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domingo, 30 de septiembre de 2018

Poéticas de campo, 3


Reinaldo Jiménez


LA SED DE LOS HOMBRES


       Cuando se tiene la sensación de que es la propia poesía la que ha venido al encuentro a ese lábil territorio, a esa frontera donde uno busca, como quien fuera a beber de un arroyo,  la verdad “machadiana”, y confluyen a un tiempo, tan misteriosamente, la belleza del mundo y las palabras, es difícil nombrar, sino en el propio poema lo que allí sucede.

Las palabras, ungidas de ese misterio, renovadas, nos acercan al ámbito inefable que está más allá de ellas mismas; un ámbito que vivimos, que al menos yo vivo, como pura intuición, alejándome en lo posible de los caminos que asendera la lógica del pensamiento. Las palabras-dice Antonio Gamoneda- nos acercan a lo que no seremos capaces de decir. Aún más, presiento que para traspasar las lindes de ese espacio sería necesario desprenderse incluso del equipaje de las palabras.

Entiendo que cada poeta se posiciona en ese límite y afina su palabra y su espíritu, su mirada en una dirección; parte de mi poesía ahonda en el empeño de meditar, de indagar en el vínculo con la naturaleza, de comprendernos como parte de ella; para otros poetas este afán pulsa en lo social, lo urbano,... En este sentido, y al margen de las afinidades temáticas o de las particularidades de los procesos creativos, creo que la poesía que aborda este tema se hace necesaria y útil en la sociedad actual, en que tan desvinculados estamos y tan ajenos de la naturaleza, que debemos andar “desaprendiendo”, reeducándonos en algo que en realidad ya somos.

Ya de niño advertí la trascendencia a la que invitaba el entorno natural que me rodeaba: la propia naturaleza en su renovación y en sus caducidades, el vínculo primigenio y esencial entre la tierra y los seres que la habitan. Toda esta vivencia no sólo me abrió los ojos al asombro del mundo, sino que me ayudó a fraguar un posicionamiento ante la vida, casi en el sentido de De rerum natura de Lucrecio, ya que vino a disipar muchos miedos al aceptar que somos parte de la naturaleza y de su discurrir, de sus certidumbres y de sus incertidumbres.

Me resulta difícil el ejercicio de hacer una poética, de desandar el camino que lleva desde el umbral en que se aguarda el poema hasta el escaparate (innecesario, pienso, ya que son los poemas los que verdaderamente dicen a cada lector sobre nuestra poesía) donde las palabras se exponen en una lógica de síntesis, tan a la inversa de la que sucede en el poema; por eso me valdré de las palabras, que agradezco y comparto, de algunos poetas y críticos como Pasqual Mas, Pedro Felipe S. Granados, Álvaro Salvador, Regino Mateo, Jorge de Arco, Tomás Hernández, entre otros, que han dicho de mis poemas, en su relación con la naturaleza, cosas como: toma la palabra de la naturaleza, del mar, del río, de las aves y de los árboles; todo habla en sus poemas como una voz que fluye y recupera, de manera especular, lo vivido; que se funden la celebración de la existencia con la reflexión sobre el hombre y su pertenencia, más allá de lo que estaríamos dispuestos a aceptar, a la naturaleza. Somos, en ella, una continuidad que ni siquiera es capaz de romper la propia muerte; o, ser uno con la tierra es una certidumbre de la que florecen la alegría y la celebración de la vida… el poeta parece decirnos que somos tierra, y en esta evidencia comprendemos que ella no nos pertenece sino que nosotros pertenecemos a ella; y también: afirma la identificación del ser emocional con la Naturaleza, la supremacía de lo vivo, de lo sentido sobre cualquier especulación racionalista;  en su decir libera todo aquello que abriga su permanencia: el aire, el cielo, un árbol, la lluvia, los mirlos, los bosques, los almendros, el espliego, el tomillo..., cobran unísona cadencia y recobran la verdad de su ulterior significancia;  y finalmente estas palabras tan emotivas para mí: arroyo limpio y humilde donde se reflejan los cielos, las nubes y que sacia la sed de los hombres.

(De Neorrurales. Antología de poetas de campo; selección e introducción de Pedro M. Domene; Córdoba, Berenice, 2018; 156 pp.)



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