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martes, 6 de febrero de 2018

«Dolce vita»


                         
ROMA, PELIGRO PARA VISITANTES


        Nunca he estado en Roma.
       Jamás he visitado la Ciudad Eterna. Si como dicen, todos los caminos conducen a Roma, o Roma es todos los caminos, el mío jamás se ha cruzado con ninguno de ellos. Pese a la realidad de este hecho, hoy sería muy fácil mentir o realizar un recorrido virtual por las calles y las piazzas de una ciudad de milenario pasado histórico que, pese a incongruencias tecnológicas contemporáneas, resiste con su belleza en el tiempo.
        La ciudad de Roma se ha convertido para mí, con el paso de los años, en un pasado cinematográfico, vivido intensamente en las salas matinales de un cine Capitol, en aquellos dorados años de una niñez repleta de aventuras materializadas en películas de romanos. Transcurrido un tiempo prudencial, justo el que otorga la perspectiva, he ido edificando mi visión de la ciudad con las suficientes imágenes como para, a estas alturas de mi vida, asegurar que, de alguna manera, siempre he visitado Roma: la legendaria, y la más contemporánea. Asistía con entusiasmo infantil a las escenas de guerra de Ben Hur (1959), cuando el actor Charlton Heston, tras la batalla en el mar, salvaba al Cónsul de Roma, y entraba poco después triunfante en la ciudad imperial como su hijo adoptivo, al tiempo que desafiaba, en una sangrienta carrera de cuadrigas a su enemigo, Mesala. En ese tiempo en que uno es enamoradizo sufrí, durante bastantes películas, una inalcanzable sensualidad sobre una angelical Georgia Moll, amante de aventureros inolvidables. Tarde he comprendido el mensaje de una película como Spartaco (1960): el mayor desafío de un esclavo al Imperio, porque su director, Kubrick, otorgaba a su historia un toque intelectual que entonces no entreví. Admiré la majestuosidad escenográfica y ambiental de La caída del Imperio romano (1964).
        Por aquellos años, por supuesto, ignoraba el significado del término «dolce vita», del simbolista Federico Fellini (1960), y nunca podré olvidar la escena del baño nocturno más erótico que nadie antes hubiera podido imaginar: la espectacular Anita Ekberg invitando entrar a Marcello Mastroianni a zambullirse en una de las más famosas fuentes de Roma: la Fontana de Trevi.

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