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domingo, 14 de enero de 2018

Desayuno con diamantes, 129



SERGIO PITOL
EL SUEÑO DE LO REAL*



        Nos pasamos media vida justificando lo propio y lo ajeno, lo individual y lo colectivo, cuando es obvio que tanto nuestras acciones como las de los demás, sobre todo si se trata de las que atañen a los amigos, se justifican por sí mismas y, por añadidura, sin explicaciones mayores. No sería posible demostrar la presencia de un escritor en el mundo si no fuésemos mucho más allá y nos planteáramos que la literatura sigue siendo ese medio útil para vindicar nuestra propia existencia porque, entre otras cosas, añade dimensión a nuestra libertad y ésta, aun entendida en su sentido más amplio y de conocimiento, frente a esa común opinión de que la lectura pueda llegar a convertirse en un acto meramente trivial en el que consumimos los grandes momentos de nuestras vidas sin mayores expectativas. No ocurre así, evidentemente, porque la presente Justificación, y el Homenaje a Sergio Pitol tributado en estas páginas, no tendrían sentido alguno. Un viaje a través de los libros se convierte en algo así como esa excursión a través de un espejo por el que vamos identificando y reconociéndonos a nosotros mismos. Quizá porque toda lectura contiene un fondo de aventura puesto que en los libros se producen encuentros, y no sólo literarios. Nuestra realidad, nuestra existencia, nuestra vida, en definitiva, están construidas con palabras y las imágenes que hemos ido configurando con el paso del tiempo y éste, por añadidura, suele obedecer a muchas de nuestras inquietudes, de nuestras vivencias y, también, a otros tantos silencios.
        A México me unen lazos de amistad y de admiración, que con el paso del tiempo se han ido acrecentando: la primera visión de este país proviene de los tiempos de conocimiento de las diversas culturas indígenas, de los días de la conquista española, de la posterior colonización de la cultura francesa o de las escaramuzas realizadas con el ejército norteamericano, de los aciertos de un pueblo insurgente que, en los albores del siglo XX, llevó a cabo una Revolución y trazó una serie de acontecimientos sociopolíticos que han originado todo un concepto de vida que recoge un folclore ancestral, un arte y una arquitectura excepcionales y una literatura, que incluye para todos los hispanohablantes una lengua común. Esos mismos lazos me unen a su espléndida literatura y a la figura de Sergio Pitol desde una lejana juventud universitaria en las aulas de la Facultad de Letras granadina. No entiendo a México y sus gentes, sin Pitol y su literatura, de la misma forma que ha ido creciendo en mí un fervoroso sentimiento de hermandad con una tierra que me resulta extraordinariamente cercana cuando la visito o cuando leo y, aún más, cuando escribo sobre ella. El escritor Sergio Pitol fue para mí, inicialmente, el descubrimiento de un autor literario y posteriormente, tras sucesivos encuentros (en Madrid, Jalapa, y en El Puerto de Santa María), una vez fijada en mi memoria una imagen real y física de su persona, con el paso del tiempo, un inestimable amigo. Durante estos años, ambos, hemos de añadir una correspondencia, un intercambio de libros que incluyen dedicatorias, además de haber incorporado, en estos últimos tiempos de la era tecnológica, los evidentes «e-mail» que nos acercan a través del Atlántico.
