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martes, 3 de febrero de 2015

Miguel Sanfeliu



B
Bien
“El que quiere hacer el bien de los demás, ha hecho ya el suyo”.
                                                                   Proverbio chino

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Parece que cicatriza 


     El mundo de Miguel Sanfeliu ofrece un espacio sin reglas donde bajo una aparente normalidad se vive una realidad distorsionada, en ocasiones tan asfixiante como angustiosa, y en igual proporción, se mezclan lo fantástico y lo real. En algún momento, puede ocurrir que todo empiece a transformarse y los protagonistas de la literatura de Sanfeliu deban enfrentarse a su propio devenir desde opciones muy diversas, como en algunos de los cuentos de sus colecciones, Anónimos (2009), Los pequeños placeres (2011) y Gente que nunca existió (2012), donde sus personajes encaran sus propios miedos porque no existe otra salida, o al juego real de la subsistencia desde ópticas y planos tan diferentes que solo se justifican con actitudes tan reales como si, de hecho, recibieran un fuerte traumatismo. Como señala el propio Sanfeliu, sus cuentos surgen de la necesidad de explicarse en una realidad propia, de manipularla e interpretarla, y es así como deja constancia por escrito, como la mayoría de sus protagonistas, para hablar de una realidad que no le gusta. Melancolía, desengaño y dolor compartido, son algunas de las actitudes que, de alguna manera, suponen en el narrador una visión fragmentada del ser contemporáneo, alejado de una esperanza, de una promesa de felicidad. Cuando Sanfeliu explora la psicología de sus personajes, dirige su atención al comportamiento y a esa reacción que moralmente se supone imperceptible, siempre a la espera de un drama mayor aunque significativamente pase inadvertido en la cotidiana observación. Su visión de lo rutinario pasa por el barrio, las amistades, el fracaso, el éxito, o las pequeñas confidencias sin mayor trascendencia.
     Parece que cicatriza (2014) es la primera novela de Miguel Sanfeliu (Santa Cruz de Tenerife, 1962), cuyo protagonista y la historia misma quedan ligados a un intimismo y al propio anhelo de ligar una vida al mundo literario hasta que ese deslumbre juvenil se trueca en una insoslayable madurez que le aporta al personaje la visión de una trágica melancolía, sobre todo cuando observa cómo ha ido desarrollándose su vida. Tan es así que ese halo de nostalgia se complementa en una segunda, madurada parte que justifica que ese paso del tiempo, y deja su indeleble huella en todas y cada una de las generaciones a que pertenecemos, a esa época vivida, a ese sentimiento de derrota o de victoria, según las circunstancias. Roberto Ponce, a sus diecinueve años, decide llevar a cabo la mayor de sus aspiraciones: escribir en el plazo de un año una novela de éxito, y para ello necesita convivir en un ambiente bohemio, así que sus primeros amigos serán un pintor loco en permanente desacuerdo con su obra, un mal poeta que regenta el garito donde beben, “El Cubo de la Basura”, y un cantante callejero que no duda en saltarse la ética de una honrada vocación musical para triunfar; al hilo de todo, largas veladas de charla, un ambiente sórdido, frustraciones, borracheras, drogas y prostitución, y la inspiración que nunca llega y convierte todo en el final de una quimera obligando al joven Ponce a alejarse de aquel barrio donde quedan sepultadas las esperanzas de una vida de artista para casi todos ellos, salvo para el músico Emilio Ballester, alias Sonny Hog que triunfará en el mundo de la farándula. 



   En una segunda, calculada y profunda, parte un cuarentón Ponce se enfrenta a la rutina diaria, el atasco de tráfico cuando va camino de la oficina, el limpiacristales del semáforo, dónde aparcar, el trato rutinario y amistoso con los compañeros de trabajo, la mesa con papeles hasta arriba, la monotonía conyugal o el flirteo con su compañera Maite, y su persistente y obstinada dedicación a la literatura en sus ratos libres, porque no ha conseguido ese gran argumento, y escribir sigue siendo su vida, una herida abierta, que a lo largo de la narración se mantiene solo como una ilusión. Y lo más importante, el personaje percibe la constatación de la fugacidad de la vida, los dieciséis años que pasan por su hija, o la complicidad que se establece con el cuadro rescatado del sórdido local, donde ya nada es igual, «El Cubo de la Basura», titulado La Madeleine, de Ramón Casas, porque ese cuadro actúa como un catalizador de ese escritor en que podría llegado a convertirse Roberto Ponce, y nunca antes parece haberse dado cuenta. Sanfeliu ha convertido esta escena fugaz, en algo mágico e íntimo, un cierto minimalismo que le descubre al lector un auténtico juego de presencias y ausencias, la sombra de esa brillante soledad a que se resigna el personaje.
  La apuesta de Miguel Sanfeliu en Parece que cicatriza es la firme convicción por alcanzar un sueño, tal vez uno propio en boca de su personaje, motivo más que suficiente como para sobrevivir a cualquier pesadilla que nos aceche.









PARECE QUE CICATRIZA
Miguel Sanfeliu
Madrid, Talentura, 2014; 144 págs.

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