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martes, 7 de noviembre de 2017

Carta desde España



MI AMIGO, RAÚL



 Carta desde España como homenaje al amigo, Raúl Hernández Viveros

       Decía Jules Renard que a lo largo de nuestra vida nunca encontramos amigos, sino momentos de amistad. No comparto, en buena parte, el sentido completo de semejante afirmación que el erudito le otorga a esta palabra, aunque sí encierra, algo de verdad, dicha sentencia porque, en realidad y volviendo a parafrasear de nuevo a otro ilustre, Alphonse Karr, a propósito de la amistad, éste afirmaba, que los amigos son aquellos individuos elegidos a voluntad. Quiero subrayar desde el comienzo que comparto, mucho más, esta última afirmación y aseguro con toda convicción que, Raúl Hernández Viveros, escritor veracruzano, nacido en Ciudad Mendoza, es mi amigo, mi hermano allende de los mares, ese desconocido a quien un buen día y a través de la literatura conocí para suerte, creo a estas alturas, de ambos. Desde entonces, una ya lejana y emblemática década de los 70, tanto en su país como en el mío, nuestra amistad, la hermandad nacida de ese mutuo sentimiento, no ha hecho sino crecer con el paso del tiempo. Iniciamos entonces una correspondencia afortunada y una colaboración literaria en ambos sentidos, compartimos gustos y autores de la literatura universal y nos interesamos por la solidaridad y la paz en el mundo. Raúl me ha proporcionado durante estos años una abundante bibliografía sobre la literatura mexicana más reciente, concretamente, sobre el cuento mexicano contemporáneo de tanto interés para mí y para mis desvelos literarios. De igual modo, los intereses de Raúl acerca de la literatura española contemporánea se dirigían en este mismo sentido y nuestra colaboración ha cristalizado en un importante ensayo que Raúl publicaba después de más de cinco años de estudio y dedicación a la narrativa breve española titulado Relato español actual, Fondo de Cultura Económica, 2002. Se trata de una excelente aportación al género para los estudiosos de ambos lados del Atlántico.
       En igual proporción he visto crecer, con el paso de los años, su propia producción desde La invasión de los chinos (1975), pasando por Los otros alquimistas (1978), Los tlaconetes (1980) o su novela policíaca, Entre la pena y la nada (1984), un relato que aparecía justo en el momento en que yo viajaba hasta México para conocernos personalmente. Después se han sucedido nuevas colecciones de cuentos, El secuestro de una musa (1982), Una mujer canta amorosamente (1984) o Los días de otoño (1999). Durante los últimos veinticinco años, ya es un número considerable como para apostar por esa amistad vituperada por Renard o ensalzada por Karr, nuestros encuentros en mi patria y en la suya se han sucedido de una manera fluida y cordial. Nos hemos ofrecido nuestra mutua hospitalidad: yo he visitado su hermosa casa en Azueta, ubicada en la hermosa ciudad de Jalapa, en el estado de Veracruz, México y él me ha correspondido visitando el Paraje de la Estación, en mi pequeña Huércal Overa, en el Sur de España. Él ha disfrutado de mis amigos y lo mismo he hecho yo con respecto a los suyos. Visitar Jalapa supone para mí vivir esa otra hermandad que me ofrecen los veracruzanos cuando me acerco hasta sus casas, sus calles o sus plazas. He recorrido con él buena parte de Estado y en Veracruz a la sombra de los recuerdos de los primeros españoles que llegaron hasta tan hermosa ciudad, en los soportales de sus plazas y sus cantinas, hemos tomado café y tequila disfrutando de nuestra mutua amistad. Así que cuando tengo ocasión vuelvo siempre hasta la ciudad donde vive mi buen amigo Raúl Hernández Viveros, un hombre afable donde los haya, cordial, amable, animador cultural en las últimas décadas de su literatura, dedicado desde la dirección de revistas como Cosmos o La Palabra y el Hombre a difundir la magnitud de su amplia cultura y a ensayar desde sus páginas la versatilidad de una literatura universal que él conoce excelentemente, Pavese, Gombrowicz, Pasolini, Casey, Rulfo, Faulkner y un largo etcétera.


       Durante los últimos años nuestra correspondencia se ha ido espaciando. Raúl suele tener ciertas crisis de identidad a de afianzamiento humano que se traducen después en una nueva obra literaria. No me importa, pues, sostener durante meses o durante años, su silencio siempre que me sorprenda con una nueva entrega literaria, esos cuentos que él perfila y estructura primorosamente. Así que siempre espero paciente a que supere, con esa dignidad que lo caracteriza, ese vacío existencial del que emerge con nueva potencia. Hay que pensar que Alberto, su hijo mayor, a quien yo conocí con apenas unos cuantos años, lo ha hecho abuelo y eso debe dolerle en las entretelas, puesto que ya es un abuelito. Pero cuando volvemos a vernos Raúl, mi amigo Raúl, sigue siendo el mismo: un hombre conversador, sabio, que conoce los resortes de la literatura de aquí y de allá, que está repleto de proyectos, que sigue editando y poniendo en librerías su Cultura de Veracruz junto con Alberto tan primorosamente editado como nació el proyecto y me dice una y otra vez que, pese a todo, va bien y que su vida se desarrolla «entre la pena y la nada» y que sus «días de otoño» no empañan los múltiples proyectos que aún nos quedan por realizar juntos. Mucho me temo que pese a este homenaje que Omar Piña me solicita para Milenio aún nos queda tanto de Hernández Viveros escritor como del Raúl amigo, porque como bien ha escrito nuestro común Enrique Vila-Matas, querido amigo, te recuerdo en Jalapa en la Navidad de 1984, te recuerdo en Huércal Overa en la Navidad de 1990, de nuevo en Jalapa en el verano de 1997, en Huércal Overa en la primavera de 1998, y de nuevo en Jalapa en el otoño del 2002.

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