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martes, 21 de febrero de 2017

Peter Stamm



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DISTANCIAS
                     
       Cecilia Dreymüller sostiene, en un minucioso estudio, que 1968 es el momento en que se invierten, en gran medida, los diferentes sentidos en que evolucionan las literaturas en lengua alemana. Será en la parte occidental: la RFA, Austria y Suiza, donde se produce una gran politización, se expande un fervor generalizado de cambio social, y se cuestiona cualquier estética literaria. Surgirá una prolongada fase de crisis, fruto del escepticismo respecto a los alcances propios del lenguaje y, sobre todo, a niveles ideológicos. La literatura resultante centra su atención en el individuo, en mitad de un desilusionado ambiente, cuenta experiencias estrictamente personales, incluye frustraciones pequeño-burguesas, o muestra la escasez de estímulos existenciales, focalizado todo tanto en espacios urbanos como paisajes rurales.
     El suizo Peter Stamm (Weinfelden, 1963) afirma que, generalmente, alcanza un determinado estado de ánimo cuando escribe, y a través de ese sentimiento le surge el lenguaje. El tono esencial de su escritura ilustra a un individuo cuando se expone a lo desconocido, de ahí que su literatura, sus novelas y sus relatos, describan momentos en los que todo puede ser posible, y entre las muy notables características de su prosa, el paisaje surge con paralela fuerza, cobra inusual presencia en sus cuentos, que resultan tan áridos y frágiles como se dilucida por la extremada precisión y la fuerza del lenguaje empleado, por sus acertadas y milimétricas descripciones. Sencillez y una inteligible capacidad para construir ambientes, resumen aún más estos relatos.
     El cuento, puntualicemos con certeza, es de los géneros narrativos que atesora seguidores definidos y concretos, baste citar legiones de devotos de autores como Cheever, Carver, Handke, Ford y, aventuramos, con cierta convicción, que tras leer las colecciones de Stamm, los indecisos, se reconciliarán con una literatura que explora ese camino y oscila entre la simple reacción de unos hechos contados, al grado máximo de los mismos, para llegar a través de un lenguaje minimalista a una obsesiva y sorprende verdad, la que mueve el mundo: las reacciones humanas. En una colección como Lluvia de hielo (1999), Stamm reflexionaba acerca de los conceptos de creación y tradición, sin embargo, En jardines ajenos (2003), ofrecía esa otra realidad paralela que da forma y sentido a nuestro yo más cercano; ahora se publica en España, Los voladores (2008), un conjunto de doce relatos tan escuetos y fríos como algunos de los anteriores, con una salvedad: en los presentes, ofrece estímulos o reacciones que en sus personajes conllevan una obsesiva reacción, como se cuenta acerca de una educadora, «La expectativa», que intima con su vecino, bastante más joven, y lo convierte en objeto de su deseo, un excelente relato que abre la colección, y termina, gradualmente, elevando la tensión tanto por el desenlace como por la fuerza en intensidad del lenguaje empleado; casi la misma intensidad sexual que en el final anterior, se percibe en «La ofensa», la relación de dos jóvenes que descubren cierta dependencia emocional, lésbica, con continuas insinuaciones sexuales; y en este mismo sentido temático se incluye, «Tres hermanas». Las expectativas de Bruno en el cuento «El resultado», la tensa espera de un diagnóstico clínico, se resuelven al final, con un escueto, «Pero no será nada. Seguro que no»; y a idéntica conclusión llegará Angelika en «Los voladores» cuando tras verse obligada a cuidar al niño Dominic, dé por finalizada su relación con Benno, y el narrador ofrezca la imagen concluyente de la joven sentada en el inodoro, con el rostro oculto entre las manos, sentido de esa incomunicación con la que Stamm mide el pulso real de una sociedad, cuya convivencia, en pareja, cualesquiera sea su condición, se aleja cada vez más de la huidiza placidez de las relaciones humanas, por ese otro intrínseco malestar, y la levedad que soportamos en un zafio mundo contemporáneo. Es así como lo ve la anciana de «La carta» que descubre, bastantes años después de la muerte del marido, las cartas que este envió a una joven amante, hecho que la obliga a explorar la verdadera naturaleza de los sentimientos de toda una existencia, lo nunca contado y que ahora se vuelve realidad en una muy extensa carta al marido fallecido.
      Los personajes de Stamm tienen el privilegio de intentar convivir en la más absoluta cotidianidad, no se les exigen reacciones extraordinarias, ni deben mostrar actitudes de héroes, pese a las angustiosas situaciones sufridas, aunque en ocasiones logran salir indemnes del dolor que les causa su melancólica circunstancia. Sirva el ejemplo más poético del conjunto, «A los campos hay que acudir...», escrito en segunda persona, ciclo vital con que cierra el escritor suizo Los voladores. Cuenta la vida de un artista que aun en el fracaso de su arte, logra triunfar.






Peter Stamm, Los voladores, Barcelona, Acantilado, 2010.

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