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martes, 24 de febrero de 2015

Eva María Medina


I
Ingenio
“El ingenio consiste en apreciar el parecido de cosas que difieren entre sí, y la diferencia de cosas entre sí iguales”.
                                                                Madame de Staël
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Relojes muertos


   Eva María Medina (Madrid, 1971) entrega su primera novela, Relojes muertos (2015) y, desde las primeras páginas, se percibe un firme pulso narrativo que nos sumerge en un extraño mundo, sus personajes viven entre una realidad inmediata y el abismo de la locura, una suerte de auténtico torbellino vital con una existencia marcada por la esquizofrenia, y el deseo único de otorgar sentido a una mísera vida.

  La narradora madrileña ha arriesgado mucho en su primer proyecto extenso, y abordar el tema de la locura resulta una apuesta interesante que recuerda a ilustres antecedentes, que no son necesarios cuantificar, aunque en una primera impresión, deberíamos matizar, Medina sale airosa, y en ese puzzle de imágenes y metáforas que componen Relojes muertos sobresale el hilo narrativo, y un profundo halo de humanismo deja un buen sabor de boca a la hora de avanzar por sus páginas. La vida del protagonista Gonzalo se concreta en una serie de vivencias y actuaciones que se mezclan en su existencia, y pasan de una absoluta cordura a una autentica locura en sus actuaciones y sucesivas opiniones; pese a todo, el personaje, aflora como alguien inteligente capaz de sobrevivir tan solo en la vida de los demás, sin llegar a intensificar el significado de la suya propia, y así será capaz de imaginarla sin que por ello ponga remedio alguno. Es así como, tal vez, cierto sector de la sociedad vea a algunos individuos, y solo cuando alguien se interese por nosotros, justificamos nuestra presencia, caso de Ángela, quien sustenta la vida de Gonzalo, le otorga credibilidad y da los primeros pasos para convivir juntos y otorgarle un sentido a su vida. Aunque a medida que transcurre el tiempo, el personaje irá encerrándose aun más en su mundo, se convierte en alguien intransigente y violento y parece vivir en ese mundo de los sueños, donde todo parece real aunque desaparece cuando uno despierta. 
   El resto de la historia muestra a unos personajes que viven las misma histeria, y sin duda la alusión a “relojes muertos” se deba precisamente a que se comportan como tales, viven en una atormentada irrealidad marcada por un relojes que ya no marcan las horas, o les llevan solo a imaginar y nunca consiguen alejarse de una tragedia obsesiva que condiciona sus vidas y nunca les permite alejarse del sinsentido de una locura colectiva. Como en la novela, en nuestra lectura nos vamos deteriorando, al igual que su protagonista, Gonzalo que irá viendo como se aleja de Ángela, de sus compañeros del trabajo y de su pequeño mundo, en un progresivo deterioro que terminará por destruirlo totalmente. Y solo así comprendemos y diferenciamos las dos posibles partes de Relojes muertos, una novela ambiciosa y compleja, una primera cuando se describe el proceso de la enfermedad y de su estancia hospitalaria con su vuelta a un mundo que le resulta ajeno, y la segunda, esa realidad cotidiana donde el mundo del ensueño y las percepciones subjetivas se abrirán paso para ensayar una narración diferente que, no obstante, oprime aun más la voluntad del narrador y, al mismo tiempo, la del lector, aunque de esa curiosa simbiosis resulta lo mejor de la novela.

 










RELOJES MUERTOS
Eva María Medina
Madrid, Playa de Ákaba, 2015




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