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miércoles, 17 de enero de 2018

Hoy invito a…



Antonio Jiménez Morato*



La lección bien aprendida

       La primera vez que leí los Cuentos completos de Medardo Fraile, en la ya algo anticuada edición de Alianza, me llamó la atención que sólo uno de los múltiples personajes que van desfilando por todos los relatos de Medardo Fraile se repita. O bueno, tal vez sería mejor decir que me sorprendió que uno se repitiera, porque tampoco es que sea algo muy común entre los grandes escritores de cuentos meter el mismo personaje en varias de sus historias. Tal vez Cortázar y Borges, por poner dos ejemplos, sí se permitieron el lujo de aparecer en varios de sus cuentos, pero vamos que tampoco eran personajes, eran ellos mismos en mayor o menor medida, y eso no cuenta –nunca mejor traída la expresión. De hecho, Medardo, con un pudor que caracteriza toda su obra, nunca ha osado meterse en un cuento, o tal vez sí, quién sabe.
       No se preocupen, no me voy por las ramas. El personaje que se repite es Eloy Millán, don Eloy Millán para ser exactos, porque de don se trataba al profesor cuando estos cuentos se escribieron. Eran los años en que los profesores ganaban poco, sobre todo para lo que se esforzaban, pero se les tenía respeto. Normalmente había uno por pueblo, y tenía que desbravar a todos los chavales de la comarca. Pues bien, este don Eloy Millán es el protagonista del cuento que cierra el libro Cuentos de verdad –que se hizo con el Premio de la Crítica en el año de su publicación-, titulado Punto final, y del relato José I, incluido en la siguiente de las recopilaciones de cuentos de Fraile, la llamada Descubridor de nada y otros cuentos. Este Eloy Millán es, como hemos dicho, un profesor, de lengua a tenor de lo contado por su autor, que tiene alguna que otra aspiración literaria.
       Lo mejor en este caso es que el lector se vaya corriendo a los anaqueles de su biblioteca, o de una pública, tanto da, y lea los dos relatos. Los resumiré un poco por encima. Siempre teniendo en cuenta que la glosa es menor que el cuento.
       El primero, Punto final, narra una clase de don Eloy. Transcurre por tanto en apenas una hora de la vida del protagonista, pero en ese pequeño transcurso de tiempo comprendemos todos los deseos del profesor. Es la clase del viernes y toca dictado. Todos los recordamos en mayor o menor medida: El profesor coge un libro y va leyendo en voz alta, algo lentamente para lo normal, y repitiendo algunas de las frases. Mientras todos los estudiantes, aplicadamente o no, escriben en sus cuadernos lo mejor que pueden lo que el profesor lee, uno de ellos, normalmente el que tiene menos suerte, sale a la pizarra –o al encerado como también lo llamaban a pesar de que jamás fue de cera y, si estaba encerado, no había quién lograra escribir por mucho que apretara la condenada tiza- y exhibe a los ojos del profesor su desconocimiento de la materia. Pues bien, la clase discurre del modo acostumbrado salvo un pequeño detalle, esa sutil diferencia que justifica la existencia del cuento: a don Eloy se le ha olvidado el libro de “Dictados pedagógicos”. Entonces rebusca en su cartera para encontrar algo que dictarles, un sustituto para no perder la clase. No le vale el libro de otro curso y tampoco el periódico –por cierto, qué humano ese gesto de protegerles de la cruda realidad o de las burdas mentiras de un periódico de la dictadura. El objeto elegido será un carta que ha estado escribiendo los últimos días, una epístola digna de haber sido escrita por los más grandes de las letras españolas, y universales, por qué no, a ver qué tiene que envidiar a Perrault don Eloy Millán. Descubrimos así el centro del relato, la ambición literaria, la ansiedad de trascendencia, de don Eloy.
       Y entonces, por primera vez, tal vez por última, se pone a la altura de los autores seleccionados para los “Dictados pedagógicos”. Da lo mismo que su texto no tenga título o que se trate de una pequeña carta privada. Al terminar dicta el punto final. Con ese punto final el escritor Eloy Millán vuelve a ser el profesor don Eloy, que debe corregir las faltas cometidas en la pizarra por el pobre alumno escogido para que sus compañeros puedan a su vez corregir las suyas en sus cuadernos. Cuando termina vuelve a la grisura de sus días, al cielo encapotado de lo cotidiano, al sabor mustio de la costumbre, que resaltan al contraste de los dorados atardeceres del pasado descrito en la carta, de los crepúsculos color de miel cuando todavía soñaba con ser escritor.