        Mis recuerdos literarios acerca de Sergio Pitol se concretan en sus cuentos, en un principio en la edición española de sus relatos Infierno de todos (1971), algunos años después, claro, de su publicación y durante mi formación académica en las aulas universitarias de  Granada, con la recuperación de estos relatos en la edición mexicana de la Universidad Veracruzana (1964) que, posteriormente pude comprobar, no contiene el cuento «Ícaro», incluida en la española, y finalmente, la nueva edición, la tercera y definitiva, de la Universidad Veracruzana realizada en 1997 y a cuya presentación asistí en Jalapa, y que recoge, en esta ocasión, un nuevo cuento «Un hilo entre los hombres», además de una justificación del autor sobre la recuperación de antiguos libros o una especie de  autoexpiación, como él mismo señala. Estos cuentos fueron el detonante expreso para afiliarme, sin paliativo alguno, a la obra pitoliana y así he seguido leyendo, voluptuosamente, durante los últimos años nuevos cuentos, sus textos publicados en los suplementos de periódicos y revistas españoles, sus novelas y sobre todo sus ensayos, esos libros que han ido apareciendo en la segunda mitad de los años 90 y que se concretaban en el magistral título de El arte de la fuga, summa teórica del conocimiento del escritor mejicano hasta ese momento.
        Sobre su narrativa breve he escrito en alguna ocasión anterior y he llegado a afirmar que uno de los motivos centrales de sus relatos, en términos generales, es la decadencia o el derrumbe del ser humano, pero sin que la lectura de estos textos deje un aparente regusto amargo porque, en ellos, hay, no obstante, esperanza, puesto que el escritor sigue un itinerario moral en ascenso que nos lleva a esa transición que se esboza desde la niñez a la juventud y posteriormente a la madurez del propio autor; épocas que, por otra parte, han sido determinadas por circunstancias límite, rupturas tajantes, decisiones externas o relaciones torturadoras que contribuyen a conformar los dos extremos en los que se edifica su narrativa, la euforia y el abatimiento que subyace en bastantes de sus historias. Otra característica a señalar es que muchos de sus cuentos amplían o restringen todos y cada uno de los elementos en los que se basan sus argumentos, es decir, el ámbito de lo interior, concretado en la niñez, el recurso de la memoria, como ámbito de conocimiento y el ámbito de lo exterior, basado en el sentido común, la razón o la impostura que, desde el punto de vista literario, significaría vislumbrar el mundo de los sentidos frente al mundo de lo conveniente. Sergio Pitol ha explorado—en palabras de Juan Villoro—con enorme audacia la condiciones que vuelven posible la ficción. Cada uno de sus textos es un vivero de historias potenciales, y recojo esta cita porque mis lecturas de Pitol se concretaron, posteriormente, en sus novelas, que empezó a publicar en la década de los 70 y que yo fui recuperando con el paso del tiempo, El tañido de una flauta, diez años más tarde, Juegos florales, un relato emparentado con sus primeros textos, en esa especie de juego de espejos que ya había empezado a proyectar veinte años antes. Pero, sobre todo, asistí a la publicación y lectura de  la trilogía, inicialmente esbozada en diferentes y determinadas épocas de la vida del escritor, en su estancia en Europa y en la ciudad de Praga, y esporádicas visitas a España, en busca del sol de Almería, Gran Canaria y Lanzarote, para producir El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal. Estas novelas se traducen en relatos de personajes y, como el propio escritor ha afirmado, si la primera se concretó en una comedia de equivocaciones en la que sus personajes guardaban abundantes secretos, algunos muy graves y otros triviales, la segunda resultaba aún más difícil de desentrañar por esa identidad que les otorga su propia credibilidad y, más que personajes de novela, se parecen a marionetas o visiones y, finalmente, la novela que cierra este «Tríptico del carnaval», esa realidad en la que se inscriben las ficciones, se convierte en dudosa y conjetural. La única verdad que se trasluce de estas páginas es el humor que se concreta en una parodia y un sarcasmo sobre la institución del matrimonio y otras cuestiones sobre el género humano y su propia ambición.


