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lunes, 13 de febrero de 2017

Pablo de Santis



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INSÓLITA BABEL
                      
        Los rascacielos, catedrales del presente, resumen los conocimientos y ambiciones de toda una época, así lo manifiesta el joven arquitecto Balestri a su amigo Oskar Pollak, un experto en arte, quien declaraba, a su vez, que aquellos edificios no eran sino una colección de espacios vacíos. En realidad, este personaje, reconocible por su amistad con Kafka, y cuya sombra se extenderá a lo largo de toda la novela, bucea en las cosas desde esa perspectiva errática que las origina, con una visión de carácter microscópico, escudriñando secretos, explorando escondites, indagando en los recovecos de todas las cosas.        
        La historia del arquitecto Silvio Balestri es la de un anhelo imposible: la construcción del mayor rascacielos que diera una respuesta arquitectónica al mito de la torre de Babel. Es así como La sexta lámpara (2008) se convierte en la novela más ambigua, amarga y extraña de cuantas ha escrito hasta el momento Pablo de Santis (Buenos Aires, 1963), autor de El calígrafo de Voltaire (2001) y El enigma de París (2007), dueño del talante festivo y lúdico de la prosa de Borges y de Bioy Casares, heredero de una tradición literaria que desacraliza lo policial o la ciencia-ficción aunque apuesta por un artificio verbal especulativo, aparentemente casual que impone la asociación, como bien se muestra en algunos episodios de esta deslumbrante novela. Mientras miles de jóvenes mueren en los campos de batalla en una devastada Europa de 1915, el joven arquitecto abandona Roma, viaja a bordo del Aquitania rumbo a Nueva York, la ciudad de los rascacielos y de sus sueños, para concebir el proyecto de su vida, el Zigurat, el complejo que reúna en un solo ejemplo, todas las torres de la isla de Manhattan, capaz de proyectar, según sus teorías, una arquitectura llena de significados. Su talento se verá muy pronto recompensado, asciende en la compañía que realiza todos los grandes edificios de Nueva York, pero se enfrentará al Club de las Seis Lámparas, secta secreta que impone sus reglas y criterios sobre estas construcciones. Moran, Morley y, sobre todo, Mactran, se unirán al proyecto, aunque tanto el arquitecto como los socios descubrirán que, cada vez que planean su ejecución, surge una complicación que modifica planos, rechaza lugares para su ejecución o se vislumbran problemas económicos. Una suerte de conspiración atenaza esta historia de ficción arquitectónica porque su realidad física va más allá de las leyes elementales del arte de construir. Balestri triunfará, a lo largo de los años, en aspectos teóricos porque, entre otras cosas, ha conocido a Caylus, dueño de un museo donde se exhiben todas las maquetas de construcciones fracasadas, y quien remitirá los escritos de su protegido a revistas especializadas y mantendrá correspondencia con colegas del mundo que pronto harán circular sus teorías por la vieja Europa. Paralelamente, su vida personal se mueve por las mismas premisas que sus teorías: la joven Greta Zolla que había conocido durante la travesía, Ana, su amante, y posteriormente Vera, las tres mujeres de su vida, parecen haber perdido la significación de su existencia en medio de una ciudad impersonal. Aún así, Balestri se propone levantar su Zigurat con la dignidad que debe irradiar un edificio, con la capacidad racional de envejecer con el paso de los años.
        La novela, construida cual un edificio en 100 capítulos breves, está ambientada en los albores del XX, evidencia la gran crisis y el significado de la arquitectura en el contexto del nazismo, y su significado tras la Segunda Guerra Mundial. En realidad, en La sexta lámpara, toda la historia, incluidos sus personajes, parecen nacer de una quimera, siguiendo esa condición kafkiana que afirmaba que todo libro debería ser un auténtico sueño.  




La sexta lámpara; Pablo de Santis; Destino, 2008; 283 págs.

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