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jueves, 15 de febrero de 2018

Juan Bonilla



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METALITERATURA


       Juan Bonilla (Jerez, 1966) ha desplegado, desde sus primeras publicaciones, todo su talento narrativo en el arte de lo breve, en el género cuento o relato corto esencialmente. Sus mejores logros incluyen el artículo periodístico. Pero esta atrevida afirmación no conlleva menosprecio para el resto de una significativa obra: la poética, el ensayo o la novela, porque el mundo propio creado por el jerezano en todos estos géneros le han llevado a ser considerado uno de los autores más originales de los últimos años. A recopilaciones como El que apaga la luz (1994), La compañía de los solitarios (1999) y La noche del Skylab (2000), que reúnen poco más de una treintena de cuentos, se suman ahora en El estadio de mármol (2005), una decena más de excelentes relatos habitados, en su mayoría, por singulares personajes que viven una extraña supervivencia no menos intensa.
       Quizá por la propia trama de sus historias, el ángulo elegido por Bonilla para situar sus relatos es el más oscuro de toda una existencia sin que esto presuponga, a priori, una trágica visión de los hechos, aunque otorga esa verdad tangible que se le supone a la sociedad actual: un número importante de desplazados sociales cuyo patetismo vivencial elude apurar, voluntariamente, el escritor para dejar así constancia de su preocupación en forma de literatura. El narrador salva a algunos de sus personajes que sabe desubicados porque, en ocasiones, apelan a los sentimientos de redención. En un programa de radio de confesiones nocturnas el oyente-protagonista lanza contra sí mismo duras acusaciones («Hablar por hablar»), un joven se siente atraído y enamorado de su propia hermana («El dragón de arena»), una mujer inventa que su hijo sigue aún con vida («Encuentro en Berlín»), un hombre imagina atrocidades tras sus numerosas lecturas sobre el Holocausto y cae en un coma («Una montaña de zapatos»), un adolescente descubre aterrado su homosexualidad en la Italia de Mussolini («El estadio de mármol»), el ensayo de una novela fallida sobre un personaje histórico como Judas Iscariote pone de manifiesto la dificultad de una metaliteratura («Una novela fallida»), también está presente el mundo de los juegos de ordenador en («Vitíligo»), un adolescente monta una continua mentira sobre su vida para agradar a los demás («El cuarto de los trastos»), una suicida, en un juego de voces magistrales, intenta vivir sus últimos momentos con todo lujo y esplendor («La desconocida») y un hombre corre en pos el Santo Grial para salvar la vida de su hijo enfermo («El Santo Grial»). En realidad, todos y cada uno de los relatos tratan de reflexionar, bien o mal, sobre la verdad de la ficción y de la realidad, sobre lo verdadero y lo falso de nuestra existencia, algo que el escritor, pese a lo calculado, cuenta en sus historias para que el lector cuando se apropie de ellas las lleve hasta su terreno y las convierta en su propia realidad. El dolor aflora en estos cuentos como si éste formara parte de nuestra propia existencia, y junto a este sentimiento, en igual proporción, el desasosiego, la soledad o la incapacidad para sobrevivir. El cuento es quizá el mejor género que se adapta a nuestra forma de vivir porque nos somete a unas reglas difíciles de seguir y nos exige, inexcusablemente, una atención especial.






Juan Bonilla, El estadio de mármol;
Barcelona, Seix-Barral, 2005.

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