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miércoles, 12 de septiembre de 2018

Una novela griega de Francisco Villaespesa


ZARZA FLORIDA

                         Novela griega




II

       En un extremo de la plaza se aglomeraba atenta la muchedumbre.
       Un extranjero hablaba, lentamente, con voz severa.
       Su perfil se destacaba con el vigor de líneas de un bajorrelieve, esculpi­do nítidamente en la serenidad azul, sobre el fondo verdoso de los jardi­nes cercanos.
       Los cabellos descendían, enmarañados, sobre los hombros atléticos.
       Luengas barbas grises solemnizaban la salvaje energía de aquel rostro visionario.
       Sus ojos de águila relampagueaban bajo el arco de las ásperas cejas.
       Vestía tosco sayal ceniciento, y al hablar, las manos se elevaban, en un gesto de bendición, hacia el cielo.
       —Atenienses— decía —vivís de supersticiones. Mas en vuestro san­tuario, también se alza un altar con esta inscripción.
       “Al Dios no conocido”.
       Yo os hablo en nombre de esa Divinidad que honráis sin conocerla.
       El Señor, como creador del cielo y de la tierra, no habita templos fabricados por la mano del hombre.
       ¿Por qué, pues, buscáis a Dios, palpando en las tinieblas, como ciegos, si en ninguna parte se halla?
       El está, sin embargo, dentro de nosotros. En Él vivimos y nos movemos, y somos, según un poeta vuestro, de su mismo linaje.
       ¿Para qué esas construcciones fastuosas?
       El corazón del hombre puro es el verdadero templo de Dios. Allí no necesita sacerdotes ni sangrientas víctimas.
       Ofrecedle, como único sacrificio, la inmolación de las pasiones, y vuestra alma será el altar más agradable a sus ojos.
       Para orar debemos encerrarnos dentro de nosotros mismos, y en secreto elevar el espíritu hacia el Eterno Padre.
       Él está en todas partes, y desde su trono de nubes se inclinará para es­cucharnos, si semejantes a los niños llenos de fe y de confianza, le decimos:
       “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre...”
       La voz del extranjero se elevaba cada vez más solemne.
       Un presentimiento divino estremecía los corazones.
       Las flautas enmudecieron, y hasta los legionarios dejaron de beber para oírle.
       Dyonisios preguntó a Dioscoro:
       — ¿Quién es ese hombre?
       —Un judío llamado Pablo, natural de Tarso, en la Cilicia, y discípulo de un profeta de Galilea a quien Tiberio mandó crucificar.
       Ha causado el asombro del Aerópago.
       Dyonisios, el filósofo, vencido por él en pública contienda, es hoy uno de sus más fervorosos secuaces. La bella Dámaris abandonó por él su vida licenciosa. Repartió su riqueza entre los pobres, dio libertad a los esclavos, y vestida de pieles se retiró a los montes a hacer penitencia.
       Cuentan de él maravillosos prodigios.
       Las puertas de las cárceles se abren por sí mismas a su paso.
       En Filipos, con una sola palabra, lanzó del cuerpo de una doncella el espíritu pitónico* que le poseía. Y a Lidia, la célebre vendedora de púrpura de Tiatira, le curó una úlcera rebelde que le corroía el seno, solo con proyectar sobre ella la sombra de sus manos.
       En Listras había un pobre paralítico de ambas piernas, que sentado a la puerta de la casa, lloraba amargamente su desgracia.        Pablo pasó, acompañado de sus discípulos, y le dijo:
       — ¡Levántate y anda!...
       El paralítico saltó, corriendo loco de felicidad a abrazarse a sus rodillas.
       Las gentes gritaron:
       ¡Dioses semejantes a hombres han bajado a la tierra!
       Y creyéndole el mismo Zeus, empezaron a aclamarle y reverenciarle con tal escándalo, que tuvieron que intervenir las varas de los lictores*.
       Todo esto cuentan de él las turbas que le siguen: gente infecta y des­preciable.
       El pretor le ha amenazado con echarle a palos de la ciudad si promueve algún disturbio.
       Estas palabras del liberto avivaron la curiosidad de Dyonisios. Se apoyó en una columna, dispuesto a continuar escuchando:
       —Vengo a anunciaros la Verdad.
       El Señor os avisa para que creáis, porque vendrá día en que seréis juz­gados ante la justicia de Aquel que vino a la tierra a morir por nosotros.
       El acento del extranjero parecía poner un sello de fe en los labios.
       La muchedumbre le rodeaba absorta.
       Los mismos mercaderes olvidaban sus pregones y los asnos cargados de frutas, para mezclarse entre los oyentes, arrastrados por el extraño sortilegio de aquella voz fascinante en su propia austeridad.
       Hablaba, ahora, de la Pasión y Muerte de su Divino Maestro.



* Visión: “En una de esas visiones vi una mujer envuelta de la cintura para arriba por una larga pitón. La cabeza de la pitón estaba levantada hasta la cabeza de la mujer soplándole algo en su oído. La culebra estaba estrujando, apretando y ahogando la vida de Dios en ella”. (El espíritu de Pitón).

* Funcionarios públicos que durante la Roma clásica se encargaban de escoltar a los magistrados, marchando delante de ellos, e incluso garantizaban el orden público y custodia de prisioneros, funciones que hoy podríamos identificar con la policía local.

El último Abderramán y otras novelas cortas; edición crítica de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018.

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