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domingo, 4 de noviembre de 2018

Desayuno con diamantes, 142


El tiempo histórico de Las afueras
El debut narrativo de Luis Goytisolo


       Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) ganó la primera edición del premio Biblioteca Breve, que convocaba la refundada empresa por Víctor Seix y Carlos Barral, con Las afueras (Seix Barral, 1958) y, seis décadas después, el propio autor reconoce que aquel galardón lo cambió todo: “Para mí lo importante era ser escritor, y aquello me resolvió la vida. Empecé a trabajar como lector para la editorial y pude dejar Derecho”, así explica cómo fueron sus comienzos, y después publicaría Las mismas palabras (1962), los días en la cárcel de Carabanchel y, sobre todo, el vuelco narrativo que supuso la monumental Antagonía (1973-1981), su obra más ambiciosa, aunque su primera obra, Las afueras, había sido un auténtico ensayo, un inicio del camino, una novela que subrayaba la osadía suficiente para abrir nuevos caminos en la narrativa española del momento.


Los comienzos
       El narrador exponía, recientemente, algunas consideraciones sobre su novela, en una obra que ha titulado, El sueño de San Luis (2015), y a propósito de la lectura que se obligaba a hacer ante la reedición que el editor de Anagrama, Jorge Herralde, le proponía, seis décadas después de su primera edición, y así dejaba constancia y argumentaba el autor su primera incursión en el mundo narrativo: “Las afueras fue mi primera novela —cuando la empecé era todavía menor de edad—, y aunque de inmediato alcanzó una gran resonancia y aún ahora sigo topándome con lectores entusiastas, yo siempre tuve la íntima convicción de que no me había quedado redonda. Cuando su aparición, suscitó una gran controversia: novela formalista para unos, social para otros; radicalmente innova­dora para unos, serie de relatos más que novela para otros, etc. Yo la había escrito de acuerdo con las estrictas normas del “realismo objetivo”, teori­zado por Gertrude Stein y desarrollado por nove­listas como Hemingway o Pavese. Y lo que ahora me temía era que si tantas novelas de aquel en­tonces no habían aguantado el paso del tiempo, algo parecido sucediese con Las afueras (…).


       Las afueras desde un punto de vista argumental es una novela de gran dureza. No es que en mis obras posteriores no sucedan cosas simila­res o peores, pero la forma de exponerlas es otra, hasta el punto de que la presencia del humor en el relato puede dar pie a que el lector acabe sol­tando una carcajada. En Las afueras, por el con­trario, lo que se está exponiendo sin tremendismo de ninguna clase, con total objetividad, resulta con frecuencia despiadado debido precisamente a la frialdad del tono narrativo adoptado. Y fueron algunos de estos hechos, irrelevantes en sí mis­mos para cualquier lector, los que de pronto me revelaron cuestiones para mí hasta entonces ano­dinas no ya de la obra sino de mí mismo (…)”.

La obra
       El empleo de algunos procedimientos técnicos llevaría a algunos críticos tradicionales a considerar la novela de Goytisolo como una colección de siete relatos, aunque el narrador consigue que dos temas esenciales de la novela social del momento subrayen su valor novelístico por encima del tratamiento del relato: la maltrecha condición de las clases trabajadoras y la situación de privilegio de la burguesía, tanto en sus abusos como en su creciente aislamiento, sin que en sus páginas se vislumbre crítica política o social, y parece palpable el sentido unitario del texto que en algunos aspectos difiere notablemente de un libro de relatos al uso. Se observa, no obstante cierta intencionalidad coincidente en los siete relatos que integran Las afueras y no revelan lo suficiente para proporcio­nar esa unificación temática, y sí proceda, tal vez, de un común emplazamiento espacio-temporal para todas las anécdotas: Barcelona o sus alrededores, sus afueras y a los dieciocho años de la guerra civil (1957), y cada uno de los relatos ofrece una historia distinta, sin vinculación con las restantes excepto en el hecho de que los personajes coinciden en el nombre Augusto, Víctor, Ciríaco, Domingo, Antonio, Alvarito, Bernardo, Magdalena, Claudina, o Amelia; pero la coincidencia es onomástica, que se traduce como compleja organización de nombres, y se convierte en uno de los propósitos concordantes de cada una de las historias del libro, no solo como una intención, sino en cuan­to un logro final. Pero nunca hablaremos de una personalidad o actitud semejante de los protagonistas de esta novela, aunque sí exista vinculación en su sentido de conjunto. Estos nombres pertenecen a diversos grupos generacionales y sociales: Augusto (y sus esposas, Magdalena) representa una clase aco­modada pero vacía, y se corresponde con la generación mayor; Víctor forma parte de la siguiente, participó en la guerra y, pese a su posición acomodada, muestra de un apático sentido vital, una existencia frustrada o esa mala conciencia que le lleva a un simulado acercamiento al pobre; Domingo (y sus correspondientes Ame­lia) es la generación mayor de tipo servil y doméstico; Ciríaco es la generación siguiente de clase modesta, trabajadora; que­dan, finalmente, los jóvenes o niños Álvaro, Antonio, Dina, Bernardo. Nombres protagonistas de una historia colectiva que, situada en ese año concreto de 1957, mediante una recuperación del pasado, nos ofrece una pano­rámica de la Barcelona reciente. Esta panorámica se hace ver­dad literaria, sin embargo, a través de argumentos singulares y de historias particulares.
       Muchos de los protagonistas de estas historias viven situaciones de absoluto aislamiento, y desde ese espacio es desde donde el narrador reconstruye el pasado del personaje protagonista, y siempre que vuelve atrás comparte con el lector parte de lo vivido y apunta a esa evolución hacia la situación de crisis a que ha llegado, como exclusivo resultado de su distanciamiento progresivo de esa clase opuesta a la suya, y en una cre­ciente y constante visión de insolidaridad tanto de una como de otra. La ordenación de las distin­tas secuencias y la evolución de los personajes queda patente en esa persistente conclusión pesimista sobre la posibilidad de una reconciliación de ambas clases, y ni siquiera una nueva generación que no ha conocido el pasado y los efectos de la guerra logrará el propósito. El tono obsesivo de todos los relatos, y por extensión de todo el conjunto, está persistentemente acentuado por toda una serie de procedimientos reiterativos, y los personajes no sólo viven sus expe­riencias, contemplan o viven en paisajes parecidos y en perspectivas idénti­cas, sino que incluso tienen las mismas ensoñaciones, recurso con que se logra una atmósfera de pesadilla que pesa en los personajes, y por añadidura llega a apoderarse de la sensibilidad del lector.

60 años después
       La edición de Anagrama actualiza, de alguna manera, el mundo novelesco de Luis Goytisolo sesenta años después, y en un apéndice crítico reproduce los textos de J.M. Castellet publicado en Acento Cultural, 1959; de Antonio Vilanova que editaría Destino en 1959, y una mirada de Juan Antonio Masoliver en noviembre de 2017, una revisión para la presente edición, que confirma como “Las afueras es un libro que se ha ido enriqueciendo con el paso del tiempo. Tiempo en cierto modo inmóvil, atemporal, donde la realidad es un desolado estado de ánimos, marcado por la incomunicación, por la dureza, por la esterilidad sentimental, por la lesionada sensibilidad de sus protagonistas”.





Luis Goytisolo, Las afueras; Barcelona, Anagrama, 2018.

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