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viernes, 26 de enero de 2018

La hermana Marcella Pattyn



Muere la última beguina

        La hermana Marcella Pattyn, fallecía el 14 de abril de 2013 a los 92 años, y murió mientras dormía sin saber que cerraba la última puerta de la existencia de una curiosa congregación milenaria: las beguinas. Era la última representante de la una de las experiencias de vida femeninas más libres de la historia.
        Si volvemos la vista a la Historia, durante la Edad Media, entre la rigidez de los estamentos religiosos, empezaron a aparecer comunas de mujeres que iban por libre, se sentían muy democráticas y trabajaban para obtener su propio alimento, y dispuestas a realizar labores caritativas con los más desfavorecidos. Fueron comunidades de mujeres espirituales y laicas, entregadas a Dios, pero independientes de la jerarquía eclesiástica y de los hombres.
        La razón de su existencia: surgieron en un momento de sobrepoblación femenina, cuando dos siglos de guerras habían acabado con una gran proporción de los hombres, y los conventos estaban colmados como la alternativa al matrimonio convenido o, simplemente a una vida en absoluta clausura.
        Corría el siglo XII y las comunidades de beguinas, mujeres de todas las clases sociales, empezaron a extenderse en Flandes, Brabante y Renania. Su presencia de intensificó gracias a las labores que hacían para la comunidad: enfermeras para los enfermos y desvalidos y maestras para niñas sin recursos, e incluso responsables de numerosas ceremonias litúrgicas, y por muchos de estos motivos numerosas familias adineradas les dejaban una herencia y mujeres ricas se instalaban en beguinatos.
        La mayoría de hermanas practicaban algún arte, especialmente la música, pero también la pintura y la literatura. Los expertos consideran a poetas como Beatriz de Nazaret, Matilde de Madgeburgo y Margarita Porete precursoras de la poesía mística del siglo XVI, además de las primeras en utilizar las lenguas vulgares para sus versos en lugar del latín.
        Vivían en celdas, casas o grupos de viviendas que, con el paso de los años, han sido declaradas, en 1998, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Curiosamente, estas mujeres podían abandonar el beguinato en cualquier momento para casarse y formar una familia, pero a nivel espiritual no se casaban con nadie más que con Dios y dedicaban su existencia a los más desfavorecidos. Grupos de mujeres casadas que se identificaban con el deseo de llevar una vida de espiritualidad intensa en los beguinatos de sus ciudades, también formaron parte de estas congregaciones, definidas como lugar espiritual y pragmático a la vez se que rompe con la diferenciación que la Iglesia imponía entre la oración y la acción.
        Según la versión más extendida, un grupo de mujeres construyeron el primer beguinato en 1180 en Lieja (Bélgica), cerca de la parroquia de San Cristóbal y adoptaron el nombre del padre Lambert Le Bège. Otras versiones apuntan a que “beguina” significa, simplemente, “rezadora” o “pedidora” (de beggen, en alemán antiguo, rezar o pedir) e incluso, en la versión menos compartida entre los historiadores, a que su existencia se remonta al año 692, cuando santa Begge habría fundado la comunidad. Tuvieron dos siglos de expansión rápida pero las denuncias de herejía las frenaron cuando la Iglesia empezó a ver que atraían donaciones “que les pertenecían” como jerarquía establecida. Se instalaron en todas las grandes ciudades francesas y alemanas, pero la persecución las hizo volver a recogerse en Bélgica, de donde procedían. Pagaron por las libertades que habían adquirido con el paso de los años, desde una perspectiva económica, social y religiosa, incluso con la muerte: Marguerite Porete fue quemada viva en 1310. Las acusaban de aturdir a los monjes y de encandilarlos cuando acudían a confesarse a los monasterios vecinos y las trataron como a las únicas mujeres libres de la época: de brujas. Régine Pernoud sostiene que “El movimiento de las beguinas seduce porque propone a las mujeres existir sin ser ni esposa, ni monja, libre de toda dominación masculina” y, en realidad, sedujo a las mujeres, e inquietó a los hombres.
        Regresaron a los Países Bajos y Bélgica, aunque resistieron algunos beguinatos alrededor de Europa. La mayor comunidad se recluyó en un gran beguinato, en Cortrique la población del sur belga donde murió la última beguina Marcella Pattyn. Después de que su modo de vida sin reglas y sin amos hubiera enfurecido a los garantes del orden, renunciaron a cierto radicalismo y optaron por convivir con la Iglesia para asegurarse la subsistencia, durante siglos, hasta que las hemos visto morir en absoluta abnegación y silencio.


                               Madrid, Trifaldi, 2018; 2ª edición.

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