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martes, 7 de febrero de 2017

Jesús Sánchez Adalid



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DE CIVITATE
       
        El hombre siente curiosidad por su pasado y cuando un narrador mezcla ficción y documentación ofrece, a ese curioso lector, la posibilidad de abogar por un género literario delimitado, un concepto que desde el XIX viene otorgando credibilidad a un subgénero: la novela histórica. Ocurrió en este país en la década de los ochenta, cuando se ofrecía un renovado interés por recuperar la narratividad en una época de negación absoluta sobre cualquier realidad pasada; en nuestros días, se vuelve la vista a la majestuosidad de la Edad Media, la Reconquista, la fundación de algunos reinados, sus guerras contra el invasor o las diferentes visiones sobre Al-Andalus.
        El alma de la ciudad, XII Premio de Novela Fernando Lara 2007, de Jesús Sánchez Adalid (Don Benito, Badajoz, 1962), autor, entre otras, de La luz del oriente (2000), El mozárabe (2001) o El cautivo (2004), es una novela histórica o al menos un relato con un excelente decorado que da cuenta, en una primera lectura, de los peligros morales y físicos de toda una vida, la de Blasco Jiménez, su protagonista, cuando al final de su existencia, a modo de expiación, recompone el devenir de sus días mientras viaja, junto a otros cuatro peregrinos, camino de Santiago. Esta posible interpretación se concreta en una asombrosa caracterización de quienes acompañan al afligido arcediano: un fraile anónimo, el joven miembro de una orden de caballería, un mercader y un adolescente; la otra, determina ese complejo proceso documental que transcurre entre los siglos XII y XIII, el reinado de Alfonso VIII, las campañas del monarca castellano, las repoblaciones de sus fronteras con el moro y noticias sobre Ávila, Toledo, Sevilla o la fundación, argumento de la novela, de Ambrosía, la actual Plasencia, villa de larga tradición histórica, sueño, sobre todo, de don Bricio, personaje que buscará su personal De civitate Dei, un legado que proyectará en su mejor creación: el joven Blasco Jiménez, dueño de una dilatada vida llena de aciertos y de equívocos, de luces y de sombras, actitudes que solo al final del relato cobrarán sentido, cuando él mismo dé cuenta de su ambición, comparable a la de su mentor, incluidos  episodios de un desaforado amor por Eudoxia o el relato del sabio magisterio de su amigo musulmán, Abasud al-Waquil, realidades que otorgan a El alma de la ciudad la dimensión definitiva de auténtico relato de ficción.
        Tratado de la vida cotidiana porque, las formas, las relaciones humanas, las costumbres o el pensamiento, se proyectan hasta nuestros días. Sobresale el tratamiento del tiempo, elemento de fondo, con ese profundo respeto por la cronología, aunque simbólicamente ensayado porque asistimos a un tempus histórico y a otro como experiencia vital de algunos personajes que al final completan la trama contada por el narrador, ese misterioso concepto de alcance espiritual que se vislumbra tras el propio fracaso de Blasco, el dolor y sufrimiento manifiestos en su existencia, el posterior reconocimiento de sus pecados y la redención de los mismos, cuando su alma se identifique con la de sus compañeros de viaje, como le muestra el fraile anónimo; su visión despreocupada por los grandes ideales y ejercida como héroe emprendedor, identificada ahora en el joven de la orden de caballería, incluso su terrenal preocupación, práctica y cotidiana, por vivir sin problemas que encarnará el mercader y, finalmente, la visión última de su propia adolescencia, con la simplicidad e ingenuidad que descubre en el adolescente Ludwin Marcial, único acompañante a quien se le otorga un nombre, inicio e inesperado ejemplo de volver a vivir el peligro de un nuevo comienzo.







Jesús Sánchez Adalid, El alma de la ciudad; Barcelona, Planeta, 2007.

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