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viernes, 26 de octubre de 2018

Fernando J. López


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UNA IDENTIDAD PROPIA


              
       ¿Qué sabe el ciudadano medio con respecto al sistema educativo y la convivencia escolar en los institutos públicos, el tipo de enseñanza actual que practican los profesionales docentes en este país, independientemente de dónde estén ubicados, en grandes zonas metropolitanas, poblaciones de una densidad media, o incluso pequeños pueblos donde el centro se convierte en el referente cultural y mediático del lugar, y donde centenares y miles de adolescentes, eso sí, con una ratio excesiva se agolpan en las aulas y, por supuesto, no resulta nada fácil practicar una enseñanza personal e individualizada, que propiciaría una atención especial a los pequeños problemas que surgen en el cotidiano devenir de unos jóvenes, cuya actitud vital cambia, también, a medida que ellos van creciendo? ¿Es esta, tal vez, la edad de la ira de nuestros jóvenes, que de alguna manera se proyecta en nuestras aulas?
       El lector debe tener en cuenta que Fernando J. López (Barcelona, 1977) ha tomado como referencia y marco para escribir una novela como, La edad de la ira (2011), un instituto de Madrid, donde registra episodios de violencia adolescente, o se sumerge en la vorágine de las drogas, habla del acoso cibernético y la profusión de redes sociales, no faltan las denuncias a las humillaciones y la ausencia de respecto a los docentes, apunta ataques racistas y homofobia y, finalmente, añade algo que tanto preocupa a la Administración: el fracaso escolar, aunque el ingrediente más significativo, es cómo debemos leer este libro, un texto exclusivamente literario y puramente narrativo, la reconstrucción, paso a paso, del crimen perpetrado por un joven del instituto IES Rubén Darío, y la investigación que un joven periodista está llevando a cabo cuando ni siquiera él acaba de explicarse el suceso mismo, o porque periodísticamente hablando todos los medios escritos y visuales han condenado de antemano al joven asesino. Santiago inicia todo un recorrido por el centro para reconstruir el suceso, recaba la ayuda de los profesores que conocen a Marcos, psicólogos y orientadores cuyo testimonio justifican las más de trescientas páginas del libro; lo hará, además, de una forma muy gráfica, solicitándoles por escrito sus impresiones sobre el alumno y su entorno, intentando averiguar sus relaciones familiares, el círculo de amigos y conocidos, hábitos y costumbres, que recomponen el rompecabezas de las últimas semanas y horas vividas por el adolescente.
       Al hilo de una pequeña intriga social, o incluso el proceso detallado de la escritura de una nota periodística criminal, La edad de la ira, es una novela valiente que carga sus tintas en abundantes secuencias de denuncia sobre una sociedad instaurada en la violencia que ha pasado de las calles a los hogares y a las aulas, corrompe a una juventud cuyos valores, en algunos casos, se están perdiendo porque el exhibicionismo a través de la red y la invulnerabilidad de ciertos delitos, se convierten en el escaparate que pueden enaltecer o vituperar a nuestros jóvenes consumidores.







LA EDAD DE LA IRA
Fernando J. López
Madrid, Espasa, 2011

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