        Viajes, sueños, lecturas, vivencias personales y literarias, conversaciones con amigos, escritores y científicos, músicos y artistas, gentes de la calle, curiosidades en general, conforman El arte de la fuga, esa monumental síntesis literaria de toda una obra que Sergio Pitol nos ofrecía en 1996 y a la que han seguido en una sucesión de mosaico definitivo otros títulos, Pasión por la trama y Soñar la realidad, ambos publicados dos años más tarde, para cerrar, definitivamente, un cuaderno o bitácora de a bordo y, quizá, el sentido de esa razón misma que incluyen las intuiciones del escritor quien, desde siempre, busca un conocimiento alterno de la existencia propia con los recursos de los que dispone la literatura. En El arte de la fuga se permite Pitol todas las libertades que le ofrece el género hasta conseguir una reflexión que se concreta en «memoria», «escritura» y «lectura» porque en este libro muestra, también, ese camino de aprendizaje que sigue un  escritor, los hechos que potencian su ánima, su memoria, su entendimiento y su voluntad. El arte de la fuga se muestra como una suerte de extravío donde el autor, aunando el mayor de sus esfuerzos, aspira a ser diluido dentro del complejo proceso de lo narrativo, tal vez porque quienes leen a Pitol pueden pensar que la división establecida por el escritor a lo largo de su vida, pueda interpretarse como un autoaprendizaje que le llevaría después de no pocos tanteos biográficos en sus relatos o a la consecución de una estética propia final y así El arte de la fuga se traduce como esa apasionada defensa de la forma, del papel que aún se exige a la cultura y de las revelaciones estéticas que estemos dispuestos a asumir, a las lecturas a que nos sometemos, a la escritura creativa, a la suma de pasiones que conforman nuestro existir, en definitiva. Coincidiendo en el tiempo, Pitol sigue sorprendiéndonos, y entre mis manos, cuando escribo cartas, envío algunos correos electrónicos, redacto estas notas, repaso en mi memoria y en la de quienes nos sentimos amigos de este maestro mejicano, nos ofrece la versión española de un libro que ya me anunciaba cuando ambos nos sumergíamos en una extensa entrevista que discurría sobre su vida, sus libros, sus vivencias y sus viajes, y en la que, para finalizar nuestra conversación, puntualizaba el maestro, «Trabajo ahora en un pequeño libro, es la crónica de un viaje a Moscú, a Petersburgo, entonces Leningrado, y a la república de Georgia, a mediado del período de la Perestroika. Hago un collage de textos sacados de mis diarios. No es un libro directamente político, ni académico, sino algo semejante a otros que escribí en El arte de la fuga. Una lluvia de temas que se yuxtaponen, contraponen, o se potencian: lecturas hechas durante el viaje, conversaciones sostenidas con diferentes tipos de personas, funciones de teatro, vislumbres de la literatura rusa, vida cotidiana de los rusos y georgianos y, como siempre, los sueños que nunca me abandonan y que en este caso, en un mundo que se supone en transformación, de la que dependen muchos asuntos internacionales, emiten una leve pero impertinente vibración de locura». Este proyecto se ha concretado en El viaje que, inicialmente, aparecía en México en el año 2000 y un año más tarde en España, publicado por Anagrama, su editorial de siempre. Un libro en el que el escritor da un paso adelante, puesto que de nuevo en esta especie de diario, convergen como si de una espiral se tratara, la evocación íntima y la referencia literaria, la revelación de la memoria, el misterio cotidiano que se percibe entre la vigilia y el sueño, el apunte sociopolítico e incluso la multitud de paisajes que la retina guarda en la memoria, incluidos, claro está, los parabienes y los sinsabores de tiempo transcurrido. Nos queda de su mensaje, esa afirmación que sostiene que nuestras identificaciones sólo son válidas cuando parecen auténticas verdades.
        Al final esta especie de «sueño de lo real», en que se ha concretado el presente volumen, se traduce en una reunión de amigos, un calificativo que ya he empleado en alguna ocasión anterior, pero que pone de manifiesto que quienes, en las diferentes secciones hemos querido rendir homenaje al escritor, al viajero y al amigo, nos sentimos cercanos a su literatura y, por supuesto, a su persona. Como en todas las buenas «jácaras», no todos han participado y mucho me temo que quienes ahora nos vean, aquí a todos juntos, sientan, por un instante, haberse perdido este «ditirambo»de quienes queremos tanto a Sergio. Para que no le queden dudas al maestro, se cursaron invitaciones a algunas personas, que como nosotros, admiran y valoran su obra, pero quizá el tedio de nuestra vida cotidiana, las prisas o el olvido, han hecho que los nombres que a continuación se citen, no hayan podido estar con nosotros: Ignacio Echevarría, Joaquín Marco, Jorge Volpi, Mauricio Bach, Fernando R. Lafuente, Francesc Parcerisas y Javier Aparicio Mayden.  Otros, sin embargo, sí han querido confirmar su presencia sin que su nombre apareciera explícitamente, aunque desde el momento de iniciar esta aventura se mostraron entusiasmados con este proyecto, concretamente la Casa de Veracruz en Madrid y su director, Óscar Montes, quien enseguida se puso en contacto con la Secretaría de Educación y Cultura de Veracruz y su directora, Leticia Perlasca Núñez, a quienes desde estas páginas agradezco sus consideraciones y confianza.
        El viajero—espero que Juan Villoro me permita que le arrebate circunstancialmente este título que leí en una entrevista lejana con el maestro— está en su casa, salvando esos muchos infiernos vividos, tañendo toda clase de flautas, domando a cualquier divina garza y considerando que el arte no se pone en fuga, sino que más bien se trata de una versión de auténtico carnaval al que se puede arribar desde el corazón mismo, como lo hemos hecho quienes firmamos todos y cada uno de estos textos que, junto a Sergio, ponen de manifiesto  nuestro común sueño de la realidad.

* A modo de introducción, publicado en el número, 38-39- 40, año 2002 de la Revista Literaria Batarro.

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