       Ya ha terminado el dictado, ya ha terminado la corrección, y los alumnos exhiben el afán utilitarista que a don Eloy seguramente le ha agradado en el resto de las clases hasta aquel día. Los niños se ofrecen a borrar el dictado, pero don Eloy se resiste a desaparecer así, tras los manotazos de un colegial sobre el encerado, a quedar convertido él y sus ilusiones en un borrón de tiza que no se va de la pizarra porque el borrador estaba ya colmado de los restos de las anteriores clases. Porque los niños tienen prisa, la velocidad corre por sus venas, la misma que se lo lleva a él que sólo querría calma y paz para paladear sus recuerdos. Ellos sólo quieren “borrar y escribir de nuevo, y crecer y borrar, y escribir otra vez y ser hombres”.
       Don Eloy continúa la clase con sus palabras abandonadas sobre el oscuro telón; y cuando suena el timbre el remolino de niños, carteras, abrigos, se lleva sus frases que quedan totalmente borradas de la pizarra. Y don Eloy se queda mirando al encerado “como un hueco preciso”, como esa parte de su vida que ahora le falta. Y se pregunta cuántos habrá como él perdidos, olvidados, y permanece allí, espantado, buscando en esa negrura algo de sí, un rabo de alguna letra, un punto, el resto de sus palabras para asegurarse de que estuvo allí.
       Una maravilla. Uno más de esos cuentos perfectos que Medardo Fraile ha escrito a lo largo de estos cincuenta años. Leído como yo lo leí, de corrido y ansioso en medio de la compilación de todos sus libros, perdía la fascinante capacidad de impactar que, a buen seguro, debió impresionar al jurado que lo premió en 1964. Creo que es el mejor cierre de un libro de cuentos que jamás he leído y si, tal y como afirmaban en una reciente encuesta sobre el cuento español, era de Aldecoa el mejor libro de relatos publicado en España en el siglo xx, sin lugar a dudas el mejor cierre de libro lo tiene Medardo. Y es el de Cuentos de verdad.
Si uno tiene la suerte de tener la edición de Alianza que he mencionado antes o la más reciente de Páginas de Espuma no tarda mucho en encontrarse con el segundo cuento de don Eloy. Se trata de José I.
       Hay diferencias respecto al anterior. Si aquél transcurría en el breve lapso de una clase, éste se extiende a lo largo de todo un curso escolar, el que pasó Romero López, sentado en la tercera fila junto a la pared que separaba los ventanales de clase. El cuento nos narra las tres veces que, a lo largo del año, don Eloy pregunta al niño magro y pálido, aunque huesudo y fuerte. El matiz genial es que Fraile elige con mucho tino las preguntas que van a aparecer a lo largo del relato.
       La primera es una sencilla frase, el profesor solicita al alumno una oración de predicado verbal. A lo que el niño de ojos holgazanes contesta: “La rana croa”. A lo que don Eloy Millán, digno seguidor de don Juan de Mairena, da el visto bueno.
       Y el curso sigue con una gramática cada vez más grande y usada por el tiempo, y cuando ya empieza a tener don Eloy los nombres de todos los niños en la cabeza le pregunta a Romero, el niño de los ojos holgazanes azul frío, una frase que tenga complemento directo. Y el niño responde “Melquíades coge una rana”. Y se limita a tomar nota del mundo de borradores con olor a fresa, resina con restos de carboncillo y batracios en que se mueve.
       Sólo cuando el verano está a la vuelta de la esquina y la primavera ha alterado a las oraciones hasta hacerlas exuberantes como las flores que florecen al otro lado de los ventanales, y marean como su polen y embriagan como su perfume, don Eloy sorprende al niño de ojos holgazanes, de un azul frío, que fingían cierta inocencia, pidiéndole una frase desiderativa. “¡Quién fuera rana!” dice Romero. A lo que el profesor, con curiosidad zoológica, le responde: “¿Pero a ti qué te pasa con las ranas?”
       Y el niño de ojos holgazanes, de un azul frío, que fingían cierta inocencia que desmentía la mueca de la boca, sonríe dispuesto a resistir en silencio. Doce años llevaba en el mundo José Romero López, futuro José I de las ranas.
       Estos son los dos cuentos protagonizados por don Eloy, bueno, el segundo menos, digamos los dos en los que aparece. Los que se me quedaron tallados en la memoria después de haberlos leído por primera vez. Y hasta aquí la primera parte de esta historia.      

