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martes, 1 de mayo de 2018

Desayuno con diamantes, 136



LAS PROSAS DISPERSAS DE ANTONIO MACHADO
              
       El volumen Prosas dispersas (2001), en edición de Jordi Doménech, reúne los escritos dispersos del poeta Antonio Machado desde 1893 hasta 1936, el inicio de la guerra civil. Setenta y dos de los textos nunca había sido publicados hasta el momento en las Obras Completas del poeta sevillano. Añaden, pues, una visión más amplia de su labor más íntima y personal. Páginas de Espuma, actualiza, la obra de este poeta de permanente actualidad.


       Afirmar que Antonio Machado es uno de los grandes nombres de la literatura española del siglo XX es algo que no cabe cuestionar, y afirmar que la edición de sus obras a lo largo de estos más de sesenta años después de su muerte se ha venido realizando de una forma ordenada aunque también compleja, cotejando e investigando sobre su poesía, su prosa, su teatro, sus artículos, ensayos y prosas más dispersas, viene a poner de manifiesto la grandiosidad de la misma. Desde las Obras, al cuidado de José Bergamín en México, 1940, las Obras Completas, de editorial Plenitud, 1947, la edición de la Poesía y la Prosa, reunida por Aurora de Albornoz y Guillermo de Torre, en Buenos Aires, 1964, las Poesías Completas, con prólogo de Manuel Alvar en 1975, pasando por la edición crítica de Oreste Macrí, de 1989 y que, en los cuatro volúmenes, se incluyen. Tomo I: Introducción. Tomo II: Poesías Completas. Tomo III: Prosas completas (1893-1936) y Tomo IV: Prosas completas (1936-1939).
       Editar unas Prosas dispersas (1893-1936) en la que se recogen 256 textos, de los cuales, 72, nunca habían visto la luz en obras y en ediciones anteriores de Machado, añade nuevos valores a la obra monumental del poeta sevillano. El autor de la edición, Jordi Doménech, aclara que, a pesar de la voluminosidad de la edición, tampoco pueden considerarse estas «Prosas» completas, aunque, evidentemente, se trate de la recopilación más exhaustiva realizada hasta el momento. Conviene recordar que, posiblemente, numerosas cartas, algunos manuscritos, borradores, colaboraciones de diversa índole, mucho material publicado en revistas literarias o en otros medios de difusión, continúen sin aparecer y no puedan ser añadidas a la «Obra Completa» y definitiva del poeta del 98. Todos los escritos incluidos en esta edición han sido cotejados con sus originales, una labor que nunca antes había sido realizada de un modo sistemático; la ordenación es rigurosamente cronológica, quizá porque es el método más abstracto y porque en ningún momento estos textos fueron publicados para ser editados en forma de libro: su heterogeneidad, por consiguiente, muestra una inalterable estructura que en ningún caso pueda darse como concepto mismo; según el editor, la intemporalidad permite ver un «Machado en el tiempo», en realidad, aquello que preocupaba al poeta: los acontecimientos sociales, culturales y políticos, incluso se puede perfilar la «evolución de su pensamiento, a través del seguimiento de sus textos. La abundancia de notas reflejan el interés y sobre todo la exactitud de las fichas bibliográficas que, según el editor, en ediciones anteriores de la obra machadiana, están repletas de errores.
       La edición se inicia con sus colaboraciones en la prensa madrileña, las realizadas entre 1893 y 1907, sobre todo en La Caricatura, Electra, Renacimiento; su estancia en Soria (1907-1912), colaboraciones en la prensa como El Avisador Numantino, Noticiero de Soria, Tierra Soriana El Porvenir Castellano, además de numerosas cartas a Unamuno, Darío, Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, Martínez Sierra; su estancia en Baeza (1912-1919) desde donde enviaba colaboraciones a Madrid y Soria, cuestiones sobre pedagogía, nuevas cartas a Juan Ramón Jiménez, Unamuno, su amistad y sus libros, las dirigidas a Francisco Giner de los Ríos, Ramón del Valle-Inclán, a su hermano Manuel; su traslado a Segovia (1919-1932) y de nuevo una abundante correspondencia con Unamuno y Juan Ramón, Gerardo Diego, un discurso sobre «Literatura Rusa», varias colaboraciones tituladas «De mi cartera», publicadas en La Voz de Soria, a lo largo del año 1922, reflexiones sobre la obra de andaluces como Moreno Villa, Alberti, el grueso de las cartas a Pilar Valderrama, los distintos estrenos teatrales de ambos hermanos, Manuel y el propio Antonio, el proyecto de discurso de ingreso en la Real Academia Española; su vuelta a Madrid (1932-1936), que incluye cartas a Federico García Lorca, Jorge Guillén, entrevistas con el poeta, algunas de ellas publicadas en El Sol, La Voz y finalmente, un apartado de Anexos y colaboraciones periodísticas en La Caricatura, firmadas como «Tablante de Ricamonte» y «Varapalo».


