Bogotá, 1996), Octavio Paz de poesía, 2003, Ramón López Velarde (Zacatecas), 2003,  Pablo Neruda (Chile), 2004 y Alfonso Reyes (Monterrey), 2004.

Los elementos de la noche (1963)
El reposo del fuego (1966)
No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969)
Irás y no volverás (1973)
Islas a la deriva (1976)
Tarde o temprano (1980)
Los trabajos del mar (1983)
Existe edición española, Madrid, Cátedra, 1984.
Fin de siglo y otros poemas (1984)
Miro la tierra (1989)
Ciudad de la memoria (1989)
El silencio de la luna (1995)
Existe edición española, Valencia, Pre-Textos, 2002.
Siglo pasado (desenlace), 2000.
En resumidas cuentas. Antología
Madrid, Visor, 2005.

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