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miércoles, 28 de noviembre de 2018

Una novela corta de Francisco Villaespesa


LA MARCHA DE LAS ANTORCHAS

IX

       En las horas de íntimo recogimiento, en esas horas de suavidad y de encanto, en las cuales mi cámara de poeta se viste de fiesta y se engalana con las flores más ri­cas del ensueño, para recibir dignamente a la ilusión fastuosa y alucinante de tu recuerdo, con el fervor de un lapidario anti­guo, he cincelado estas joyas nupciales, ca­paces, por la pureza de su oro y la maravillosa claridad de sus gemas, de acompañar las danzas de Belkis, la amada morena de Salomón.
       Mientras humean en los pebeteros de pla­ta las fragantes y perversas lujurias del Oriente, y la crueldad divina del Amor so­lloza en las guzlas y suspira en las flau­tas, yo he realizado el milagro de trasmu­tar todas las ansias de mi cuerpo y todas los anhelos de mi alma en fabulosas flora­ciones de rubíes, esmeraldas, zafiros, amatistas, topacios y crisoberilos, para bordar de refulgentes constelaciones la quimera zodia­cal de tu manto.


       Al sentir sobre tu piel de nardo, sensi­bilizada hasta la hiperestesia por el deseo exasperado, la mordedura fría y corrosiva de las joyas, y en tus brazos, en tu cuello y en tus muslos, el serpentear metálico y sonoro de los brazaletes, los collares y las ajorcas, piensa que son mis labios, mis dientes y mis brazos —toda mi carne y todo mi espíritu— que se enroscan en ti, y te besan y te opri­men y te muerden, en la lujuria infinita de este amor que tiene la destructora voraci­dad de las llamas.
       En un rico cofrecillo de sándalo con ara­bescos de marfil y nácar, un esclavo nubio, desnudo y bello como una estatua de ba­salto, custodia —hasta tu alcázar de leyen­da— sobre un dromedario, el presente que mi amor te envía desde las más remotas Arabias del ensueño.
       Cuando en la soledad gris y monótona de tu prisión hiles en la rueca de la esperanza el lino de tus quimeras, y en tus labios, se­dientos de besos, florezcan las divinas estro­fas de la balada germánica:      
               Hubo en Thule cierto rey
               que a su amada fue constante
               hasta el día en que murió.. .

       El relampaguear insólito de estas joyas te hará palidecer de rubor, y llevarte, de sú­bito, las manos a la castidad de los senos, cual si de repente te sorprendiesen desnuda, en la transparencia del baño, las miradas violadoras y voraces de todos los sátiros del Deseo...
       Y las dulces y suaves notas de la balada se romperán en tus labios en un temblor de besos y en una agonía interminable de sus­piros.


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