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jueves, 23 de febrero de 2017

Patricia Esteban Erlés



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MASCOTAS
       Aunque ocurran cosas extraordinarias, aquellas que suponemos rompen las leyes naturales y nos encontremos ante hechos difíciles de explicar, aunque esta colección de cuentos se sirva de imágenes alegóricas, de universos paralelos y, como lectores, nos veamos obligados a elaborar algunas posibles hipótesis sobre lo leído, conjeturas que difícilmente pueden resultar definitivas, y cuando en estos trece cuentos se nos muestre que la realidad no es tan estable y sólida como parece, sino que forma parte, al menos, de dos planos diferentes: lo real y la sorpresa; sobresale, en ellos, la imaginación de Patricia Esteban Erlés (Zaragoza, 1972), característica que no surge de una proyectada evasión de la realidad, más bien profundiza en ella. Estas y otras cualidades, llamaron la atención de la crítica hace un par de años en sus dos libros de relatos anteriores, Abierto para fantoches (2008) y Manderley en venta (2008), el último como ensayo de una colección de interesantes relaciones duales, con unas deliberadas comunicaciones inequívocas, incluso con un cierto sentido de culpabilidad en la mayoría de sus historias pero, sobre todo, con una trama secreta que, de alguna manera, convertía un espacio cerrado en cómplice de esas otras muchas posibilidades de relaciones que la aragonesa se permitía con sus personajes, otorgándole a sus cuentos el beneficio de una trama enigmática que transportaba a los lectores a otra dimensión, a ese lugar donde lo superfluo y las complacencias brillaban por su ausencia, hecho que demandaba una lectura atenta, capaz de discernir las oportunidades que ofrecía un libro bien escrito como Manderley en venta.
               El poeta André Chérnier afirmaba que el dolor reclama soledad, la tristeza  comparece en igual proporción, levanta un muro entre dos mundos, sentencia que nos viene a la mente tras la lectura de Azul ruso (2010), la nueva colección de cuentos de Esteban Arlés, cuyo sentido último se concreta en la crónica de una decadencia actual, en la abolición de un mundo reconocible porque sus criaturas comparecen en la escena como auténticas prisioneras, le ocurre a Emma Zunz («Azul ruso»), la protagonista de uno de sus cuentos más extensos, que habita en un edificio de la calle Klementina, 12, convive con sus gatos, ancestralmente, animales misteriosos, muy independientes, en ocasiones traidores y poco previsibles. Este misterioso personaje sobrevive a la melancolía que le proporciona el color azul que, en gran medida, vertebra su vida. El universo de la mujer sobrevive en estos cuentos, cuya vida subterránea, paralela, tan aislada como real, se muestra en sus relatos más significativos, y así Zunz vive al margen, es una especie de hechicera o mujer-gatuna, felina en sus actuaciones y, por consiguiente, sin corazón. La narradora crea un mundo a su alrededor para que sus historias tengan cierta consistencia, un espacio donde sus variopintos personajes, una cajera, una adúltera, un superhéroe («Superwind»), envejecido y gordo, un maquillador de cadáveres («La chica del UHF) o una pareja de jóvenes («Mudanzas») que se replantea su relación por problemas con una iguana abandonada, sobreviven en una realidad cotidiana, inamovible, porque es verdad que lo tangible siempre esconde los pliegues de una irrealidad, de una fantasía que basamos sobre una experiencia y que optamos por olvidar. Muchos de estos cuentos ocurren en habitaciones cerradas cuyo significado último atisbamos solo con la imaginación, o cuya realidad se muestra distinta tanto para quien lee como para escribe, porque algunas de estas mascotas de las que nos habla Esteban Erlés surgen en el espacio vacío de un interior no menos desocupado. En estos cuentos sobresale, en igual proporción, el revés oscuro de las relaciones humanas, un hecho que le proporciona a la narradora maña un mecanismo de lectura muy alejado de esa realidad esgrimida, que ya surgía como propuesta posible en anteriores entregas suyas; ahora es otra la realidad que recrea y alimenta estas nuevas historias. Sobre todo porque, nunca sabemos si las cosas que se narran ofrecen la fiabilidad que se le supone siempre, o más bien vislumbramos imposibilidades susceptibles de ser tenidas tan solo en cuenta. La línea que separa lo real de lo fantástico, incluso de lo imaginario es, en ocasiones, tan débil como perceptible. Estos cuentos postulan referentes que provocan en el lector alguna duda y, por supuesto, reacciones inexplicables a situaciones menos razonables, porque en la mayoría de ellos, en realidad, este, y otros hechos, consiguen mostrarnos una visión inquietante.
               Lo mejor de Azul ruso, la opresiva soledad e incomunicación que suele estar detrás de un notorio registro repleto de ironía, de un profundo sentido del humor, carcajada incluida, y un tono tan sarcástico que cualquiera pudiera pensar en un mundo totalmente diferente.







Patricia Esteban Erlés, Azul ruso, Madrid, Páginas de Espuma, 2010; 131 págs.

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