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miércoles, 11 de febrero de 2015

Hoy invito a…



Iván Teruel

"Cuentos concentrados al máximo, bellos como teoremas [...] que ponen a prueba nuestras maneras rutinarias de leer".                    
                                                                    (David Lagmanovich)



CUÁNTOS AMANECERES NOS QUEDAN

Salgo al balcón y lo veo acodado en la barandilla, fumando. Sus ojos se encuentran más allá del paisaje que tiene enfrente. Quizás en los recuerdos. Yo también he estado buscando recuerdos. Recuerdos y sentimientos. Pero sobre todo palabras. Palabras que definan contornos. Había creído encontrarlas mientras venía hacia aquí, porque todo parece más fácil cuando está a la espera de cristalizar. Y sin embargo, cuando me decido a hablarle, solo consigo pedirle un cigarrillo. Yo, que llevo casi cinco años sin fumar. A mi padre, que me acaba de llamar para decirme que le han diagnosticado cáncer de pulmón.
  

EL PASEÍLLO


María e Isabel, madre e hija, arrastran sus ojos incluso por debajo de su dignidad. La camioneta avanza por la Calle Ancha, seguida por un grupo de niños que apedrean a las veinte mujeres hacinadas en la parte posterior. Con la cabeza rapada, semidesnudas y mostrando de cintura para abajo los estragos del aceite de ricino, las mujeres pasean el verdadero rostro de la infamia. El Movimiento ajusta así algunas cuentas pendientes. Las de María e Isabel haber aparecido en una foto junto al exalcalde republicano. La comitiva del escarnio enfila ahora la Calle Real. Isabel no puede evitar alzar los ojos al pasar frente a su casa, y su mirada se cruza con la de dos niños pequeños. Entonces se vuelve hacia su madre, aprieta los dientes y dice: "Calva, apedreada y revuelta en mi propia mierda ante mis hijos, ante tus nietos: más me hubiera valido que me pegaran un tiro en la cabeza".

 

JURARÍA QUE SU CORAZÓN

El cuerpo del dictador se sacude violentamente hacia delante tras el frenazo. El cinturón lo retiene en su asiento, pero no evita que una masa sanguinolenta salga despedida de su boca e impacte en la luna delantera del coche. El dictador percibe un sabor putrefacto en el paladar. Y contempla la masa negruzca y viscosa, ahora en el salpicadero. Entretanto, el chófer tiembla: espera la reacción colérica del tirano. Pero esta vez no se produce. El dictador solo le pregunta, con voz neutra y extrañada, si sabe qué puede ser ese cuajo gangrenoso que ha salido de su boca.

LA ESPERA

Eran las tres de la madrugada y el telefonazo volvió a destrozarnos el sueño ligero del duermevela. Nos estalló en los párpados, que se abrieron bruscamente para que los ojos se enfrentaran de nuevo con la vigilia y la conciencia revuelta. Entonces tuvimos que salir. Y lo hicimos casi con lo puesto y con el miedo de punta, con la boca seca y anestesiada de silencio, con la mirada perdida y crispada de culpa. Llegamos como era habitual, casi sin darnos cuenta, empapados de sudor, desesperación y dudas. Mi hermano volvía a estar allí, en la habitación. Y estaba sentado en aquella banqueta de siempre, fumando como siempre, tranquilo y sereno como siempre, mirándonos al entrar y sonriéndonos como siempre, esperando como siempre que aquella noche tuviéramos los huevos suficientes para matarlo.


MIEDO
  
Como el viento del norte. Eso me dice. Como una cuchilla rebanando el cuello de un carnero. Eso me dice el hijo de puta. Como el avance de una tarántula por una espalda dormida. Insiste. Como el silencio ronco de los trenes extintos. Insiste a cada puñalada que le asesto. Que así es el miedo, me susurra. Helado, cortante, artero, abismal. El miedo que siento. Y yo sigo apuñalándolo, enloquecido. Y sus palabras se suceden, obstinadas: que el ensañamiento no es el reflejo del odio, sino del pavor. Y me pregunto si es cierto, mientras continúo acuchillándolo con la cadencia tenaz de un herrero en la forja. Porque la navaja era para amedrentar. Y él me lo ha dicho, que igual creía que con eso lo asustaba, pero que quien estaba cagado era yo. Me asalta un escalofrío: no entiendo cómo puede aguantarse en pie. Y entonces me doy cuenta de que es mi otro brazo el que lo sostiene por la axila. Estoy cansado. Desisto. Tiro la navaja y aparto el brazo que todavía lo sujeta. Pero no son sus piernas las que ceden, sino las mías. Caigo fulminado. Y percibo la tibieza viscosa de la sangre que se extiende entre el asfalto y mi cuerpo. Oigo el rumor precipitado de unos pasos que se alejan del lugar.




BIOGRAFÍA


IVÁN TERUEL (Gerona, 1980) es licenciado en Filología Hispánica y actualmente trabaja como profesor de enseñanza secundaria en un instituto público. 



   Ha alternado la investigación filológica, como la edición crítica de la Historia oriental de las peregrinaciones de Fernao Mendes Pinto o la publicación del ensayo El Perú escindido (Ediciones Irreverentes, 2012), con la escritura creativa. Sus relatos han aparecido en diversas antologías del género: Mar de pirañas (Menoscuarto, 2012), De antología (Talentura, 2013) o La carne despierta (Gens Ediciones, 2013). El oscuro relieve del tiempo (Edicions Cal·lígraf, 2015) es su primer libro de narrativa breve.

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