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lunes, 24 de septiembre de 2018

Poéticas de campo, 1


Alejandro López Andrada




POÉTICA

             Escribir poesía para mí es reconectar con un universo perdido, devastado, (el mundo rural) que aún sigue existiendo y flotando en mi interior: árboles, nidos, corrales, huertos, norias, piedras, pájaros, lagartos, que, a través de los ojos del recuerdo, puedo reconocer y reconstruir con delicada y extraña precisión. De este modo, la escritura poética sirve para reencontrarme espiritualmente con los rostros, los objetos y las voces que desaparecieron del plano familiar, aunque siguen aún transitando por mi espíritu. Explicar mi mundo -ese universo interior que es sólo mío- a través de símbolos y emociones es lo que siempre me ha movido a escribir: la poesía me proporciona algunas claves para entender mejor la arquitectura que conforman los edificios del silencio, las buhardillas del tiempo. Cuando escribo poesía hago de médium y, a través de mi voz, fluyen nombres  de otra época, palabras y espacios rurales que  existieron y viven en un plano distinto a esta realidad. De tal modo que no suelo ser yo quien escribe, sino  otros (la tierra, los montes, los pájaros, las fuentes, los caminos del bosque, los muertos familiares) los que lo hacen por mí devolviéndome su halo, reconstruyendo el tiempo en que viví con una pulcra y pausada nitidez. 

 (De Neorrurales. Antología de poetas de campo; selección e introducción de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018; 156 pp.)

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