       La segunda comienza con un café solo para mí, con leche para él, a la sombra de la Gran Vía madrileña, compartido con Ángel Zapata. Allí, removiendo el canon de la literatura al ritmo de la cucharilla en la taza, me comenta que hay un proyecto en marcha para homenajear a Medardo Fraile. Y, generosamente, me pregunta si se me ocurre algo para escribir. Pues, sí, algo sobre Eloy Millán, le respondo. Y le cuento que es el único personaje de Medardo que aparece en dos cuentos, y que en uno aparece como un escritor malogrado que, a punto de doblar la esquina del otoño al invierno, se reivindica antologándose a sí mismo en los “Dictados pedagógicos” y se pregunta si de lo que ha sido, de lo que ha escrito, quedará algo. Vamos, que es como en El mar, se queda ahí, comprendiendo que no es nada, que no somos nada y tenemos suerte si de nosotros queda algo. Ángel, generoso como siempre, se queda callado para que termines de contarle. Y vuelvo a la carga con el cuento del rey de las ranas. Le digo de qué va, y que me llama la atención que don Eloy, escritor a fin de cuentas, enseñe a su alumno a labrarse el camino con el lenguaje, porque no es tanto que el niño vaya mostrando sus cambios ante las preguntas del profesor, sino que son estas las que lo hacen verbalizar lo que siente, que es gracias al lenguaje como va entendiendo que será José I rey de los Batracios. Para cuando hemos pagado la cuenta ya he convencido a Ángel de que Eloy Millán es Medardo preguntándose qué quedará de lo que ha escrito, y que es Medardo enseñándonos a todos hasta donde llegar con la palabra, y no sé cuantas historias más que cualquiera que haya leído sus cuentos ya conoce, y tampoco voy a venir yo a contárselas ahora, como si descubriera el Mediterráneo.
Aún no sé cómo me invitó a que hiciera este artículo. Pero a mí se me había quedado la idea de que a lo mejor elucubraba mucho. De que todo esto eran ideas peregrinas que yo había tenido de cuando leí los Cuentos Completos de Alianza de un tirón, entre la cama y el autobús, en los tiempos muertos y en los vivos, robándoselos a momentos de trabajo, o de estudio, o de holganza. Así que cuando apareció Escritura y verdad, hice una nueva lectura de todos los cuentos. Y me sorprendió ver la gran cantidad de profesores que desfilan por sus historias. Octavio Pedroso, el último caído del noventa y ocho, o el original Senén Pérez, profesor de la historia de Al-Andalus, son olvidar la frialdad científica del señor Otaola. Y don Eloy Millán, y muchos más. Así que a lo mejor no andaba tan desencaminado.
       Para entonces ya tenía escrito un texto, sobre don Eloy, muy frío y académico. Un comentario de texto de esos de instituto con algo más de ironía y la mano más suelta que entonces. Con más literatura y menos retórica, vamos. Pero ahí vino el momento en que todo dio el giro completo. Me estaba dando una vuelta por la Feria del Libro una tarde de sábado. Estaba algo resacoso, atacado por la alergia y, para terminar, sabía que Medardo me había hecho una llamada al móvil justo en el momento en que me había quedado sin batería. Así que me paseaba entre la multitud que abarrota el Paseo de Carruajes del Retiro aprovechando que eso se parece durante un par de semanas a la extinta Casa de Fieras cuando se me acercó un buen amigo, Víctor García, y me dijo, Medardo está firmando en esa caseta, y me ha encargado preguntarte cuándo le entregas a Domene el texto que le debes.
       Al cuarto de hora estaba hablando con Medardo y contándole un poco por encima sobre qué había escrito, y me pareció todo lo que le decía tan frío, tan poca cosa al lado de lo que había aprendido de don Eloy. Y, en ese momento apareció él allí mismo, firmando libros. Porque empezó a contarme Medardo que esos cuentos venían de cuando él fue, durante ocho años, profesor en el colegio-instituto Ramiro de Maeztu, en el que, paradojas de la vida, a punto estuve de estudiar yo. Y no quedó allí la cosa, porque me contó que tuvo un proyecto de hacer un libro sobre los profesores, todas historias de la docencia, que se quedó en el limbo de los proyectos olvidados. Pero que sí, que ahora que se lo recordaba a lo mejor sí que se podría hacer un libro con todos esos cuentos protagonizados por profesores. Por qué no, sí que se podrían recopilar, contesté yo con la poca brillantez de siempre.
       Porque lo que le tenía que haber dicho es lo que se me ocurrió luego, esa misma noche, como siempre a destiempo, “el espíritu de la escalera” creo que lo llaman los franceses. Le tenía que haber dicho que ese libro sobre los profesores, sobre la enseñanza, no sólo de conocimientos, de materias, sino de la vida, de cómo vivirla y crearla al escribir, ya lo había hecho. Se llama Escritura y verdad. De lo que tiene dentro han aprendido muchos, de él aprenderán aún más y, los menos, mal que les pese, tienen mucho que aprender de él. Son ciento treinta cuentos, ciento treinta vidas como poco. No está nada mal como acto creador. Es una gran y fecunda descendencia que Medardo, generoso, nos ha regalado. 


*(Madrid, 1976) es un crítico literario, novelista y antólogo español. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, se trasladó a los Estados Unidos, donde realizó el MFA de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York y, posteriormente, inició el doctorado en la Universidad de Tulane (Nueva Orleans). Ha colaborado en medios internacionales: en España, en las revistas Quimera, Renacimiento, Suoreste o Clarín y los suplementos culturales Babelia y ABC Cultural; en Argentina, en Clarín, Perfil, La mujer de mi vida, Big Sur; en México en El perro y en Uruguay en Otro cielo.
Ha publicado los libros La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016), El sabor de la manzana (Germinal, San José, 2014) y Mezclados y agitados (DeBolsillo, Barcelona, 2012). Participó en la colección de ensayos Escritura creativa: cuaderno de ideas (Talleres de escritura creativa Fuentetaja, Madrid, 2007).
 




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