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lunes, 20 de febrero de 2017

Enis Batur



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EN LA CASA DE LOS LIBROS

   
        La educación humanística tenía a la Biblioteca como su espacio privilegiado. La Biblioteca no era cualquier lugar, ni la palabra que albergaba era cualquier palabra, ni siquiera la experiencia de la lectura era cualquier relación con la palabra. Era, por consiguiente, un espacio en el que se producía el repliegue del tiempo en un lugar cerrado, condición única para la conservación y su rememoración. Sus paredes definían una interioridad, un recinto donde el tiempo no fluye y tampoco puede derramarse. Cada Biblioteca representa una topografía alternativa que nos lleva, de un universo personal y finito, a esa inmensidad del Universo que nos rodea y allí, nuestra Imaginación crea un mapa completamente distinto. Es en este sentido, es así como caracteriza Enis Batur (Eskisehir, Turquía, 1952) el fenómeno del bibliópata que pasa buena parte de su vida coleccionando libros o persiguiendo ediciones raras, buscando papeles o husmeando en documentos que, de alguna manera, palien esa enfermedad, esa sensación de prisionero, que se concreta en la elaboración laberíntica de una biblioteca, situación comparable a la vivida por el mítico Dédalo, o incluso, yendo aún más allá, imitando el subgénero creado por el argentino Borges cuando hablaba del mundo de la lectura cual una inmensa biblioteca con forma y trazado laberíntico donde cualquiera puede perderse de una forma gozosa, sin duda.


       El escritor, poeta y ensayista turco Enis Batur confiesa en un sintético y singular tratado titulado originalmente, «La casa de los libros», traducido en nuestro país por, Las bibliotecas de Dédalo (2009), como en la primera mitad de 1986 se encontraba sumido en uno de los momentos cruciales de su vida: había perdido su Biblioteca y, de repente, no supo qué hacer. Aquello se le antojaba un auténtico espejismo en llamas, luego se transformaría en humo y todo se esparciría por los aires en un nuevo espejismo de cenizas hasta que estas volvieron a él convertidas en un puñado de nada. El desastre le obliga, entre otras consideraciones, a relatar para sus lectores lo ocurrido con la Biblioteca de Alejandría, continúa enumerando como en el 747 a. C. el rey de Babilonia hizo destruir los libros que no trataran de su familia, y en el 213 a. C. Chi-Huang-Ti ordenó arrojar a los ríos los libros que existían dentro de los límites del imperio, exceptuando los de medicina y arqueología, o incluso, en el año 54 cristiano, San Pablo ordenó eliminar, en la mismísima Biblioteca de Éfeso, los libros que se referían a las religiones orientales y al paganismo; más tarde, en el 640 los árabes destruyeron los manuscritos persas, y finalmente, los mongoles, a lo largo de los siglos XI y XIII, destruyeron varios millones de ejemplares en las fabulosas mecas de El Cairo y de Bagdad. Siendo la historia bibliográfica así, el tiempo habría de mostrarle al infortunado Batur el lado oculto de los estantes de una Biblioteca. De una perdida como la suya se desprende, sin duda, el valor de ese estigma que desemboca, indiscutiblemente, en la soledad: la del bibliófilo, aislado en su incomunicación en el país de los libros hasta que, consciente, imitando esa identidad laberíntica, se descubre en la misma situación de Dédalo, rodeado, día tras día, de los estantes dispuestos en las paredes, hasta conseguir unas alas para huir, porque como afirma Batur, el laberinto de su biblioteca comienza en las paredes de su propia casa y desde allí se extiende por la corteza terrestre: una discutible objetividad que tan solo comprenderán todos aquellos que suscriban la subjetividad de esta afirmación.
       Una extraña densidad, una no menos pasmosa levedad justificarían un libro de apenas 90 páginas, con las que Montaigne, Praz, Borges, Warburg y, en la actualidad el propio Alberto Manguel, prologuista y Doppelgänger del propio Batur, asocian esa posibilidad única de ser dueños de una fabulosa experiencia y referencia de muchas lecturas y libros que el bonaerense comparte con el narrador turco, mostrándose borgeanos en la media que se reconocen deudores de sentirse enfermos de atesorar libros y más libros, estanterías y bibliotecas, tinta y papel con esa fruición engolada para contar, en ambos casos, esa autobiografía posible. Existe en Las bibliotecas de Dédalo una estructura, paralela, calculada en la medida exacta de los capítulos: veintidós que, aunque de una asombrosa brevedad, logran, en un premeditado espacio, el clima adecuado en el lector para que siga leyendo con fruición, porque todo el volumen, con esa megalomanía bibliográfica, representa nunca mejor el conjunto: la auténtica casa de los libros.







Enis Batur, Las bibliotecas de Dédalo; Madrid, Errata naturae, editores, 2009.

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