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viernes, 3 de noviembre de 2017

Felipe Benítez Reyes



PARAÍSOS PERDIDOS 

                                
        ¿Que a qué me dedico? No resulta fácil de aclarar —asegura el narrador de una novela repleta de entresijos—. Hay profesiones imprecisas, profesiones que no son nada en concreto pero que pueden ser muchas cosas a la vez —añade. Y, casi al final del relato, cerrando de alguna manera las particularidades de todos y cada uno de los personajes, el mismo narrador advierte que su profesión, y la de muchos, admite actitudes singulares por no decir que las atrae. Jacob, protagonista de Mercado de espejismos, flamante Premio Nadal 2007, que Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz (España), 1960) acaba de adjudicarse, es un ladrón de guante blanco, un coleccionista de arte, un experto consejero en subastas, incluso todo eso y algo más.
        Dicen que el ingenio es algo delicado, peligroso en aquellos escritores que no arriesgan lo suficiente para engrandecer su narrativa con el paso del tiempo, sobre todo cuando su prosa más característica está salpicada de una finísima veta humorística, como le ocurre a este funambulista de la literatura, autor de interesantes propuestas publicadas a lo largo de los 90, con títulos como El novio del mundo ( Tusquets, 1998), El pensamiento de los monstruos (Tusquets, 2002), y este premiado Mercado de espejismos (Destino, 2007). La narrativa ensayada hasta el momento por Benítez Reyes se sustentaba por esa artificiosa habilidad suya de mezclar tradición española y anglosajona en unos textos plagados de sabiduría y de reflexiones melancólicas y humorísticas sobre el mundo, características que evocarían en su prosa aires cervantinos, agudeza verbal valleinclanesca, ingenio gregueresco y reminiscencias de esa pléyade de antihéroes de nuestra picaresca. Si en El novio del mundo apuntaba la posibilidad de crear una enciclopedia del saber, un discurso moral o un razonamiento digresivo, para elaborar una particular teoría del conocimiento, en El pensamiento de los monstruos, se contaba la historia de un descifrador atónito del pensamiento de la gran Filosofía o un politoxicómano, acompañado de una galería de personajes que secundaban y reafirmaban un extraordinario mosaico del presente, caricaturizado con definiciones demoledoras. Ahora, como consecuencia exigida, Mercado de espejismos, se muestra como una obra de mayores pretensiones. El escritor español ofrece un proyecto más ambicioso, a través de Jacob, peregrino psicodélico de la noche en su juventud que, en su madurez, forma parte de esa estirpe secreta de los impostores, aquellos que buscan en su realidad esos paraísos perdidos o se instalan en la irrealidad de una vida, los que asumen otra identidad o aspiran al delirio de la mitificación de su propia existencia, vagabundos en una amplia geografía de ciudades como El Cairo, Roma, París o Londres, hasta que el destino los lleva a Colonia, a robar en su catedral las reliquias depositadas de los tres Reyes Magos de Oriente. Para una perfecta documentación, en el relato se enumeran toda una gama de ciencias esotéricas, refrendada además por una bibliografía que acompaña al lector en su aventura, autores y obras, dan lugar a una maravillosa biblioteca sobre el tema, La Biblia satánica, El diccionario infernal o El libro del placer, que obviará el curioso puesto que la lectura guiada de esta novela nos llevaría a un mundo desconocido en torno a misterios que la Santa Biblia y otros textos sagrados se empeñan en guardar.
        Una pareja de veteranos timadores, falsificadores o ladrones, harto simpáticos, la tía Corina, hermoso retrato de aquella joven rumana de quince años, alivio posterior de la viudez del padre del protagonista, y el propio Jacob, ambos con veleidades humanas, los jueves del Casino Novelty, de la anciana y los Billares Heredia, del sobrino, ofrecen con su actitud algo más que la enumeración de esas endiabladas artes entre las que se mueven para hacernos ver que la vida es una auténtico mercado, envuelto en ese espejismo que la realidad oculta porque de lo que se trata en la novela es poner de manifiesto que a uno le preocupa su situación en el mundo y todos pretendemos asumir esa interpretación capaz de servir de alguna manera a los demás, descifrando, eso sí, muchos de los convencionalismos que se escapan a la verosimilitud. Quizá por esto y nada más el lector, instalado en un texto de múltiples lecturas, se sienta tentado a meterse de lleno en una novela de otros muchos vericuetos y giros, con abundantes personajes, Sam Benítez, Abdel Bari, Cristi Cuaresma, El Penumbra, el primo Walter, que se nos van presentando y dosificando como una perfecta estructura de mecano capaz de ser ensamblada al final del relato, historias que desembocan en la razón que alienta sus vidas, las falsas pistas seguidas para alcanzar su propósito, muchas rastreadas a lo largo de su existencia y que, casi en el ocaso final, se concretan en la mágica obsesión por las reliquias de unos Magos cuya impostura está aún por resolver.
        La realidad se basa en simetrías fortuitas, en concordancias accidentales y cuando uno afirma algo taxativamente cabe la posibilidad remotísima de que acierte, y en esa posibilidad radica el margen mágico de la realidad; es decir, que la lógica argumental lleve a estos personajes a esos lugares decisivos en el desarrollo de la historia a contar, con excelentes sorpresas para el lector. Mercado de espejismos es un reto a la imaginación porque para entender esta novela hay que subrayar lo que uno de sus personajes afirma, que nuestra realidad es casi siempre una sucesión de malentendidos cómicos, los de esta galería de excéntricos y los nuestros propios, que entenderemos cuando seamos capaces de vislumbrar cuanto Benítez Reyes ha puesto en nuestro camino, amparándose en un falso prestigio que, malinterpretado, daría lugar a la subliteratura. Pero es verdad que en las grandes novelas, la realidad no es un punto de partida, sino una meta, aquella que el lector se autoimpone para una vez realizada la lectura dar rienda suelta a una imaginación que, en ocasiones, no hay que justificarla.






Felipe Benítez Reyes, Mercado de espejismos; Premio Nadal, 2007; Barcelona, Destino, 2007; 398 págs.

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