Prosas dispersas
       ¿Qué prosas dispersas son las que se editan?—se pregunta se pregunta Rafael Alarcón Sierra en las casi 100 páginas de la «Introducción». Textos privados en su mayoría—afirma—escritos originalmente para no ser leídos en su mayoría, sobre todo las tres cuartas partes que componen el epistolario, aunque también se incluyen inéditos o escritos para la prensa periódica junto con prólogos y conferencias. Lo interesante es que a través de esta escritura privada podemos asistir al proceso de maduración de sus ideas y de su escritura. Numerosas anotaciones salpican sus cuadernos que con el tiempo se convirtieron en textos periodísticos, informes o notas sobre libros. Es curioso, también, que su producción periodística se centre más en la prensa de provincias, a partir de 1908, y en medios como Tierra Soriana, El Porvenir Castellano, La Voz de Soria, Idea Nueva, Manantial o El Heraldo Segoviano. Esta especie de exilio provinciano explicaría la intensidad del epistolario con compañeros de oficio. Una doble dimensión se ha adjudicado a su escritura pública y privada: la cívica y la estética que llevarían al poeta a ensayar todo tipo de géneros periodísticos, desde artículos satírico-costumbristas, hasta semblanzas, siluetas o estampas elogiosas de autores como Enrique Paradas, María Guerrero, Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno, José Martínez Ruiz, Azorín, Ramón del Valle-Inclán o Pío Baroja. Otro de los géneros ensayados por Machado será el de la crítica literaria, un ejercicio que—como señala Alarcón Sierra—«tiene un carácter subjetivo, asistemático e impresionista, como corresponde a su tiempo y estética, en la que Antonio Machado reseña, por su propia iniciativa, los libros de sus amigos y compañeros modernistas, principalmente en los primeros años del siglo». En los años veinte sus críticas se convertirán en la variante de las autocríticas a sus obras y adaptaciones teatrales, publicadas fundamentalmente en las páginas de ABC.  Cuando el tema es cívico o político los artículos son más largos y, generalmente, de corte ensayístico. Sin embargo, sus textos de ficción fueron escasísimos, una parábola, la leyenda soriana de «La tierra de Alvargónzalez» o el relato autobiográfico o costumbrista «Casares o Perico Lija». Algunas entrevistas y encuestas de carácter político datan de los años 30, aunque no firmadas por el poeta reflejan, eso sí, la profundidad de su pensamiento, cierran el capítulo de la prensa diaria. Quedarían al margen de todo ese material, los prólogos para sus propias obras y otros autores: Gerardo Diego, Azorín..., y algunas presentaciones orales de Unamuno, Ortega, Marañón o Pérez de Ayala. No resulta menos curioso el proyecto de discurso inacabado para su ingreso en la Real Academia Española.

Las cartas
       Se reproducen en esta edición un amplio epistolario que refleja la escritura más íntima y personal de un Machado que solicita respuestas a unos corresponsales con quienes pretende un intercambio de opiniones. La abundancia de estas cartas se refieren básicamente a autores como Unamuno, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, Gerardo Diego y Pilar Valderrama. Alarcón Sierra señala que, puesto que se trata de una correspondencia privada, el tono íntimo, confesional, determina el tono, la intensidad y el contenido de estos textos, además, el propio Machado, utiliza una forma epistolar distinta en cada uno de los casos, el más significativo, evidentemente, es el de Pilar Valderrama, en realidad, calificado como «el epistolario de amor». Treinta y seis cartas fechadas entre 1929 y 1932 se conservan de las más de doscientas que admitía la destinataria haber recibido del poeta. Dos aspectos sobresalen en esta correspondencia, en primer lugar que se trata de unas cartas con un contenido de una íntima complicidad amorosa, en un segundo, la gran extensión, la regularidad, la frecuencia y el afán, siempre, de tener noticias. Como se ha señalado, la misión última de estas cartas es «hacer soportable la ausencia de la amada, en espera de ese reencuentro que se realiza, siempre, los viernes en Madrid a donde Machado suele viajar desde Segovia». En estas cartas observamos a un hombre que exclama, se interroga, requiebra, se exalta, se desdice y se arrepiente de algunas cosas, pero la confianza y la intensidad de este epistolario amoroso mantiene, deliberadamente, la espontaneidad y se lee bajo un aspecto muy diferente: se trata de un Machado arrebatado, como no acostumbra a ser, aunque en realidad, evidentemente, se trata de un correspondencia que oculta un secreta historia de amor.

