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sábado, 12 de diciembre de 2015

Hoy tomo café con…



Francisco Bitar
 “Con mi literatura pretendo establecer un diálogo sobre la insuficiencia de la vida. La vida no siempre es breve pero nunca alcanza”.

 Foto de Pablo Cruz


     Francisco Bitar nació en Santa Fe, Argentina, en 1981, ciudad en la que actualmente reside. Se inició en poesía y hasta el momento ha publicado, los libros Negativos (2007), El olimpo (2009), Ropa vieja: la muerte de una estrella (2011) y The Volturno Poems (2015); los libros de cuentos Luces de Navidad (2014) y Acá había un río (2015); y la crónica Historia oral de la cerveza (2015). En el año 2012 le fue concedido el premio Ciudad de Rosario por la novela Tambor de arranque, de gran aceptación por parte del público y la crítica de su país; y en el 2013, la Beca del Fondo Nacional de las Artes. Cuentos y poemas  han sido traducidos al inglés y al alemán. Tambor de arranque, se publica ahora en España, en una fuerte apuesta de la editorial Candaya.

¿Nuestra vida es una auténtica metáfora?

        Claro que sí. Por lo menos así ocurre entre los escritores que más me interesan, los que se van a vivir a su obra.

¿Cómo llega usted a la literatura?

        Por el camino más difícil. Mis padres eran libreros, pero solamente cuando mi padre se tomó a pecho mi vocación, cuando me amenazó con echarme (y lo hizo), fue que la escritura empezó a rendir sus frutos. Nunca subestimes el poder de lo reprimido.

¿Diez años de creación literaria dan para escribir poesía, relato y novela?

        No estoy seguro de cuánto fue el tiempo que me tomó escribir lo que escribí: es que la escritura es un trabajo en el que se vuelca la vida entera. Publicar es como tabicar esa corriente que fluye sin un comienzo preciso y que siempre vuelve hacia el pasado, al momento en que la vida tenía un estatuto de nota preliminar.

Usted procede del mundo de la poesía, ¿se considera más poeta que prosista?

        Considero que son dos modos de narrar: en uno, la poesía, prevalece el episodio; en el otro, el cuento, gobierna el conflicto.

Tras tres colecciones de cuentos, ¿había llegado la hora de plantearse una novela?

        Diría que la cuestión de los géneros depende de la demanda de la obra, de aquello que el libro necesita para ser escrito. Pero diría también que siempre que uno ha encontrado cierta comodidad en determinado modelo es necesario poner a prueba tus propias aptitudes. La incomodidad, como todo el mundo sabe, es el mejor antioxidante. Yo había escrito cuentos y poemas desde los quince años. Era momento de dar el gran salto. ¿Y ahora? ¿Qué viene después de la novela?

Los personajes de sus relatos y de su novela ¿son esa supuesta “generación perdida” un concepto tan extendido por nuestro mundo?

        No estoy seguro. Me encantaría pertenecer a una generación pero siempre me sentí un poco viejo al lado de mis congéneres.

Tambor de arranque (2015) ¿pretende ofrecer necesariamente esa visión minimalista de la vida?

        La novela muestra por fuera el infierno que los hombres viven en su interior. Como todo lector más o menos despierto es capaz de apreciar ese infierno (ya sea porque lo vivió o porque puede imaginarlo), la tarea del escritor consistirá en mostrar con delicadeza, sin estertores, el aspecto exterior de la devastación. El lector se encargará del resto. 

La historia de Tambor de arranque empieza y aspira a ser algo diferente, luego nos lleva a un sorprendente viraje casi sin una trama definida, para terminar de la misma forma, ¿no hay un final posible?

        Me gustaría pensar que no. Parte de los libros que más me interesan tienen un final que parece caprichoso y que, por lo tanto, podrían haber sido escritos infinitamente. Por lo demás, Tambor de arranque representa apenas un capítulo en la vida de Leo Ferro. Hay muchas historias antes y otras tantas después que visito cada tanto en mi cabeza y en la carpeta que le corresponde, en mi computadora.

En esta novela, el aspecto geográfico es importante ¿hasta qué punto se convierte en necesaria la relación del sujeto con su entorno?  

Como todo el mundo sabe, un escritor escribe sobre lo que conoce, y yo no conozco de cerca otra ciudad que no sea la mía, Santa Fe. Podría ubicar a mis personajes en Santiago de Chile si alguna vez hubiera estado ahí. De todas maneras, con el tiempo descubrí que no me da lo mismo. Como amo a mis personajes, como me enternece la manera en que se pierden y tratan de encontrarse otra vez, pasé a amar también el lugar donde sus vidas se torcieron.  

¿Lamenta usted que, algunos críticos, comparen su narrativa con una tradición literaria norteamericana, la de Dos Passos, Salinger, o Carver?

        Solamente en parte. Es un vínculo justo pero creo también (o quiero creer) que hay algo en mis libros que no está en esos autores. Creo además saber de lo que se trata pero no seré yo quien lo diga.

La realidad en la que usted vive ¿es tan sutil como compleja, y por  tanto perfectamente trasladable a la ficción?

        Mi realidad es siempre sutil. Soy yo el que no siempre estoy tan sutil como para entenderla.

¿Pretende usted, con Tambor de arranque, como se advierte, establecer un curioso diálogo sobre la brevedad de la vida?

Pretendo, en todo caso, establecer un diálogo sobre la insuficiencia de la vida. La vida no siempre es breve pero nunca alcanza. Todo el tiempo queremos estar en dos lados al mismo tiempo y ese es el gran problema de Leo Ferro.

Leo destruye, buena parte de su pasado, con el fuego, ¿es la única solución que le queda para la purificación de su fracaso final?

        Por el momento, sí.

Y una pregunta final, ¿estamos realmente en medio de una absoluta soledad?

        No lo creo. Estamos menos solos de lo que deberíamos, siempre aturdidos por boberías. El otro día leí, en el último libro de Fabián Casas, que la soledad favorece el equilibrio del hipotálamo. Es mediante la reflexión, detenida y retirada, en torno a lo que nos ha pasado a lo largo del día que quedamos a mano con la vida y pasamos a estar preparados para el día siguiente. De lo contrario, la vida se convierte en un tren fantasma. Eso también aparece en Tambor de arranque: no hay otro modo de metabolizar los grandes golpes que la más extrema soledad.


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