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miércoles, 22 de febrero de 2017

Antonio Skármeta



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FÁBULA PARA DEGUSTAR
              
        El escenario de esta novela se localiza en un mapa de Chile. El pueblecito de Contulmo y la ciudad de Angol existen, ambos forman parte de la región de Malleco, al sur del país. Lo mejor —en palabras del propio autor— es que sobresalen por representar escenarios pequeñitos que permiten profundizar en el alma de los personajes; en realidad, secundarios en busca de una oportunidad, y literariamente ofrecen una mayor atención a sus pasiones. Jacques vive allí, es el protagonista de la nueva novela de Antonio Skármeta (Antofagasta, 1940, Chile), que, con referencias cinematográficas y populares, ha titulado, Un padre de película (2010). Aquí el tiempo, tan esencial como indeterminado, se ha detenido en los sesenta.
        El chileno pertenece a esa generación de escritores en cuya obra el lenguaje prima como materia esencial del arte narrativo aunque, el cosmopolitismo y el regionalismo, destacan en la evolución histórica a que el autor ha sometido sus obras desde el comienzo: sus cuentos, El entusiasmo (1967) o Tiro libre (1974), o las novelas, Soñé que la nieve ardía (1975) y No pasó nada (1980), porque incluyen características del resto de la narrativa latinoamericana de los sesenta cuya conciencia y propuesta cultural son comunes. Skármeta sobresale en su firme propuesta de ofrecer la visión de un mundo singular, sus personajes muestran cierta pasividad, en ocasiones abulia, resultan tan inocentes como maduros, despliega una esencial concepción del habla y del estilo, elabora formalmente la estructura de sus textos, se distingue en cómo organiza el tiempo, o en la proyección de sus imágenes, básicas y profundas, que alimentan su postura final: cada detalle nimio con que nos conmueve, para llegar a una visión generalizadora que domina sobre el conjunto.
        El autor de Ardiente paciencia (1985) o El baile de la victoria (2003) nos devuelve con Un padre de película la nostalgia de algo que se fue o que aún está por llegar, en realidad, una fábula para degustar, una novela profunda en su contenido, breve en su planteamiento y extensión. Ahonda en los sentimientos del ser humano, promueve el pensamiento justo y verdadero de un mundo cuya sabiduría habría que buscar en lo popular, asume lo coloquial sin escrúpulos, como el protagonista escribe en las primeras líneas, en una declaración de intenciones: «Compongo mi vida con rústicos materiales de la aldea: el sonido agónico del tren local, las manzanas del invierno, la humedad sobre la piel de los limones tocados por la escarcha de la madrugada, la paciente araña en la sombra de mi cuarto, la brisa que mueve las telas de las cortinas». Una vez expuesto este propósito, Skármeta cuenta la historia de un joven profesor de pueblo, que en sus ratos libres traduce poemas del francés, y explora las relaciones paterno-filiales porque Jacques se sentirá huérfano de un progenitor francés que un día abandonó a la familia para regresar a su amado París. Como complemento a su profesión, el maestro ejercerá de padre con algunos de sus alumnos, el caso de Augusto Gutiérrez que cumplirá años y le pide a su mentor que, como regalo, lo acompañe a la cercana Angol para perder en el lupanar su virginidad. En realidad, estos jóvenes tienden a agostarse en su hipersensibilidad, en su vehemente deseo de búsqueda del sexo, en la lucidez que muestran en su conciencia. Son adolescentes irreverentes, cuya sensualidad y metafísica del cuerpo pregonan, víctimas de su soledad, en mitad de una naturaleza exuberante. El niño Augusto intentará convencerlo interesando a Jacques en alguna de sus hermanas, especialmente en Teresa, la más joven, quien asegura le ha escrito una encendida carta de amor. Antes el maestro, viajará, junto a Cristián el molinero, a la vecina Angol para experimentar ese complejo paso hacia una madurez tan deseada por ambos, y allí descubrirá el secreto familiar que atormenta a la madre, será entonces cuando el proceso de maduración del tímido profesor se acelerará una vez de vuelta en su pueblo natal.
        Skármeta concibe el tiempo de una manera muy diversa, un período único que irá creciendo con el personaje mismo, aunque se desenvuelve de una manera rectilínea y continua, con una duración mínima y una intensidad máxima. El eje temporal de Un padre de familia se canaliza en torno a la experiencia transformadora (madurez/sexo) que sienten sus principales personajes. La dispersión terminará por disipar y hacer posible la certeza de una verdad, que fundamenta la historia completa. Se evoluciona desde el encierro y la soledad hasta la conclusión: lo que denominaríamos, la redención final.






Antonio Skármeta, Un padre de película; Barcelona, Planeta, 2010; 147 págs.

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