Reflexiones en torno a la lírica y el teatro
       Sus primeras declaraciones en este sentido las comparte con Unamuno, a su vuelta de Francia, y en los primeros años del siglo. Vuelve afirmando que «el artista debe amar la vida y odiar el arte». Machado insiste en su visión estéticas en las abundantes reseñas que realiza sobre las obras de sus compañeros modernistas: en obras de Antonio de Zayas, sobre todo en su visión parnasiana frente al simbolismo, aunque tilda de solipsista y nostálgico el poemario de juventud de Juan Ramón Jiménez, Arias tristes. Durante su estancia en Soria, el poeta intensificará su compromiso cívico y social respecto a sus ideas poéticas, cuyo resultado final que daría lugar a su obra más emblemática, Campos de Castilla. Este poemario es la síntesis machadiana de ese doble espejismo, «la realidad interior y la realidad exterior». La influencia de Unamuno será determinante en Machado, sobre todo porque iniciará una correspondencia con Ortega y Gasset a partir de la segunda década y de haber reseñado el filósofo su segundo poemario y afirmar. «el alma del verso es el alma del hombre que lo va componiendo». En Baeza el poeta está más comprometido con su conciencia cívica que la poética, pero sus ideas sobre la lírica quedan magistralmente expuestas en el prólogo al poemario Helénicas (1914), de Manuel Hilario Ayuso, y hace así compatible su preocupación política y la poética. Huye, por tanto, de la idea divinizadora del arte al que no verá una finalidad sino un medio de expresión. Machado adopta nuevos conceptos con algunos nuevos poetas que él considerará encarnan el futuro de la lírica, por ejemplo, con Gerardo Diego y con José Moreno Villa, y considera que los poetas del ayer centraron su visión del mundo en el interior, en el culto al yo, en lo subjetivo y los del mañana pretende se centren en el exterior, en el descubrimiento del otro.
       En el proyecto de discurso de ingreso en la Real Academia Española pretende sintetizar su pensamiento poético, y aunque dice haberlo empezado en 1927, a lo largo de 1929 insiste en que está dedicado a él y se lo hace saber a Diego, Unamuno, Pilar Valderrama, pero el borrador conservado es de la segunda mitad del 1931. No está acabado, no fue leído y, por consiguiente, no fue publicado. En este discurso expone las ideas líricas que había venido defendiendo desde comienzos de siglo en cartas, artículos, entrevistas, reseñas... El poeta confiesa realizar un examen de conciencia al plantearse las cuestiones de la poesía, algo que siempre le había preocupado intensamente.
               La verdadera cultura para Antonio Machado estaba en la que podía ofrecer el pueblo. Para el poeta la dimensión cívica de la vida española se prolongaba a través de su obra poética y de todos sus escritos. En su correspondencia siguió vivamente la política y la ideología que trazaron en sus vidas pensadores de la talla de Unamuno y Ortega; pero además, recibió la educación de la Institución Libre de Enseñanza y el recuerdo de su director, Giner de los Ríos, además de otro nombre importante de la época, el regenerador, Joaquín Costa. Machado siempre había propuesto un profundo conocimiento de España para iniciar su reforma, y para ello nada mejor que el estudio de la vida rural y poder llevar a cabo su «punto de vista folklórico». Pronto se sumará a ese proyecto que habían iniciado autores como Baroja, Azorín, Valle-Inclán e incluso Unamuno, «el contacto inmediato con la realidad española». La regeneración del país debía producirse a través de la educación, la cultura y el trabajo. La de Antonio Machado con libros como estas Prosas dispersas, en la ejemplar edición de Jordi Doménech y la introducción de Rafael Alarcón Sierra. El resto del poeta se hace a lo largo del camino, como el caminante, siempre volviendo la vista atrás.

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