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jueves, 13 de septiembre de 2018

Hoy invito a…


José Antonio Sáez Fernández



UNA VIVENCIA EMOCIONAL DEL MUNDO RURAL
          

    Desde sus orígenes, la literatura, y la poesía en especial, se mantuvo unida a la naturaleza. De alguna manera, todos los grandes poetas que en el mundo han sido han venido plasmado en sus textos el sentimiento de la naturaleza, haciendo sintonizar, en muchas ocasiones, sus estados de ánimo con la misma naturaleza. Desde Horacio y Virgilio a Garcilaso y Antonio Machado.
 El recordado catedrático de Literatura Española de los Siglos de Oro de la Universidad de Granada, don Emilio Orozco, tituló así uno de sus mejores ensayos: “Paisaje y sentimiento de la naturaleza en la poesía española” y aquellas enseñanzas las desbrozaba en las clases de quienes fuimos sus privilegiados alumnos. En el primer renacimiento, algunos poetas como fray Antonio de Guevara, a quien se consideraba dentro de la reacción clasicista que reivindicaba el verso octosílabo frente a la defensa del alejandrino y que otros poetas como el marqués de Santillana, Juan Boscán y, sobre todo, Garcilaso de la Vega intentaban implantar en la poesía española; escribió un “Menosprecio de corte y alabanza de aldea”, reivindicando la vida rural frente a las intrigas de la cortesana, lo cual se había convertido en todo un tópico literario, junto al de la Arcadia feliz.
          Pero ese idílico estado de circunstancias inició su declive en el siglo XIX, con el abandono progresivo de los núcleos rurales, cuyas gentes venidas del campo acudían a las ciudades y a sus núcleos industriales en busca de una vida mejor, ante el olvido que sufrían por parte de los gobernantes y las oportunidades laborales que aquéllas ofrecían. El campo comenzó a convertirse en nostalgia, frente a la ciudad y su deshumanización, sentimiento que algunos califican de “pequeño-burgués”. La obra de los escritores de la Generación del 98 supuso un aldabonazo en las conciencias de los lectores al denunciar la postración y el atraso de España respecto a Europa, y en especial de los pueblos y el paisaje castellano, donde residía la esencia de España: su alma. Así en las obras de Unamuno, Azorín y Antonio Machado, por citar algunos casos más significativos. Ya en el siglo XX ese estado de abandono y degradación no hizo más que agudizarse y la despoblación del mundo rural y el interior de nuestro país aumentan de forma alarmante hasta avistar, en el siglo XXI, el total abandono de muchos pueblos o la práctica desaparición de otros con la huida a las ciudades. No obstante, muchos de nuestros pueblos resisten afianzados en su identidad y en su historia, y buscan nuevos caminos de recuperación económica y poblacional que les permitan perdurar en el tiempo y conquistar un futuro posible para sus gentes.
          No sería una exageración decir que los nuevos poetas que evocan y cantan con nostalgia dolorida su infancia rural viven ya, en muchos casos, en las ciudades y son plenamente conscientes de la desaparición de ese mundo natural, esencial y verdadero, pleno de autenticidad y hecho a la medida de lo humano, en donde transcurrió parte de su vida. La postmodernidad, la postverdad y la globalización han acabado con un estilo de vida en que el hombre podía alcanzar cotas de autenticidad mucho mayores de las que, al presente, disfruta el urbanita. El bienestar material y la apuesta de los gobernantes por las ciudades, su política de centralización de servicios ha obligado a los habitantes de los núcleos rurales a su abandono, al carecer de los más elementales servicios que la sociedad actual han convertido en imprescindibles.
          En este estado de cosas, ¿tiene sentido una antología como la titulada “Neorrurales”. Antología de poetas de campo”, publicada por la editorial cordobesa Berenice, en edición del escritor y crítico literario Pedro M. Domene (Huércal-Overa, Almería, 1954), a cuyo buen hacer corre tanto la selección de los autores como la introducción del volumen. A muchos puede parecer un gesto romántico y altruista, a la vez que supone un reto para el antólogo y para la editorial, pues, como digo, en ambos casos hay una apuesta no exenta de riesgo. En realidad, toda antología supone una apuesta y un riesgo que se configura o materializa según los criterios y el parecer, más o menos atinado, del antólogo; con la aquiescencia, quizá, de la editorial. Tarea de nostálgicos, dirán unos; discordante o de desfase, dirán otros; por no hablar de los ideologizados al tratar el fondo de la cuestión. Entiendo que en los textos de los poetas antologados no hay reivindicación expresa de ese mundo rural que parece haber perdido definitivamente la partida, lo cual se adivina, del mismo modo, asumido por sus cantores. Tampoco leemos en los textos recogidos denuncias notables sobre el deterioro del mundo natural frente al urbano, debido a la depredación humana, a la contaminación del mundo natural (ríos, aire, erosión provocada, etc.) Más bien, se trata de un mundo evocado con nostalgia y proclive a la expresión de las emociones más sinceras y auténticas, alejado de la vaciedad, la superficialidad, la mentira y la deshumanización de la sociedad urbana, implacablemente impuesta y que ha venido seduciendo, con sus emblemas de bienestar y progreso a cuantos habitantes de los núcleos rurales se sintieron impelidos, si no seducidos, a abandonarlos. Se evocan lugares y paisajes, pero sobre todo la humanidad, la nobleza y los valores aprendidos de los seres queridos que conformaron la muralla de resistencia contra la llamada y el acoso urbanos. La reivindicación del campo y de la naturaleza frente a las ventajas de la vida en las ciudades no supone, pues, nada nuevo. Sí lo es el tono, el acento, la modulación con que los ocho poetas seleccionados por Pedro M. Domene para esta antología de poetas de campo, que se han venido a reunir bajo el epígrafe de “neorrurales” y que cito a continuación: Alejandro López Andrada, Fermín Herrero, Reinaldo Jiménez, Sergio Fernández Salvador, Josep M. Rodríguez, David Hernández Sevillano, Hasier Larretxea, Gonzalo Hermo. Cada uno de ellos con diez poemas de muestra, más una nota biobliográfica y una poética, los cuales nos esclarecen tanto la trayectoria personal y literaria de los poetas como las diversas maneras de entender el propio ejercicio poético en relación con tema propuesto. No encuentro apenas puntos de comunión entre las diversas poéticas, pues cada poeta responde a unas motivaciones y a unas circunstancias personales en su quehacer poético, al menos en lo que ellos hacen explícito en sus propuestas. Quizás lo más significativo sea esa vivencia emocional, evocadora, como del desterrado o el expulsado de su patria que siente la escisión en su interior entre las vivencias de infancia y adolescencia y los días de madurez profesional vividos en ámbitos distintos. Las particularidades físicas del paisaje y el paisanaje que conformaron gran parte de la personalidad poética de estos autores son obvias, pero la esencia no cambia de forma notoria. Cada uno con su estilo y su personalidad, pero con el aliento común que permite al antólogo aglutinarlos con intención reivindicativa y hasta, en cierto modo, provocadora.
          Una antología temática inusual y arriesgada, una apuesta por unos autores que, en algunos casos tienen un nombre y una obra más reconocida y consolidada que otros; pero en todos ellos válida.








Neorrurales. Antología de poetas de campo.
Selección e introducción de Pedro M. Domene
Berenice, Córdoba, 2018.

                 

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